El gran Enrique Toribio nos invitió a participar en esta hermosa sesión de fotos. El resultado tan bello es consecuencia de la delicadeza y amor con que nos trató. Aquí su web: http://www.etoribio.com

(Bajo el título “Treatment as Punishment”, presenté una versión en inglés de este ensayo en la conferencia de la Asociación Psicoanalítica Estadounidense que se celebró en Austin, Texas, en junio de 2017. Se trata de un foro de psiquiatras, psicólogos y trabajadores sociales con interés en el psicoanálisis, en las relaciones médico-paciente, y en asuntos de ética en la medicina.)

— Me encanta el aceite de oliva del sur de España —contaba el médico mientras me hurgaba en el ano—. Siempre que viajo por Europa se lo digo a mi mujer, “Lisa, deberíamos bajar a Sevilla a comprar aceite de oliva”.

Los estadounidenses detestan el silencio incluso cuando no te están mirando a la cara, sino al culo. Yo le ayudaba a rellenarlo cómplicemente (el silencio, no el culo), y asentía con supuesta autocomplacencia, “yes, it’s wonderful, we have great olive oil”, como una máquina expendedora de palabras sin procesar, porque en realidad mi mente no estaba para pensar en olivos, sino en lo que el señor de bata blanca me estaba haciendo en las entrañas.

Él seguía con su historia, y yo concentraba la presión en los codos hincados sobre una camilla con las esquinas gastadas y reparadas con cinta adhesiva, el cuerpo a cuatro patas y desnudo de cintura para abajo, las nalgas abiertas de par en par a la altura de los ojos del médico. Él, sentado en un sillín mientras me exploraba. Yo, mirando al horizonte de aquella desangelada consulta, escudriñando cada uno de los pocos objetos que la amueblaban. Cajas de guantes powder free. Bote de desechos con el símbolo de biodegradable. Una espantosa cortina verde de estampados noventeros. La papelera. El ventilador. Un tensiómetro colgado en la pared a la altura de mi oreja.

— Me encanta el aceite de oliva del sur de España —y proseguía detallándome sus visitas a Granada y Córdoba— There’s great food and there’s so much history down there.

Hasta que el tono de su voz cambió abruptamente, volviéndose turbio. De repente, los olivos, las mezquitas y las siestas de verano desaparecieron como detrás de un nubarrón. “Mmm, muy probablemente tienes el papiloma malo, el que produce cáncer”.

Era la primera vez que veía a este médico. Hacía apenas unos meses que yo había recibido un diagnóstico de VIH que aún no entendía ni asimilaba, y todo parecía indicar que ahora me enfrentaría a un nuevo diagnóstico, el de un virus que conocía aún menos que el VIH, y el de un potencial cáncer de ano. La segunda parte de la pesadilla estaba por empezar. El nubarrón comenzó a descargar los primeros truenos.

— Es que no lo puedo entender. Estoy muy decepcionado, estoy tan decepcionado con la comunidad gay y la forma en la que tenéis sexo. Por eso ocurren estas cosas. Es siempre lo mismo.

Sin entender muy bien por qué, yo me acababa de convertir en algo así como el epítome de una extraña entidad que él llamaba “la comunidad gay”. (Imaginen que yo hago lo propio: Oigan, Trump es heterosexual. Me tienen muy decepcionados ustedes los heterosexuales, siempre tan narcisistas y mentirosos). Él ya había apartado su mirada de mí y yo había comenzado a vestirme. Los truenos rompieron en un chaparrón que no vi venir, y así fue como recibí el sermón más cruel que me hayan dedicado en la vida.

— Yo no sé en que estáis pensando, no entiendo por qué me siguen llegando casos así. You need to be responsable. You need to take responsability of yourself. Para acabar con esta epidemia tiene que haber un compromiso de todos, porque todos son responsables de esto. Orgías, tríos, drogas… people lose their minds and do not practice safe sex. This needs to stop. This needs to stop now, otherwise this is going to be a mess.

Él no sabía nada de mí. Supongo que sentía que no necesitaba preguntarlo, que el test ya le había revelado por qué yo me encontraba en esa situación. No sabía si tenía o no pareja, ni si practicaba o no sexo en grupo, ni si usaba o no preservativo. Cuando el test habla, la persona calla. No hay nada que decir, pues los resultados parecen decirlo todo. Supongo que el hecho de ser seropositivo le hacía creer que ya me conocía. Yo, a golpe de consulta, también había aprendido que no valía de nada contradecirle, porque, a la vista de un médico, un diagnóstico seropositivo supone la pérdida de credibilidad del diagnosticado.

 

* * * * *

C. fue el primer hombre en clavar su rabo en mi ano. Bueno, no sé ni si decir hombre, creo que aún no habíamos cumplido los 18. No era mi primera vez, ya que follaba copiosamente desde los catorce, aunque sin penetración. Mi ano marica fue lanzado al mundo sin referencias. Había recibido poca educación sexual general, nula educación sexual específica para gays. También el porno escaseaba. Era una época —la del cambio de milenio— en la que, al menos donde yo vivía, para acceder al porno online había que ir a un cibercafé, y no estaba bonito tener anos dilatados en la pantalla del ordenador delante de otros adolescentes del pueblo que se agolpaban en el local para jugar a juegos en línea o chatear con novias virtuales.

Esta falta de información provocó un retraso en la capacidad de acomodamiento de pollas ajenas en mis entrañas. Ok, miento. La verdad es que no fui solo una víctima de las machistas circunstancias. También ocurrió que las pollas que conocí entre los 14 y los 17 eran del tamaño de un trabuco, yo era muy chico para comprar lubricante en la farmacia del pueblo, y muy dado a apretar el esfínter ante cualquier roce insinuador en mis nalgas

C. fue el primero, tras cinco meses de relación. Follamos la noche antes de que él pusiera fin a lo nuestro. Me penetró amargamente, en el último polvo que echamos, medio borrachos, unas horas antes de que me dejara por otro. Supongo que el alcohol me relajó el esfínter. Supongo que su plan de dejarme le hizo lanzarse a la desesperada. Lo cierto es que, en realidad, no me dejaba por otro, sino por el mismo de siempre. De hecho, el otro había sido yo. C. se despidió follándome borracho para volver con el novio que nunca había dejado, y con el que había compatibilizado relación conmigo.

Ya ven, no recibimos ninguna educación sexual ni sentimental específica para maricas, y aun así nos las arreglamos para montarnos tremendos dramas clandestinos nosotros solitos, bajo la mirada sospechosa de todo el pueblo, y antes de cumplir la mayoría de edad.

C. abrió una etapa en mi vida sexual —la de pasivo—y cerró otra en mi vida sentimental —fue el primer hombre al que llamé “novio”, aunque la mayor parte de nuestros encuentros fueran furtivos.

Todo esto tuvo lugar en la provincia de Sevilla unos doce o trece años antes de que el virus del papiloma humano significara algo para mí en una fría consulta del Village, en Nueva York.

El sermón se prolongó unos cinco minutos. (Jamás un médico había dedicado tanto tiempo a hablar conmigo). Sermoneaba como una locomotora mientras fijaba la vista obsesivamente en la pantalla de su ordenador. Anotaba con furia los resultados preliminares de mis pruebas en una plantilla. No volvió a mirarme a los ojos en todo lo que restó de consulta, ni en todas las consultas que se sucedieron después, durante algo más de un año.

 

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Llegué a manos de este doctor especialista en el papiloma porque el médico que me lleva el VIH me hizo un test anal que había dado potencialmente positivo a este otro virus (resultado “anormal”, te dicen).

El papiloma es un virus escurridizo, con multitud de cepas diferentes —unas cancerígenas, otras no—, que se transmite con extrema facilidad. Es un virus de enorme libertad. Inmensamente extendido, que se pasa al contacto, y que ni el condón lo previene del todo. El papiloma ha habitado o habita en prácticamente todos los cuerpos que alguna vez han entrado en contacto sexual con otros cuerpos, independientemente de con quién se acuesten. En el tuyo, en el de tu pareja, en el de tu padre, en el de tu jefa, en el de tu abuela. Sean homo, hetero, bi, o pan. Este médico —especialista en VPH— sabía perfectamente todo esto, pero decidió obviarlo.

Prosiguió su sermón con una conferencia personalizada sobre la peligrosidad del cáncer anal. Se iba a comer la pantalla con los ojos mientras hablaba, al mismo tiempo que yo me iba escurriendo más y más en la silla. Me pintaba una sucesión de imágenes de anos destrozados, esfínteres maltrechos, sexualidades derruidas, y excreciones imposibles.

Me mareé, me sentía dentro de un caleidoscopio, como si aquella consulta se rompiera en mil fragmentos, y yo flotara en ella entre guantes, agujas, bisturís y vaselina. Yo asentía a todo lo que el médico decía, como un reo que acepta declararse culpable aunque se sabe inocente, porque no encuentra forma de defender su inocencia y su única opción posible es reducir condena.

Yo quería reducir condena. Deseaba desesperadamente que ese hombre se callara. Pero las circunstancias de mi diagnóstico de VIH unos meses antes habían desactivado mi capacidad de respuesta. Había perdido la voz. Me habían castrado el juicio, y en cierta forma la dignidad.

Cuando él consideró oportuno, cesó. Me dijo que en una semana volviera por los resultados definitivos.

Me fui a casa pensando que tenía cáncer de ano y que era culpable de ello.

 

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En este post me gustaría contarles que aquel maltrato médico fue una experiencia aislada, un caso excepcional en estos dos años y medio de tratamiento. Pero no puedo decirles eso porque no es verdad. El maltrato ha sido despiadado, respaldado por protocolos internacionales de salud pública, humillante y sistemático desde el mismo día en que fui diagnosticado.

He contado en numerosas ocasiones en qué circunstancias me hicieron iniciar el tratamiento antirretroviral. No obstante, me da tanto miedo olvidarme de aquella tortura, que necesito volver a recordármelo insistentemente. No olvidarlo es mi venganza, la rabia de recordarlo me da fuerzas para seguir luchando. Este blog está escrito desde esa rabia.

De VIH me diagnosticaron dos semanas antes de mudarme a Cuba, donde iba a pasar cuatro meses por trabajo. Me dijeron que tenía que empezar tratamiento ya, a pesar de tener los CD4 en 700, esto es, tenía las defensas de cualquier persona sana. El seguro no me quería cubrir los cuatro meses de tratamiento, sólo me iban a facilitar las pastillas mes a mes. Si quería más por adelantado, tenía que pagarlas yo a 3000 dólares el bote. Me empujaron a iniciar el tratamiento haciéndome creer que era una decisión de vida o muerte, y al mismo tiempo me mandaron cuatro meses a La Habana con medicamentos para tan sólo dos meses, prácticamente obligándome a interrumpirlo. También me informaron de que interrumpir el tratamiento podría suponer que el virus se hiciera resistente al mismo, y se acabaran para mí las opciones de una vida sana.

Yo no entendía nada.

El médico que me diagnosticó de VIH y me extendió la receta —cubano-americano, por cierto, quizás se vengó de la Revolución a través de mí, quién sabe— nunca mencionó la posibilidad de posponer el tratamiento a mi vuelta de Cuba (hay personas que, con mis números, lo posponen hasta diez años. Yo podría haberlo pospuesto perfectamente). El seguro sugirió que alguien me enviara las pastillas por correo o viajara a la isla para hacérmelas llegar. Parece que nunca habían oído hablar de un conocido embargo sobre Cuba que lleva décadas en vigor, y hace que el servicio postal no funcione desde los 60, la misma fecha desde la que los estadounidenses tienen prohibido viajar por turismo a la isla.

Me insistieron en que iniciara tratamiento inmediatamente, me ocultaron la posibilidad de posponerlo y prácticamente me obligaban a interrumpirlo. Yo estaba recién diagnosticado, falto de información y muerto de miedo. Aquello no tuvo que ver con mi salud. Fue un castigo. Me impusieron el tratamiento como un castigo.

La prescripción automática de un tratamiento médico según protocolos internacionales es la barrera de seguridad que muchos médicos utilizan para no tener que someterse a la posibilidad de desarrollar un mínimo de empatía por sus pacientes. Se ahorran comprender que del otro lado de la mesa se sienta un ser humano, que quizás no entiende, que está asustado, que carga en sus espaldas la monstruosa historia de una epidemia, que teme que no lo amen, que quizás pierda el trabajo, y que desea, ante todo, que aquella consulta sea un refugio desde el que poder reconstruir los pedazos de sí mismo que ha dejado esparcidos por el suelo un diagnóstico brutal.

Pero la consulta médica para mí nunca fue un refugio, sino una cámara de tortura, una trampa.

 

* * * * *

 

Anti-vacunas, loco, irresponsable, desagradecido, descerebrado, anti-ciencia, despreocupado, peligro público, conspiranoico y otros calificativos de tal alcurnia me llaman gente sin corazón —a veces activistas, a veces seropositivos—cada vez que cuestiono el 90-90-90 (protocolo de las Naciones Unidas que implica que cada persona diagnosticada debe comenzar tratamiento inmediatamente).

Pues, queridos, a mí el 90-90-90 casi me mata. De angustia. Y de dolor de darme cuenta que me obligaban a iniciar tratamiento y al mismo tiempo a interrumpirlo. De desinformación y anudamiento de mi capacidad de decidir sobre mi cuerpo. De conciencia de lo poco que valía mi salud y mi dignidad para el sistema. Si mi problema como seropositivo es de defensas, ¿cómo afectó a mi sistema inmunitario hacerme creer que debía tomar esas pastillas si quería vivir y al mismo tiempo ver que me enviaban a un lugar aislado con medicación insuficiente y sin capacidad de conseguirlas?

En Cuba no había el tratamiento que yo tomaba, y por supuesto yo no podía acceder a su sistema de salud público, ni comprar antirretrovirales por la libre.

A los que se me tiran a la yugular por cuestionar el 90-90-90 les digo que mi argumento es infinitamente más riguroso que el suyo. Parte de dos premisas científicas fundamentales que la medicina actual, tan intoxicada de intereses creados, parece haber olvidado: la premisa de humildad hacia lo que desconoce (ningún médico jamás quiso escucharme), y la premisa de no hacer daño a los pacientes (la herida que aquel castigo infligió sobre mí sigue abierta y supurando).

El 90-90-90 convirtió mis primeros meses post-diagnóstico en un infierno tropical. Darme cuenta de lo que me habían hecho inició mi tremenda desconfianza hacia la medicina. ¿Cómo seguir creyendo y confiando en quien dañó mi salud de esa forma? ¿Cómo reconstruir la confianza en los médicos?

 

* * * * *

 

La semana siguiente de aquel sermón del cáncer anal volví a la consulta para someterme a una anoscopia: la toma de muestras de distintas partes de la piel de mi ano. Me hicieron firmar un papel en el que me informaban de que esta sencilla operación no era demasiado invasiva, pero que podían desatarse problemas durante la intervención. Así te informan, con un papel que firmas, y que sustituye a la conversación que deberías tener con ellos, pero que nunca tienes. “If you have a question, let me know”, te dice la enfermera con un tono que te quita todas las ganas de hacer cualquier pregunta.

Firmé, entró el médico, y puse el culo.

En esta ocasión no hubo aceites ni viajes por Andalucía. No hubo vaselinas, ni miradas empáticas —no hubo miradas. Sólo la invitación a ofrecerles mi culo sobre el potro para extraer varias muestras de mis entrañas. Cuatro pequeños desgarros de la piel de mi ano que el doctor envió a analizar en un laboratorio ajeno a la clínica. En la misma consulta, mientras te desgarran, hay un cartel que te informa sobre la factura que te va a llegar. Igual que cuando lees sentado en el WC la etiqueta del champú, en la consulta lees un folleto que está ante tus narices cuando te colocas a cuatro patas sobre la camilla para que te tomen muestras del ano.

“Los especímenes extraídos del cuerpo de los pacientes se analizan en laboratorios ajenos al centro de salud y son facturados aparte”, dice el cartel. Tú te imaginas aquellos trozos de tu ano saliendo de la clínica y recorriendo mundo. Efectivamente, unas semanas después me llegaron las facturas de lo que me tocaba pagar a mí por la intervención médica (por un lado) y el análisis de mi carne (por otro), tras el pago que ya había hecho el seguro. Esta intervención hizo sumar 700 dólares a las deudas médicas que ya acumulaba.

Tras la anoscopia, me llevé varios días sangrando por el culo.

 

* * * * *

 

No sangré la primera vez que C. me folló, ni ninguna de las veces que follé con T., mi siguiente pareja. T. jamás conoció mi ano. Quizás inconscientemente relacionaba poner el culo con el fin de la relación, quizás es que continuaba sin recibir ninguna educación sexual al respecto, quizás el porno al que ya sí tenía más acceso me vendía una imagen de la penetración fácil, limpia y espontánea que yo nunca experimenté como tal hasta ese momento.

La cuestión es que mi culo permaneció sellado durante unos años, hasta que llegó a mi vida R., quien tenía más que decidido que el hábitat natural de su rabo sería mi ano, y que ahí quería instalarse varias veces por día. La misma noche que me conoció, me colocó a cuatro patas no sin cierta resistencia por mi parte, y para cuando le fui a explicar que tenía poca experiencia como pasivo y que probablemente tendría que practicar durante varias sesiones, ya notaba la punta de su polla a la altura de mi esófago. Fue la primera de cientos, miles de penetraciones, a veces con un poco de sangre, a veces un poco sucia, a veces gloriosamente suave e inmaculada.

 

* * * * *

 

Yo era un harapo en la consulta del médico del papiloma, un muñeco de trapo desgarbado sobre la silla, que asentiría a todo, y que ya sólo quería saber qué tenía que hacer para afrontar lo que este cáncer me deparaba. Información práctica, aséptica, sin atisbo sentimental o empático. Eso es lo que pedía en ese momento. Denme la receta, o las instrucciones, y déjenme salir de aquí. Había entregado mi cuerpo, perdido la fe en poder controlarlo yo mismo, ni contra los virus, ni contra los agresivos tratamientos, ni contra los sermones y la frialdad de los médicos. Me habían dejado vacío.

Pero la anoscopia dio negativo.

Una semana después, el médico me comunicó muy burocráticamente —y sin despejar la mirada de la pantalla—que mis tests del “VPH malo” habían resultado negativos. Que no había nada de cáncer, ni de potencial cáncer, que nunca lo hubo, a pesar de lo que parecía en las pruebas preliminares, y de lo que dio por hecho en sus sermones.

Por supuesto, no consideró que tuviera nada de qué disculparse.

Eso sí, no dejó que me fuera del todo. Me dijo que aunque no había papiloma malo, sí había el que puede presentar granos aunque no causa cáncer (el papiloma bueno, supongo), y que debía ir cada cuatro meses a quemar con hidrógeno los diminutos granos de papiloma bueno que efectivamente parecían estar en el interior de mi ano. Imaginen qué bien sonaba aquello de quemarme el culo con hidrógeno pronunciado por los labios de un médico tan agradable a alguien recientemente anoscopiado que aún sangraba un poco por el culo.

Así hizo en cuatro ocasiones, con descanso de apenas tres meses entre ellas. Quemarme con hidrógeno granos diminutos e imperceptibles a mi tacto —es que son tiny, me decía, but we have to make sure. Las facturas siempre llegaban unas semanas más tarde. Estados Unidos es el país de la eficiencia, menos a la hora de enviar facturas dentro de unos plazos cabales. Las mandan estratégicamente con semanas o meses de atraso para que te hayas olvidado ya de cuál fue tu consumición. De hecho, ¡mejor aún!, consumes sin saber por cuánto te va a salir. Yo consumí miedo en aquella consulta, y siempre me decían que el departamento de billing me mandaría la factura en unos días, pero que no podían decirme a priori cuál sería el coste, que dependía del seguro, que si no estaba de acuerdo, pues que no me sometiera al tratamiento. O sea, las opciones son: intervenirte sin saber el coste o no intervenirte. Ambos van con su correspondiente dosis de miedo estimulado.

El sistema sanitario estadounidense es capitalismo de amiguetes a costa de mi ano.

Hoy sé que mi gran error fue seguir confiando en alguien que me había humillado. ¿Por qué hacemos tal estupidez? ¿Qué nos lleva a entregarnos a quien nos daña? ¿En qué momento me desactivaron la capacidad de respuesta? ¿Cómo es posible que un tratamiento se convierta en una experiencia destructiva de este calibre?

Quemándome el ano sin cuestionar nada, quemé también el respeto por mí mismo. Mi dignidad crepitaba al ofrecer mi cuerpo, mi bienestar y salud a quien no había sabido respetarme, me trataba de forma prejuiciosa, insensible e inhumana, y se lucraba de mi miedo.

Por aquel entonces este blog ya estaba en funcionamiento, y yo prefería hablar de otras florituras que dieran una cara alegre a las personas con VIH. En realidad, lo hacía para poder obviar la tortura a la que sistemáticamente era sometido en las consultas. He llegado a querer vomitar cada vez que se acerca la fecha de mi consulta médica. A sentir pánico. Hoy lo sé, lo veo claro. En este blog quería mostrarme fuerte, poderoso, autosuficiente. Pero era mentira. Era valiente de puertas para afuera mientras me moría de miedo de puertas de la consulta para adentro.

Hasta que un día, como les contaré la semana próxima en la segunda parte de este post, mandé a la mierda al médico…

 

Me interesa qué piensas sobre este tema. Puedes escribirme abajo en los comentarios, en Facebook, o en amorsexoserologia@gmail.com

Éste es un post de ASS- escrito por Miguel Caballero para Imagina Más

 

 

6
Comments
  1. Te he leído con un nudo en la garganta, los médicos inhumanos frente al VIH están en todas partes, son como una plaga, yo también estuve con un señor rancio husmeando mi culo pero en España, estaba en esa misma posición que tu… y aunque no dijo palabra ni se dignó a mirarme a los ojos, sí me clasificó como una pieza de ganado, escribió en letras enormes y rojas “VIH+” en el volante en el que me envió a realizarme una colonoscopia, quizás lo mío es solo una anécdota pero vivir aquella situación recién diagnosticado de VIH fue todo un drama… las pruebas salieron negativas 😉

    Un abrazo y gracias por tus textos, son fuente de sabiduría, deseo leer muy pronto la segunda parte de este artículo pues tengo un médico de cabecera al que, por mi salud mental, debo mandar a la mierda.

  2. Miguel Caballero

    Gracias por leer el blog, Jose. Pues sí, aunque cuento mi historia particular, lo hago a sabiendas que va a resonar en muchxs de nosotras, porque continuamente me llegan historias de abusos así. Ojalá denunciáramos cada vez que ocurre, ojalá no nos dejáramos avasallar. Pero es difícil, las campañas del miedo a veces funcionan muy efectivamente contra nosotras. En fin, seguiremos deshaciéndonos de ese miedo y exigiendo respeto y dignidad.

    En breve posteo la segunda parte! Un fuerte abrazo y fuerza para contestar a ese médico que te agobia!

  3. Hola Miguel. Como te han bandeado los de Face, te contesto aquí, que hace mucho que no lo hago.
    Me encanta volver a leer cosas sobre ti escritas por ti. Es una delicia. Enhorabuena!!
    Me preocupa esa animadversión que muestras hacia lo médico, y lo farmacéutico, algo que en parte puedo estar de acuerdo (sobre todo en lo farmacéutico), pero que me da que es más una diferencia de sistemas de salud entre EEUU y aquí. Es como si en uno primas e lo económico, frente al sistema español que buscan el cuidado de la salud al menor coste, que pagamos todos.
    Lo que si me ha gustado ver es como en el trato médico paciente, EEUU y España somos primas hermanas. Es como si el concepto de “médico de familia” lo hayan interioridad tanto que se creen nuestros padres/madres. Me molesta, creo que como a ti, como se meten en temas de conducta utilizando como únicos argumentos sus propios prejuicios, sin darse cuenta lo realmente peligroso que es eso al impedir empoderar a la gente en su salud sexual, creando barreras entre la salud sexual y las personas que pueden necesitar de profesionales para cuidarla. Gran problema, en mi opinión.

  4. Miguel Caballero

    Hola, hola! Para mí sí que es un gusto leer tus comentarios! Gracias por pasarte por aquí.
    Como te decía por otro medio, con esta historia trataba de mostrar que en absoluto tengo animadversión a priori hacia los médicos; al revés, buscaba en ellos un refugio. El problema es que encontré una tortura más bien.
    Por supuesto que hay médicos de todo tipo, los hay excelentes y cómplices con las personas seropositivas. lamentablemente creo que de estos últimos no hay muchos; lo digo porque me animé a contar mi historia a partir de las muchas otras historias que ha oído estos años de otras personas que también se han sentido ahusadas en las consultas. Pero, como siempre digo, si alguien encuentro un médico de confianza, que se considere afortunadx y se aferre a él o ella.
    Yo creo que sin duda hay diferencias importantes entre el sistema estadounidense y el español. No obstante, hay algo en común que va directo al problema de la deshumanización que comento, y que es esa posición de autoridad que el médico tiene y que a menudo exacerba de forma autoritaria. En el texto hablaba de sentir que me trataban como si fuera un irresponsable así a priori, por ser seropositivo; me cancelaban el juicio.
    En fin, pienso que la medicina occidental necesita una buena dosis de democratización, de médicos y pacientes trabajando en equipo. Afortunadamente hay sanitarios trabajando en este sentido; no son muchos, pero son nuestra esperanza.
    Un fuerte abrazo, y gracias siempre no sólo por leer, sino por hacerme escapar de lo que podría ser un monólogo y convertirlo en una conversación en la que todos aprendemos.
    Miguel

  5. Javier Vázquez

    Lo que has pasado ya lo he leído como José. Eso ya desgraciadamente es inevitable. Y Ahora , en este momento ¿Como te encentras? Un abrazo enorme.

  6. Miguel Caballero

    Me encuentro bien! Gracias. Por supuesto todo esto deja secuelas emocionales y gran desconfianza hacia los médicos. Pero bueno, aunque entiendo que es un problema generalizado de la medicina, supongo que existen médicos con mayor sensibilidad, y espero poder encontrarlos. Un abrazo!

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