Las aplicaciones de contactos privados entre LGTB acortan distancias entre nosotros. Estas herramientas, junto con las redes sociales, nos interconecta en un mundo virtual, donde aparentemente tenemos las mismas oportunidades para establecer comunicación y conocernos.

Pero desgraciadamente es habitual caer en la reducción de personas, con sentimientos, dignidad y derechos -entre los cuales destaca el de no ser discriminado- a simples perfiles, fotografías, vídeos, cuerpos, genitales y/o oportunidades de descargar nuestras ganas de sexo.

Esta cosificación conlleva un grave ataque a valores fundamentales, pues pasamos de ser personas con multitud de características, aptitudes, virtudes y experiencias enriquecedoras a una simple moneda de cambio. Un cuerpo, un genital, una práctica sexual ante la cual rechazamos -y por tanto, podemos ser rechazados-. La terrible consecuencia de ello es la sensación de que estamos perdiendo el arte de la comunicación, el flirteo y la naturalidad que esconde la seducción.

El juez se sienta en el banquillo

La inmediatez que ofrecen estas aplicaciones, así como la impunidad -y tranquilidad- que encontramos en la posibilidad de hacer desaparecer -bloquear- de nuestro contexto virtual aquello que nos incomoda, alimenta nuestro rol de juez más duro, aceptando -al menos en principio-, las condiciones del juego, justificando que a su vez podamos ser rechazados por nuestra fisionomía, características fisiológicas y/o personales.

El problema llega cuando, ante ciertas actitudes discriminatoriasaceptamos como »normal» o habitual determinados comportamientos que atentan contra la libertad individual en aras de la libertad de expresión.

Perfiles con mensajes del tipo »No locas», »No plumas», »No latinos», »No viejos», »Sólo gente de gym» o »Sólo masculinos» son advertencias frecuentes en diversas apps y webs de contactos. Es lícito expresar nuestras preferencias sexuales, pero se puede y debe hacer con respeto.

A menudo detrás de estos mensajes se encierra la homofobia, la transfobia, el racismo y mercantilismo del cuerpo. Por ejemplo, existen múltiples masculinidades, pero es machista -por no decir arcaico- reducir a un exclusivo patrón de comportamiento de género para todos los hombres. Quien no encaje dentro de ese modelo, sin duda se mostrará ante nuestros ojos como un »hombre defectuoso», no siendo masculino y por tanto, no siendo hombre.

Algo similar sucede con »la pluma»: Es lícito que un hombre no sienta, a priori, deseo sexual por otro a causa de su pluma, pero cuesta mucho creer que no lo haya sentido en algún momento de su vida; por lo que, aunque lo especifique en el perfil, no es real que todos los hombres con pluma le disgusten.

Y cabe mencionar que, en el caso de que así fuera, a través de las apps no solo se puede encontrar sexo, también entablar nuevas amistades o al menos comunicación con otras personas.

No son preferencias, es discriminación

Es necesario ser claros en este punto: cuando los aspectos personales como la pluma, la masculinidad(es), la nacionalidad, situación administrativa, estado serológico, diversidad funcional (o discapacidad) u origen étnico, suponen un motivo para no mantener una simple conversación a través de las app, como en la vida real, estamos ante un acto discriminatorio fundamentado en la homofobia/transbofia, racismo y/o serofobia.

Además, con este tipo de prácticas se reduce a la comunidad LGTB a simples cuerpos susceptibles de deseo e interés sexual. Si una persona en un bar no quisiera mantener una conversación con otro cliente del establecimiento por ser de origen indígena, tener movilidad reducida, ser sordo, tener VIH, tener pluma, superar los 50 años, no tener un cuerpo fibrado, no ser estereotipadamente atractivo o ser transexual, ¿qué sucedería?

Entonces, ¿por qué parece ser aceptado en las webs y apps de contacto LGTB?. Sin duda la inmediatez hace que los usuarios de estos perfiles optimicen el tiempo en busca de satisfacer sus necesidades sexuales. Sólo que hay que entender que no podemos exigir respeto a la sociedad en sentido amplio sin respetarnos entre nosotros, eso pasa por no alimentar comportamientos homofóbicos ni racistas.

Otro tema interesante es que a menudo, en el sexo como en la vida, la comida rápida suele ser considerada comida basura. Es decir, que puntualmente puede quitar el hambre pero no sustituye una dieta saludable y equilibrada.

Mucha liberación de los cuerpos… ¿y las mentes?

No seremos nosotros quienes digamos como se debe vivir la sexualidad. A menudo no tenemos el sexo que queremos ni de la calidad que deseamos, pero siempre es mejor sentirnos bien y plenos. Y esto ocurre cuando se amplian las fronteras de la sexualidad y se derriban los viejos muros que nos constriñen.

Esto pasa por dedicar tiempo a conocer nuestro cuerpo, lo que nos agrada hacer y que nos hagan, que fantasías recurrentes tenemos en nuestro interior en el momento presente, intentando llevarlas a la práctica. Entendiendo la sexualidad como un organismo vivo que crece y evoluciona más que como »sexo evacuativo», en el que reducimos un amplio universo a una mera función inmediata.

Hay que destacar que, como seres humanos, estamos diseñados para realizar búsquedas constantemente, por esa razón nos encontramos con los mismos perfiles en unos y otros entornos de contacto que cayeron en el sistema de búsqueda, recompensa y motivación del cerebro.

Esto se debe a que estar on-line genera sentimientos estimulantes, una sensación de que algo muy intersante y excitante está pasando -o está a punto de pasar-. El sistema de búsqueda activa entonces un proceso de motivaciones que se traduce en conductas constantes de contacto-bloqueo o contacto-aceptación con otros perfiles.

Tal vez debamos tener en cuenta que esta inercia reduce las posibilidades de llegar a conocer a otras personas, dando oportunidad a un enriquecimiento personal, además de tomar conciencia de que ciertas actitudes discriminatorias no son tolerables ni en la vida real ni en las apps.

De esta manera creceremos en libertad y tolerancia, y de paso descubriremos lo mucho que aún nos queda por explorar.

Salud y sexo,

Por Iván Zaro, trabajador social