No es un secreto que desde hace muchos años la prostitución ha sido y es la causante de numerosos enfrentamientos y divisiones dentro del movimiento feminista.

La causa principal de este enfrentamiento es el concepto de libre ejercicio, poniendo en duda la libertad del propio cuerpo y sexualidad de la mujer, sometiendo todo ejercicio a una misma realidad de sometimiento y opresión, que es la trata de personas con fines de explotación sexual.

El problema viene al considerar, como términos sinónimos: trabajadora del sexo y víctima de la trata, apelando a la explotación sexual intrapersonal o por terceros.

Pero estos términos no tienen ninguna similitud entre ellos ya que mientras la trabajadora decide, se crea su horario, sus normas y su rutina de trabajo de manera independiente, la victima de trata es coaccionada, maltratada, engañada, forzada y cautiva.

Para muchas, la prostitución supone la esclavitud de las mujeres por lo que se considera que esta debe ser erradicada; pero en realidad la prostitución sin proxeneta, a la figura legal que más se asemeja es a la de una trabajadora autónoma, es decir una persona que es su propia jefa y que se exprime al máximo, por necesidad económica y para continuar en la rueda de consumo, consumo hasta que muere. Quizás podríamos plantearnos que el verdadero problema es el sistema socio-económico en el que estamos inmersas, más que en la forma en que decidimos vivir y participar del mismo.

No debemos olvidar, que cuando las personas deciden libremente el ejercer prostitución no solo son rechazadas, sino que también son atacadas, excluidas y culpabilizadas. Esto supone que ante posibles agresiones y abusos que puedan sufrir tanto dentro como fuera de su actividad sean tratadas como víctimas “de segunda clase” en todos los ámbitos.

Tras todo esto, el asunto a tratar y estudiar sería porque en el siglo XXI hay explotaciones aceptadas socialmente como en el sector textil, agrícola, hostelería y tecnológico entre otros muchos. ¿Por qué estos sectores laborales no son igualmente atacados como lo es la prostitución?, ¿por qué no somos capaces de luchar y atacar de la misma forma la explotación que viven miles de personas en Países como: La India, China, Camboya, Brasil, Vietnam… a manos de distintas empresas con salarios que en el mejor de los casos llegan a los 200€ al mes, imposibilitando que las personas empleadas se vean capaces de poder satisfacer sus necesidades básicas.  Pero no hace falta trasladarnos a Asia o a Latinoamérica para hablar de explotación laboral ya que en España también podemos encontrar situaciones laborales similares en los sectores hosteleros, domésticos, limpieza, construcción, etc.

Mientras que las decisiones tomadas de forma voluntaria por el sector del trabajo sexual son atacadas y cuestionadas. ¿Por qué tenemos la idea de considerar a la trabajadora del sexo como una víctima a la que tenemos que salvar como si fuéramos el príncipe azul salvando a la princesa en apuros?

Habría que reflexionar sobre la idea de hasta qué punto las campañas y discursos de temática abolicionista con intención «salvadora», verdaderamente salvan o estigmatizan al grupo de trabajadoras, dejando a dos metros bajo tierra el empoderamiento de las mujeres, el apoderamiento de sus cuerpos y la libertad de ser y hacer.

Paloma Gascuñana Duro

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