“No soy muy de recordar fechas, pero ese día se me ha quedado en la cabeza: 15 de enero del 2020. Abrir la puerta de casa a un desconocido y empezar a desnudarme nunca fue lo mío. Sin embargo, con este chico lo hice y repetí.

El primer día que quedamos, me saltó una alarma, a la que no quise dar importancia. Era lo suficientemente atractivo para cumplir mis expectativas sexuales y lo decentemente simpático para yo sentirme bien. La alarma de la que hablo fue su intención de hacerlo sin condón. Mi negativa fue rotunda. Él, con toda naturalidad, volvió a insistir señalando a su mochila, donde decía llevar sus análisis más recientes. ¿Qué tipo de persona va por la vida con sus análisis en la mochila en vez de llevar condones? El primer error fue no haberle mandado a casa ese día. Aun así, lo hicimos de forma segura y sin problemas.

Tras mucha insistencia, volví a quedar con él por segunda vez. Fue todo tan rápido, que no fui consciente de que no se había puesto el condón hasta que acabamos. Estaba ahí, intacto, encima de la cama y sin abrir. Y yo no lo había notado. No podía creerlo: le había dado el condón y había decidido, por mí y por él, no ponérselo. ¿Por qué no comprobé si se lo ponía? Cuando me di cuenta de que, además, había terminado dentro, entré en shock. A gritos, muy enfadado, le eché de casa y le bloqueé de Grindr.

Me senté en el sofá, nervioso, y me lo planteé fríamente: había tenido sexo de riesgo con alguien prácticamente desconocido y sin mi consentimiento para no usar condón. Me sentí invadido y frustrado. Mi primera idea fue acudir al hospital a la mañana siguiente, cuando me hubiera tranquilizado, pero me informé bien y me dirigí a las urgencias del hospital más cercano esa misma noche. El médico, tras preguntarme por el rol que había tomado en la práctica sexual y si conocía el estado serológico del otro chico, me confirmó que, efectivamente, lo ocurrido era una situación de riesgo y que iban a darme la PEP. Estaba dentro del plazo para que tuviera la mayor efectividad. Ese trámite fue rápido, aunque hasta que llegué al médico estuve dos horas en la salita. Me dieron pastillas para cuatro días y una cita a los dos días en la Unidad de Infecciosas, donde te dan el tratamiento completo.

Al llegar a casa ya eran las 2 de la madrugada, así que cené algo y me tomé mi primera dosis. A pesar de que el médico me dijo que no tenía que darme ningún problema, me costó mucho tomar la primera pastilla por miedo a que me pudiera sentar mal, que me pasara algo. Me sentía culpable, sucio, como si estuviera haciendo algo malo: todavía no era consciente de que estaba haciendo lo correcto. “¿Ves como no te has muerto?”, decía mi compañero de piso tras la toma de la primera dosis e intentando quitar hierro al asunto. Y qué bien me hizo.

El primer y segundo día fueron un poco pesadilla. Cada vez que llegaba el momento de la toma me sentía fatal. ¿Qué me estaba metiendo al cuerpo? La cita con el médico me tranquilizó bastante: son unas pastillas fuertes, pero en este caso sí que era mejor el remedio que la enfermedad. Tres pastillas al día de una vez y con el estómago lleno. Me lo planteé como si fueran unos antibióticos. También me hicieron unos análisis. Tanto el médico, la enfermera, como la farmacéutica del hospital que me facilitó el tratamiento completo fueron muy amables y atentos.

Días después, empecé a tener molestias anales que nunca había tenido. Volví a la consulta del mismo médico y, sin pensárselo demasiado, me pincharon penicilina y me realizaron un exudado anal. Con toda naturalidad, me dijo que podía ser una gonorrea a la que ya habían puesto remedio. A pesar de que el médico me intentó tranquilizar, volvió a invadirme la culpa y el miedo durante esos días. Qué mala suerte había tenido: ¿y si este chico la primera vez tampoco se puso el condón y no me di cuenta?, ¿y si había pillado de todo por un despiste tonto?

Después de una semana sin pensar en otra cosa, me dieron los resultados: todo negativo. Ni siquiera había tenido gonorrea. Quizá mi mente había ido demasiado lejos y yo mismo me había provocado los síntomas. También podría haber sido fruto del estrés y algún efecto secundario que podía dar el PEP (que pueden ser leves).

Llegó un momento en el que dejé de hacer la obsesiva cuenta de las pastillas que me quedaban por tomar. Podía hacer vida normal y tenía que olvidarme ya de esto. Ya no sentía ni cansancio. Me fui calmando poco a poco y llegué a sentir hasta cierto rechazo hacia el sexo. Tenía miedo. ¿Y si me volvía a pasar?

Cuando pasaron los 28 días me repetí los análisis. Confieso que esa semana volví a estar intranquilo, a pesar de que el médico me había asegurado que era un tratamiento prácticamente infalible. Todo fue bien.

De todo esto aprendí que, a veces, ocurren cosas que no están en nuestras manos pero, simplemente, tienen que ocurrir. Y ocurren y no debemos castigarnos. Es verdad que podría haberme dado cuenta y haber evitado todo esto, pero pasó, aprendí, y ya no me volverá a pasar. Con el paso de las semanas recuperé una vida sexual normal y activa, pero con más cuidado”.

La profilaxis post-exposición (PEP) es un tratamiento farmacológico que se administra durante un mes, bajo supervisión médica, cuando existe la sospecha de que puede haberse producido una infección por VIH.

A no ser que se trata de un accidente trabajando como personal sanitario, lo habitual es acceder a la PEP tras haber tenido una relación sexual de riesgo (fundamentalmente una penetración sin preservativo, especialmente si se ha recibido eyaculación) con una persona cuyo estatus serológico para VIH se desconoce.

La PEP solo puede administrarse tras consultar con un médico a través del servicio de urgencias de un hospital. No se administra a través de las farmacias de la calle. Es un tratamiento que solo está indicado si han transcurrido menos de 72 horas desde la relación de riesgo, preferiblemente menos de 6 horas. Si ha transcurrido más tiempo no será administrada porque no es efectiva. Habrá que esperar el periodo ventana (normalmente 3 meses) para comprobar si se ha producido o no una infección por VIH a través de una prueba rápida.

Puedes realizarte una prueba rápida para VIH en nuestra entidad pidiendo cita previa en el mail prueba@imaginamas.org(Actualmente nuestro servicio de prueba rápida está interrumpido debido al Estado de Alarma por el COVID-19 pero lo retomaremos una vez que finalicen las medidas de confinamiento).

Rafael San Román, psicólogo

 

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