Yo tampoco sé como me infecté (qué mal suena lo de infectarse, ¿no?). Bueno, a ver, alguna idea sí tengo. Pista: no fue el Espíritu Santo. Supongo que en una relación sexual. Pero no sé cómo, ni cuál, ni cuándo. Éste es, sin duda, un tema muy complicado de discutir porque muchxs seropositivxs pensamos que no tenemos que ir por la vida contando cómo nos seroconvertirmos. Preguntar abiertamente sobre ello es también muy agresivo. El morbo.

Esta vez, no obstante, quiero hablar de ello.

Cuando te informan del diagnóstico seropositivo en Estados Unidos, estás obligado a contactar a tus parejas sexuales desde el último test que dio negativo. No lo tomé como una caza del “culpable” (no hay culpable, si los términos de la relación sexual se acordaron entre lxs dos). Es simplemente que esa pareja sexual tiene que saberlo para darle la oportunidad de tomar las medidas que crea oportunas, porque puede ser él seropositivo o porque se ha expuesto al virus a través de mí.

Yo tenía sus contactos, les escribí, les conté la situación. Por suerte, todos fueron de lo más comprensivo. Ninguna respuesta fuera de tono, todos amables, apoyándome. Todos seronegativos.

Menos uno. Como para torturarme eternamente. Había un contacto que no tenía, no encontré forma de comunicarme con ese hombre. No obstante, recuerdo perfectamente que nuestra relación fue “segura.” Un polvazo, pero con condón. Cuando ocurrió, no tenía ninguna ansiedad por que algo pudiera haber salido mal, todo parecía en orden. Básicamente: si se produjo ahí la seroconversión –que no lo sé– fue con un codón mediante y sin constancia de que se rompiera. En todas las demás relaciones, siempre hubo condón también. Siempre.

Mi amigo Alejandro me recomendó un libro, Blue Pills. Es una novela gráfica del suizo Frédérik Peeters, donde cuenta su experiencia como seronegativo que comienza una relación con una mujer seropositiva, madre de un hijo también seropositivo. O sea, una pareja serodiscordante. Frédérik empieza la novela con un alegato contra ese término: serodiscordante. “La ciencia no tiene tacto. Además ese término es impreciso,” dice, “¿Tú crees que somos una pareja incongruente, falta de armonía?,” pues así es como el diccionario define la discordancia. Esto le pregunta el protagonista, visiblemente nervioso, a su novia, que está apoyada en el balcón, mirando el horizonte.

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Como Fréderik y su novia, yo también estoy en una pareja serodiscordante. Mi marido es seronegativo.

Mi respuesta a la pregunta de cómo me infecté (pregunta fea donde las haya) no le gusta a nadie:

  • algunxs seropositvxs piensan que me estoy justificando.
  • a lxs seronegativxs les aterra que esto pueda ser verdad. Si unx usa condón, no se infecta, ¿verdad?

Una noche, Frédérik reflexiona sobre cuánto admira la confianza y el autocontrol con que hablamos lxs seropositivxs de nuestra salud. Le parece fascinante la forma en que hemos incorporado la posibilidad de la enfermedad sin estar necesariamente enfermos, la necesidad de ir por delante de los médicos y saber todo, al detalle, de lo que nos pasa. “No estoy hablando de fascinación o veneración, sino de una admiración que inspira respeto”, piensa para sí, “una admiración que produce alegría y el deseo de echar una mano.”

A mí, esa sed de información y esa sensación de autocontrol sólo me llegó tras el diagnóstico de VIH. A mi marido no, él siempre la tuvo. Siempre estuvo mucho más informado que yo. Es, sin duda, uno de los primeros hombres en el mundo en comenzar un tratamiento de PrEP hace ya años (yo me negué a iniciar el tratamiento, y lo juzgué a él por hacerlo). Él no sólo dominaba lo médico en relación al VIH, sino también lo social. Llevamos 9 años juntos, y jamás le escuché un atisbo de serofobia. Quizás por eso, hace poco más de un año, se tomó mi diagnóstico con serenidad y confianza.

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Éste es él.

La verdad, a mí tampoco me gusta mi respuesta a la pregunta de cómo me infecté (la pregunta en sí me es odiosa también, como ya he dicho).

  • por un lado, pienso –como otrxs seropositivxs– que me estoy justificando. Ya hablé de eso en un post anterior.
  • por otro, durante mucho tiempo me resultó angustioso no tener una historia que contarme a mí mismo.

Yo soy tan seropositivo como cualquier otrx. Reivindico a cualquiera y cada unx, se infectara hace treinta años o ayer, tenga sida o VIH, una salud de hierro o enfermedades oportunistas. La forma como se produjo la infección no cambia nada en absoluto. Yo soy todxs y cada unx de lxs seropositivxs y toda la historia del VIH, desde el inicio, está en mí.

Ahora, sí es cierto que una de las partes más difíciles tras mi diagnóstico fue precisamente ésa, la obsesión con saber qué ocurrió, por qué ocurrió. Quería darle sentido y no podía; quería una historia clara y sencilla: ocurrió X y por eso pasó Y. Siempre queremos historias claras y sencillas: esto es completamente seguro, si haces tal consigues tal, esto se evita con esto y con esto. Pero la cuestión es que yo no tenía esa historia sencilla, ni la tengo. Y no soy el único.

Aceptar esto no es fácil. Por supuesto, no pierdo un segundo con teorías conspiratorias de ninguna clase. O un condón falló y no me enteré; o mis encías estaban sensibles y por ahí pasó el virus –en el período que me seroconvertí tenía problemas con mis dientes, tuve cuatro intervenciones (sencillas, pero intervenciones) del dentista. Aunque la verdad es que nadie se me corrió en la boca -todo mi respeto a quien le guste un buen lefazo, a mí no me mola en absoluto.

Y si nadie se define por cómo se infectó, ¿por qué lo cuento?

Por un lado, porque creo que puede ser útil para poner sobre la mesa otros temas relacionados con la salud sexual. El condón sigue siendo un método de prevención con una altísima eficacia. Pero hay otros, y hay que hablarlos, y hacerlos accesibles: PrEP, TasP. Hay opciones, ninguna es la panacea, pero hay opciones, que cada uno elija cómo afrontar su salud sexual a partir de la disponibilidad de estas opciones. Hay muchas personas -¡activistas a veces!- batallando contra estas opciones antes de que estén disponibles. No: hagámoslas disponibles, y luego que cada uno discuta qué le viene mejor. O discutámoslas juntxs.

También hay temas como el cuidado de la boca, del pene o del ano que se tratan muy poco. Asegurarse de que no hay fisuras, de que la dentadura está fuerte. Hablo de sexo entre hombres, que es del que sé, claro. Xiana les va a contar más sobre sexo heterosexual en su precioso blog. Yo, por supuesto, no estoy diciendo que optemos por el nihilismo y dejemos de practicar sexo «seguro», porque aún con condón puede hacer accidentes. Para nada. Pero sí estoy proponiendo reflexionar sobre qué significa «seguro» en esa ecuación.

La seguridad total no existe.

Además de esto, hay una razón aun más importante por la que quiero hablar de cómo me infecté. Es mi historia y tengo derecho a ella. Creo que es una reacción normal tratar de darle un sentido a lo que nos ha pasado. Es parte de ese supuesto duelo que vivimos tras el diagnóstico. Y así lo viví yo. Es muy duro no tener una historia que explique algo tan fuerte.

Hoy sé que no merece la pena darle vueltas a eso, no cambia nada, saber qué pasó ya no me obsesiona. (Bueno, más o menos). Follé como un rey con gente que de verdad quería y quiero, y también con algún ligue puntual que, aunque no lo volví a ver, me hizo gozar como un loco. No me arrepiento de ninguno de los estupendos polvos que eché aquellos meses.

Pero es importante para mí escribir este post para decir que algunxs de nosotrxs, seropositivxs, no sabemos cómo nos infectamos. Y es difícil vivir con eso. Yo, como otrxs que he conocido estos meses, tengo que vivir con no tener una historia que contarme a mí mismo, y con la incredulidad de los demás, que piensan que oculto algo por vergüenza. O con mi propia vergüenza, que me hace no contar mi historia tal como la viví porque pienso que no voy a tener credibilidad.  Muchxs hemos experimentado, o experimentamos, ansiedad por no saber, por carecer de esta historia, y por no poder contarla tal cual.

Un amigo hasta me dijo que prefiere dejar implícito que se infectó por tener sexo a pelo, aunque no fuera el caso, por no tener que exponer su historia de no saber realmente qué pasó. Contar una historia que no sabes es complicado.

En Blue Pills, Frédérik observa a su novia durante toda la novela, y va tomando notas de los pequeños cambios de humor de ésta. A veces en control de todo, a veces sintiéndose responsable de que su hijo sea también seropositivo, a veces decidida a que el VIH no la limite, a veces se odia porque se siente tóxica, a veces se ve como un peligro para la salud de Frédérik.

Cómo me reconozco en esos pequeños vaivenes emocionales. Cosas como ponerme tiritas en algún arañón puntual que ni siquiera sangra, más para calmar mi ansiedad que para prevenir un riesgo real. En ocasiones, ese vaivén emocional llega en la cama, con mi marido, los dos desnudos entre las sábanas. Él para, me ve inquieto. Me mira, y me pregunta:

“¿Qué pasa?”

“Nada.»

“¿De verdad?”

“Sí, nada.”

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Me fascina su confianza, su calma. Siempre me dijo que el VIH no tiene por qué cambiar nuestra relación, y de hecho no la ha cambiado. Aunque, claro, el miedo inconsciente de vez en cuando asoma, también entre las sábanas.

Leí la novela de Frédérik para intentar entender mejor por los procesos que ha tenido que pasar mi marido este último año, en el que he visto a varias parejas romperse por un diagnóstico seropositivo. Sin embargo, no aprendí mucho al respecto. De hecho, aprendí más de mis miedos que de los suyos.

Por eso no puedo dejar de preguntarme qué hubiera pasado si la historia hubiera sido al revés. Si él fuera el seropositivo y yo el seronegativo.

Si un día mi marido llegara de su examen médico y me dijera que el test le había dado positivo, pero que sólo había tenido sexo a pelo conmigo, que no había follado sin condón con nadie. Que no tiene una historia que contarse y contarme. Que no sabe cómo pasó. ¿Cómo habría respondido yo? ¿Lo habría creído? ¿Qué habría hecho el Miguel serófobo de esos días? ¿Habría estado a la altura de las circunstancias? ¿Qué habría hecho con mi enfado, con mi rencor, con mi ignorancia? ¿Le habría dicho, como él me dijo, que nada cambia entre nosotros?

No lo sé, la verdad, y esa duda me inquieta profundamente.

 

 

Me encantaría saber qué piensas de este tema.  En los comentarios abajo, en Facebook, o en amorsexoserologia@gmail.com

Éste es un post de ASS- (Amor, Sexo y Serología), escrito por Miguel Caballero para Imagina Más.