Fotografía de Enrique Toribio

 

(Bajo el título “Treatment as Punishment”, presenté una versión en inglés de este ensayo en la conferencia de la Asociación Psicoanalítica Estadounidense que se celebró en Austin, Texas, en junio de 2017. Se trata de un foro de psiquiatras, psicólogos y trabajadores sociales con interés en el psicoanálisis, en las relaciones médico-paciente, y en asuntos de ética en la medicina. Ésta es la segunda parte de aquella ponencia. La primera puede leerse aquí.)

 

I got my tongue, I got my chin

I got my neck, I got my boobies

I got my heart, I got my soul

I got my back, I got my sex

 

I got my arms, I got my hands

I got my fingers, got my legs

I got my feet, I got my toes

I got my liver, got my blood

 

Got life, I got my life

Nina Simone

 

 

 

Siete días me llevé sangrando por el culo.

Ahí seguirán las cuatro cicatrices hasta hoy, supongo. El ano ya no es un ataúd, como se decía en los años duros de la crisis del sida, sino la espalda del esclavo, carcomida por las marcas de los latigazos.

Cuatro veces le entregué mi culo al médico para que me hiciera raspaduras anales con hidrógeno, muy seguidas, en un mismo año. Yo jamás localicé esos granos minúsculos, a pesar de explorarme con esmero. Los he buscado apasionadamente, y he deseado con todo mi ahínco encontrarlos, como si al hallarlos pudiera renovar mi maltrecha confianza en el médico. Luego, algunos amigos me dijeron que no son granos, sino superficies dañadas imperceptibles al tacto. Otros me dijeron que sí, que son granos, y que debería notar la rugosidad en la yema de mis dedos.

El médico dijo “granos”. Warts. Pero yo nunca los palpé. De nuevo la medicina como una rama de las humanidades. Me tocó creer en ellos como me tocó creer en mi diagnóstico de VIH a pesar de no tener una historia de infección. No es que no crea, es que no entiendo por qué lo cuentan como lo cuentan, como verdad absoluta que sólo se cumple en sus protocolos, pero no en mis carnes.

El médico siempre terminaba la consulta asegurándome que probablemente aquella sería la última, que para la próxima cita lo más seguro es que ya no habría daño que reparar. No obstante, parece que los granos persistían y no querían desaparecer nunca, a pesar de que a mi tacto nunca se aparecieron. Cuatro veces me postré a cuatro patas en aquel potro de tortura para que alguien que me había sermoneado y anulado el juicio me quemara el ano por prevención. Cada postración iba acompañada de una factura instantánea de 10 dólares, más otra que llegaba por correo a mi apartamento unas semanas después, con cifras que nunca bajaban de la centena, una vez descontado lo que el seguro había pagado.

Pero todo tiene un límite, y yo un día ya no pude más. Decidí combatir ese capitalismo papilómico con más capitalismo papilómico, desempeñando mi derecho de consumidor infeccioso: promover la competencia, pedir una segunda opinión médica. Esta vez en España.

 

* * * * *

 

Antes de que las muestras de mi ano viajaran en botecitos sellados de la clínica a otro laboratorio de la ciudad, yo a mi culo ya le había enseñado mundo. A Santiago de Chile, Ámsterdam y Buenos Aires entré por la Puerta de Brandenburgo de mi ano. Mi ano ha sido el salvoconducto que me ha permitido conocer muchas ciudades desde dentro. Follar con gente de la ciudad implica establecer un vínculo que te sitúa irremediablemente en la intimidad de un pueblo.

A los 21 años, R. me había aclimatado tanto los esfínteres a recibir cuerpos ajenos que cuando abrimos la relación a terceras, cuartas, quintas y duodécimas personas —casi siempre en los viajes— no me costó demasiado seguir explorando el rol de cuerpo anfitrión. Grandes, pequeñas, dobladas, negras, blancas, simétricas, cubistas, expresionistas, delgadas, gruesas, psicodélicas, modernas, con cabezas como centollos, probablemente alguna sifilítica, circuncidadas, greñudas, pelonas. Mi ano conoció todo tipo de pollas en una década. La inmensa minoría pasó por mí una sola vez; en la mayor parte de los casos, el polvo fue el felpudo de bienvenida a relaciones de amistad que se mantuvieron entre un fin de semana y toda la vida.

A G., por ejemplo, lo conocí en Ámsterdam. Yo vivía allí, él estaba de visita por el Pride, que se celebraba en aquellos días lluviosos de mediados de agosto de 2011. Era quebequés, aunque había nacido en Hong Kong. Teníamos reserva para cenar en un restaurante coqueto del Jordaan, pero nunca llegamos a tiempo. Fui a recogerlo a su hotel, y cuando íbamos bajando el ascensor me preguntó que por qué no follábamos antes de la cena. Follamos y perdimos la reserva. Fuimos a otro restaurante a cenar y luego volvimos a su hotel a follar, siempre él dentro de mí (nunca he sentido mi propia polla tan dura, me decía, mi novio no me deja hacerle esto). Salimos toda la noche y follamos en el baño de la discoteca. Volvimos a su hotel, nos dimos un baño de agua caliente mientras me chupaba los dedos de los pies. Me lamía el culo con tremenda gula. Follamos antes de dormirnos y otra vez al despertarnos.

Así todo el fin de semana. El lunes se fue, su novio lo esperaba en Montreal. El mío también vivía en aquel continente.

Tardé no menos de dos años en poder dejar de pensar diariamente en su polla dentro de mí.

 

* * * * *

“Es una barbaridad lo que te están haciendo,” me dijo. “Mira, la medicina en EEUU es extremadamente sofisticada e innovadora. Pero también es inherentemente invasiva. Tienen tecnología y quieren usarla. Cobran por usarla, de hecho. Viven de esas intervenciones. Cualquier cosa que tengas, te van a intervenir. Cualquier mínimo padecimiento que en otro lugar del mundo simplemente se sometería a un seguimiento porque es un proceso natural, en EEUU se trata, se interviene.” El médico de España tenía razón, no hubo vez que yo fuera a la consulta del Village que no acabara postrado en el potro. Con el juicio atrofiado y la soberanía de mi cuerpo intervenida.

“Ese papiloma que tú tienes lo tiene o lo ha tenido en algún momento prácticamente todo el mundo que es sexualmente activo. Y casi nadie se lo trata. Aquí se monitoriza, pero no se interviene de esa forma y en esos plazos tan agresivos. Es un papiloma que el cuerpo tiende a eliminar espontáneamente. Sólo hay que monitorizarlo para confirmar que el organismo efectivamente lo ha eliminado”.

El protocolo de intervención al que fui sometido anula la posibilidad de que mi cuerpo se auto-regule. Lo que mi organismo puede hacer naturalmente, el médico prefirió hacérmelo con quemaduras de hidrógeno, inyecciones de miedo y facturas en las centenas.

Este protocolo de actuación que desestima el poder del cuerpo para combatir infecciones también se aplica al VIH, en connivencia con las Naciones Unidas: obligarme a iniciar el tratamiento inmediatamente tras el diagnóstico y no informarme de otras opciones es equivalente a obviar la posibilidad de explorar si mi organismo es lo que en medicina vírica se ha conocido como un “supercontrolador”, es decir, un organismo que sin intervención farmacológica mantiene el virus a raya. Para la ciencia, eso explica que haya personas diagnosticadas en los 80 que hayan sobrevivido décadas sin medicarse. Los supercontroladores forman parte a menudo de las investigaciones de desarrollo de vacunas y curas: se trata de observar qué hace que sus cuerpos controlen el virus. El objetivo es replicar tales procedimientos en otros pacientes.

Lo de “supercontrolador” suena muy rimbombante, pero en realidad es muy sencillo: dejen a mi cuerpo hacer lo que quizás pueda hacer, no le castren sus mecanismos de autodefensa. Y, sobre todo, déjenme elegir a mí, no me embarguen la soberanía de mi cuerpo.

Pero, hoy en día, como nos hacen iniciar el tratamiento inmediatamente (y pagarlo, sea por sanidad pública o privada), nunca sabremos si somos supercontroladores. Nunca sabré si mi cuerpo pudo defenderse por sí solo del virus. Quizás unos meses, quizás unos años o una década, o mucho más. Nunca sabré porque no lo han dejado.

 

* * * * *

El médico quemaba su odio en mi ano. Cesaron los sermones, los sustituyó por aquel rito pirómano. Uno tiene que odiar para tratar de forma tan inhumana a una persona vulnerable. Luego aprendí que quemando no sólo purificaba su odio sino que también se llenaba el bolsillo. Mi ano era una pira en la que hacía arder su asco hacia mí y los que son como yo (esa “comunidad gay” desaforada e irresponsable), mientras celebraba, además, que el fuego le daba dividendos. Cuando presenté la versión en inglés de este texto en Austin, los médicos asistentes a la conferencia me corroboraron lo que yo siempre intuí: por supuesto que ese médico recibe comisiones por cada intervención que lleva a cabo en mi cuerpo, y por supuesto que a veces es difícil evitar la tentación de practicar una intervención no eminentemente necesaria cuando uno engorda sus cuentas bancarias con ello. No lo digo yo, lo dijeron estos psiquiatras de Austin.

Ya ven, me apoyo en unos médicos para deshacerme de otros. No me podrán acusar de no seguir intentándolo.

 

* * * * *

 

Cuando poco después del diagnóstico de VIH conté a mi médica mi incapacidad de tener una erección por el miedo que comenzó a producirme el sexo, ella me dijo que no me preocupara: mi pareja tomaba PrEP, y, si él se infectaba, sólo tendría que cambiar de tratamiento y pasar a un antirretroviral completo. Para ella, un diagnóstico seropositivo en un hombre gay es simplemente un cambio de régimen antirretroviral.

Cuando un amigo-amante me llamó porque había dado positivo por sífilis, yo llamé a mi médico para informarle de que probablemente había estado expuesto. Me acababa de hacer una analítica completa y los resultados llegarían en un par de días, pero él me urgió a que me inyectara penicilina de forma preventiva. Así hicieron: pinchazo de penicilina, y dos días después, cuando llegaron los resultados del test que me había hecho antes del pinchazo, la sífilis dio negativo. Nunca tuve sífilis, pero sí me aplicaron un tratamiento de sífilis. ¿Por el miedo del médico, por su convencimiento de que soy un irresponsable y tiene que inyectarme preventivamente, o por la comisión que recibe con cada intervención sobre mi cuerpo? ¿Era tan difícil esperar un par de días?

Cuando mi pareja monógama recibió un diagnóstico de clamidia, su médica le urgió a que se tomara antibióticos y, por supuesto, no creyó ni por un instante que fuéramos una pareja monógama. Si somos maricas, jamás un médico va a creernos cuando decimos que somos monógamos. Al ser yo seropositivo, ya ni el beneficio de la duda nos queda. Mi pareja se quedó atónita con el diagnóstico y dijo que no podía ser (yo había dado negativo en clamidia un par de semanas antes). La médica hizo todo tipo de preguntas escabrosas para descubrir la supuesta mentira que ella asumía que estábamos contando. Él exigió que le repitieran las pruebas. Se las repitieron. Dio negativo la segunda vez, y jamás se había tomado los antibióticos. Ella siguió en sus trece insistiendo en que podía ser un falso negativo (¿por qué ni siquiera consideró que lo anterior pudo ser un falso positivo?). Su premisa es que los maricones mienten a sus parejas y no se controlan.

Desde mi diagnóstico de VIH, los médicos me han dado a entender que, para ellos, cuidarme consiste en hacerme una encerrona para que comenzara inmediatamente a tomar las pastillas aunque el modo en que me las suministraron casi me lleva a la locura; cancelar mi juicio para reafirmar su autoridad sobre mi cuerpo; anular mis emociones para convencerse de que lo que yo sienta no es parte de las variables que tienen que atender; medir mi bienestar en tests para no pararse a escucharme; sesgar mi capacidad de respuesta para anular su capacidad de empatizar.

Para ellos, estar bien es tener la carga viral baja y los CD4 altos. Aunque por largas temporadas yo sintiera que había perdido la confianza, el sexo me produjera pavor, sienta náuseas cada vez que se acerca la fecha de la próxima consulta, o viva por debajo de cualquier nivel de tristeza tolerable.

He llegado a la conclusión de que “salud” significa para mí algo muy diferente a lo que significa para los médicos que me han tratado.

 

* * * * *

 

La medicina científica tiene un problema descomunal, y no se trata de la competencia que le hacen las medicinas alternativas, por mucho ruido que quieran crear con esa falsa polarización. Veo a bastantes amigos quejarse de las personas que se deciden por la medicina tradicional. Esa queja puede ser seria en las circunstancias oportunas, pero es narcisista, irresponsable y vacua cuando se obvia la pregunta central: ¿por qué la gente está abandonando la medicina científica? Hay muchas razones, sin duda. No digo que lo que aquí comparto explique todo.

Pero creo que, en gran medida, el problema de la medicina científica es la brutal deshumanización.

Somos muchos los que queremos creer en la salud como un derecho humano del que se encarga un sistema público, universal y gratuito. Ansiamos creer en la base científica de la medicina y en el médico como aliado. Pero la medicina es más compleja que su base científica. Por no hablar de la farmacia. Es política, es moral y es negocio. No abordar estos aspectos es engañarse, y es irresponsable.

No me fío de los médicos que me han aplicado el tratamiento como un castigo, los protocolos internacionales como una tortura. No perdono a los médicos la mercantilización de mi cuerpo y mis miedos. Su juramento hipocrático les prohíbe dañar, pero yo he sido dañado sistemáticamente. Cuando hay daño por moralismo o por rentabilidad económica, el médico se transforma en un corrupto que comercia con mis cicatrices anales y con mi angustia.

Darme cuenta de esta realidad ha sido una gran liberación, a pesar de todo. Ante esta certeza de la deshumanización de la medicina, sólo me queda darle la vuelta a las partes, reivindicar mi voz en el tratamiento, hacerme oír. En cada consulta, dejaré claro que yo no necesito ganarme la confianza del médico, sino que es el médico quién necesita ganarse la mía. Haré pedagogía para que los profesionales de la salud entiendan que los prejuicios están fuera de lugar en los espacios médicos, que mi dolor no son acciones de bolsa con las que enriquecerse, que no es la pastilla exclusivamente lo que me está salvando la vida, sino mi capacidad de reafirmarme contra la historia y contra el maltrato. La medicina necesita humildad, empatía y democracia.

 

* * * * *

 

He salido de este proceso con una pena honda.

Me he tirado un mes escribiendo este artículo que tanto remueve mis entrañas y sus cicatrices porque quiero seguir creyendo en la medicina. Escribo para arrancarme esta angustia del pecho y del ano, y porque estoy ansioso por creer, pero me están echando. Quiero creer, pero cada vez que entro en una consulta, me tambaleo un poco y pierdo el equilibrio. Y conmigo tantos como yo. Hay muchos pacientes que se están yendo, y muchos más que se van a ir. En realidad, siempre se han ido, desde el inicio de la epidemia. Lo hacen silenciosamente. Cancelan la siguiente cita o simplemente no aparecen. Quizás no han dado nombre aún a lo que les aterra del médico, pero sí han sentido el pavor de ser juzgados y maltratados, y han decidido cambiar de rumbo. Podemos mirar para otro lado y acusar de irresponsables a aquellos que deciden irse, o podemos hacer autocrítica, escuchar un poco, y preguntarnos en serio qué está fallando.

Como digo, yo estoy ansioso por seguir creyendo, pero no a cualquier precio. No soy mártir, mi salud y mi dignidad por delante del prestigio médico.

 

* * * * *

 

Escribo esto desde Cuba.

Una vez más estoy aquí impartiendo clases, esta vez por un período más corto, apenas un par de meses. La memoria de la tortura médica que padecí en esta isla me persigue por cada rincón del barrio del Vedado, donde me hospedé en 2015 y donde me hospedo en 2017. Los mismos que me convencieron de que necesitaba unas pastillas para seguir viviendo, me negaron la posibilidad de traerme todas las que necesitaba. Me sentía como un Conde de Montecristo enviado a morir en una isla aislada. El miedo a ser descubierto me hizo sobrevivir esos meses sin buscar información por internet o sin compartir mi angustia con mi familia por teléfono. Lo viví todo en silencio. Era inexperto y temía que me expulsaran del país, o me dieran algún problema en el trabajo. Hay países en los que los seropositivos no pueden entrar, y Cuba tiene una ley opaca al respecto. Estaba recién diagnosticado y muerto de miedo. No entendía por qué el médico y el seguro me hacían lo que me estaban haciendo.

La inflamación que me produce aquel dolor sólo recibe alivio por contraste con las bellas memorias de los ratos compartidos con mis estudiantes de entonces y mi director de tesis, al que acompaño aquí de nuevo. Aun sin saberlo, ellos me mantuvieron a flote durante aquellos meses de terror.

 

* * * * *

Hace tiempo que no veo a aquel doctor de los aceites de oliva y el papiloma. Cancelé las citas, interrumpí el tratamiento. Seguí el consejo del médico español que me recomendó que monitorizase la persistencia del virus, pero que no me interviniera de esa forma brutal.

Poco antes de salir para Cuba me hice el último reconocimiento médico completo. El test anal volvió a salir reactivo en papiloma. La enfermera me llamó para decirme que tenía que verme el especialista.

“No, gracias”, le contesté.

Un día después me llamó el médico mismo —de nuevo el de los sermones— para pedirme que me hiciera una anoscopia por si tenía el papiloma malo. “Pero ya me la hice hace un año y di negativo en ese papiloma malo. Usted mismo me la hizo. Además, yo sé que no he tenido sexo anal receptivo desde entonces”. Estoy convencido de que no creyó esto último. Pero eso no fue lo peor.

Lo peor es que no se acordaba de mí.

Me dijo que en sus archivos no había registro de mi anoscopia. Si me dice esto hace un año, quizás hasta yo me lo hubiera creído. Como cuando llegué a creerme que quizás los médicos tuvieran razón, y es verdad que follé a pelo y por eso me infecté de VIH, aunque no me acuerde. Quizás hace un año me habría creído que era mi memoria la que fallaba y que en realidad no me hice ninguna anoscopia ni sangré durante una semana en el baño, ni me sometí a cuatro sesiones de quemaduras de hidrógeno. Pero no, ya no.

“Mire, arréglense ustedes con sus archivos. Usted mismo me hizo una anoscopia hace poco más de un año, y hace unos meses pedí una segunda opinión a otro médico. A partir de ahí decidí interrumpir el tratamiento que usted me estaba administrando. Estoy a punto de irme de Nueva York e iniciar una nueva etapa en Chicago. Allí buscaré otro médico”.

 

* * * * *

 

Supongo que ha debido pasar el tiempo para poder relatar esta angustia. La distancia ayuda a entender. No se puede describir el huracán desde el ojo del huracán. Pero el huracán no ha pasado del todo. De hecho, ha llegado para quedarse. Aunque de vez en cuando baje la intensidad y me permita sacar la cabeza un segundo, y escribir esto.

 

Me interesa qué piensas sobre este tema. Puedes escribirme abajo en los comentarios, en Facebook, o en amorsexoserologia@gmail.com

Éste es un post de ASS- escrito por Miguel Caballero para Imagina Más

0
Comments

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *