«No hay nada más machista que una mujer machista»

Así acaban algunas conversaciones de bar entre mujeres en las que se “analiza” a otras mujeres de poder, probablemente políticas. Así es también como todo el “análisis” se convierte en una simple reproducción del machismo y realizamos el trabajo sucio del patriarcado.
¿Existen mujeres machistas? Hay quien dice que sí, ya que todas las personas nacemos, nos educamos y crecemos en un contexto machista y, quien dice que no, porque no nos beneficiamos de los privilegios, por lo que seríamos colaboracionistas. Lo que sí parece que sucede es que reproducimos el machismo, ya sea a través de ser machistas o colaboracionistas, y esto se observa frecuentemente cuando nos vemos como enemigas. Por ello, quizá colaboramos con el machismo a través de la misoginia (odio a las mujeres) interiorizada y a raíz de ese estigma internalizado realizamos conductas o tenemos actitudes machistas. Es decir, en este sistema perverso se nos educa en el continuo juicio, competitividad y lucha entre nosotras que da vía libre para que se mantengan estas relaciones de poder basadas en el machismo. Mientras nos encontramos luchando entre nosotras, ahí arriba, se encuentran algunos “señores” con todos sus privilegios que creen que “la igualdad ya existe”.

La moral sexual con la que nos juzgamos y con la que juzgamos negativamente a “las otras” es un claro ejemplo de esta misoginia interiorizada o las peleas que se suelen dar entre mujeres por un hombre (normalmente representante de una masculinidad muy hegemónica y a la vez tóxica) que se han reflejado en el cine, la televisión etc. En definitiva, nos convertimos y convierten en enemigas y cualquier acto se convierte en una ocasión perfecta para poder criticarla y complacer así sumisamente al machismo, al final es más sencillo enfrentarte a tu igual o a quien esté por debajo que al de arriba. Así, dentro de este engranaje tan perfecto, se necesitan mujeres enfrentadas entre ellas y sumisas hacia él. Luego, el sistema recluta y beneficia a quien cumpla con estas dos premisas e inconscientemente lo reproducimos.

“No es feminista es hembrista”

Otra gran frase para enfrentarnos y prima-hermana de “feminazi”. Supuestamente el hembrismo es lo contrario al machismo. Supongo que detrás de esta definición se esconde el mismo proceso que siguió Freud para definir el concepto de El complejo de Elektra: tomar la definición de lo “normal” (Edipo) y añadir al principio “lo contrario” y así, ya tenemos redactada la historia de las mujeres. Sin embargo, qué casualidad que este término siempre se utiliza para descalificar a aquellas que a través de sus actitudes o conductas se enfrentan a la normatividad de género. Por ello, hembrismo quizá a diferencia de lo que se cree, hay quien lo entiende como la complementariedad al machismo, es decir, las cualidades típicas y socialmente asignadas a la hembra, donde destaca la sumisión. Porque yo me pregunto ¿se puede reproducir el hembrismo en este sistema? ¿existe algún libro, teoría, ideología etc. que reproduzca la superioridad de las mujeres? ¿En qué sistema o cultura se cosifica y se ejerce violencia sistemáticamente hacia los hombres por el hecho de serlo?

Al final, interiorizamos la misoginia enfrentándonos así entre nosotras, reproducimos el machismo mediante la sumisión y nos deslegitimamos con el uso de algún término enrevesado cuando tratamos de salirnos de la norma. Al “enemistarnos” actuamos acorde a la simplista y cruel frase de “tonto el último”, es decir, sobreponemos la libertad individual sobre la grupal, pero en esta competición el premio final es un engaño porque supone volver al inicio, ya que no existe un yo sin nosotras. Para que la maquinaria siga funcionando tenemos que seguir enfrentadas y es aquí donde la sororidad, la solidaridad entre mujeres, es necesaria. Sin esta solidaridad que no amistad, todo avance será cíclico y la radical idea de que somos iguales no llegará.

Miren Zuazua, psicóloga

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