Hola, guapo. Necesito hablar contigo.

Acaban de diagnosticarme VIH positivo.

Me infecté a partir del verano,

porque en el verano aún era negativo.

Mi novio es negativo y yo nunca he tenido sexo sin condón,

así que estoy muy confundido.

No creo que esto tenga nada que ver contigo,

pero pensé que sería bueno decírtelo,

por si acaso tú quieres hacerte el test o algo.

Lo siento por tener que contactarte por este tema.

Por favor, no compartas esta información con nadie,

no quiero que nadie lo sepa hasta que yo

no lo tenga bien asumido. Cuídate, bello.

En realidad, no sólo se lo contaba por si acaso él también querría hacerse las pruebas. Se lo contaba porque la ley me obliga. “Cariño, si tú no se lo quieres decir personalmente a tus sexual partners, yo lo hago. Tú me das la lista de nombres y números, y yo los llamo”, me dijo la Negrón, la trabajadora social que me informó de que mi test había resultado ‘reactivo’. La ley en Estados Unidos me obliga a compartir mi historial sexual si resulto ‘reactivo’. ‘Reactivo’ como radiactivo. Aquí es cuando comienzo a sentirte como una central nuclear. Yo escuchaba a la Negrón como quien mira por detrás de un manto de agua, el ruido de la lluvia no me permitía entender lo que ella decía, el agua me hacía verla como a decenas de kilómetros y no ahí, sentada frente a mí, en una habitación insípida de nueve metros cuadrados que ella trataba de hacer más apacible hablándome en Spanglish. En ese momento no podía poner en pie el significado de ‘reactivo’. Masticaba la palabra mientras La Negrón hablaba de corrido lo que habría aprendido en algún manual psicológico. Fue ella la que me comunicó que mi intimidad, ahora más que nunca, era de interés policial.

Él se había mudado a Harlem al mismo tiempo que yo, apenas unas manzanas más al Sur de mi casa, y muy cerca del centro de salud donde resulté ‘reactivo’. Nos conocimos en agosto, yo apenas llevaba un par de meses en Nueva York y él pasaba su primera o segunda noche en el apartamento que acababa de alquilar. La primera vez que vivía solo. Me invitó a tomar algo, el apartamento lleno de cajas, sin apenas muebles, más allá de la cocina americana, unos taburetes y una cama. Yo me quité la camiseta nada más llegar porque un loco me había escupido por la calle, camino de su casa. Sí, tal cual. Él nunca me creyó, pensaba que lo estaba seduciendo, que era una excusa un poco cerda para desnudarme nada más abrir la puerta. Pero era verdad, un zumbado me había escupido por la calle sin venir a cuento, y yo estaba muerto de asco con mi camiseta manchada de fluidos ajenos. Nos tomamos una botella de tequila, hablamos de libros, de política, de universidad, de trabajo y de amor en el balcón de su casa. “¿Por qué te mudaste a Harlem?”, le pregunté, ya con varias copas encima. “¿La verdad? Un hombre negro, grande y fuerte como yo lo tiene difícil en esta ciudad. Te ven como una amenaza, sobre todo la policía. No me sentía seguro viviendo en otros barrios”. Allí mismo, en el balcón, tras un par de horas de charla, finalmente nos besamos, antes de estrenar el único mueble que ya se encontraba en su sitio, la cama.

Hola, Miguel. No te hagas un problema personal

Yo estoy bien, en mi trabajo me hacen todos los estudios.

Lo nuestro fue antes de julio, creo.

¿Qué te dijo tu pareja, se enojó?

¿Te entendió? Porque él sabe que no vino de él.

 

Cuando salí del centro de salud, borré inmediatamente Grindr de mi teléfono. Fue un gesto compulsivo. Aún con la cabeza en ebullición y sin poder emitir ideas coherentes, intuía que ya nunca jamás tendría sexo. Aún no cumplía 30 años y me imaginaba el resto de mi vida sin sexo. Me imaginaba dos guardiaciviles durmiendo a los pies de mi cama, custodiando mi intimidad. Dos guardiaciviles de verde olivo, guante blanco y tricornio, de la época en la que los guardiaciviles aún no estaban buenos. No pensaba que me iba a morir, no sabía cómo sería mi vida a partir de entonces, nadie me había explicado qué viene después. Yo tampoco había preguntado. Me sentía fuera de mi cuerpo. Sentía una alambrada entre mi cuerpo y yo. Aún no podía emitir ideas claras, pero la sensación era de que mi cuerpo y mi mente iban por caminos distintos, por dos lados diferentes de esa acera, al salir del centro de salud. Mi apartamento estaba a dos manzanas, allí me esperaba mi marido. Tenía que contárselo.

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En el verano de 2014 (invierno allá), los amantes de Buenos Aires siempre hablaban de Cristina Kirchner después del orgasmo. Aún sin limpiar, con todo el semen sobre la piel, la conversación, sin saber bien por qué, se volvía hacia Cristina. Fue el caso de un machote de pelo en pecho que era crupier y practicaba la acupuntura. Éste hablaba de Cristina no sólo después, sino también antes del sexo. La odiaba. El sexo fue glorioso, bien despierto, una mañana con el sol tibio de julio en el apartamento de Corrientes que yo había alquilado. Cada vez que pensaba que habíamos terminado, que ya por fin se había cansado, él siempre me pedía más. Así toda la mañana. Sexo austral.

Miguel, no lo puedo creer.

Yo estoy sano. De hecho, me acabo de hacer

el examen de VIH y me dio negativo

(adjunta foto)

Creo que fue más duro para mí informar a mi marido y a mis amantes de mi reciente diagnóstico que a mí mismo recibirlo. Recibirlo es salirte del cuerpo y no volver a él hasta mucho después, meses. No entiendes nada. Pero cuando te toca hablar con tus amantes, la información está de tu lado, tú eres el que tiene que producir un mensaje coherente (cuando no hay atisbo de coherencia), mantenerte entero (cuando estás roto), y protegerte mucho (sin saber cómo. Si hubiera condones emocionales, seguro que venían todos pinchados). En realidad, no sabes lo que se espera de ti, en esa posición inaudita en que tienes que hablar de un virus, reconstruir lo que pasó aquella noche o aquel otro día, sembrar una duda. Yo lo pospuse hasta que no llegaron las segundas pruebas, menos con mi marido, al que se lo conté al momento. “Si no quieres decírselo a tu marido, yo lo puedo hacer por ti”, la Negrón de nuevo, “¿Estás seguro de que puedes confiar en él? Hemos registrado muchos casos de violencia física cuando una persona informa a su pareja de su diagnóstico reactivo.”

Yo estaba deseando salir corriendo de aquella habitación de nueve metros cuadrados, que se iba empequeñeciendo conforme pasaba el tiempo (y la Negrón cada vez más lejos). Salir corriendo y contárselo a mi marido. En 5 minutos estaba de vuelta en casa. Cerré la puerta, mi marido enfrente, trabajando en la mesa de la cocina, “¿qué tal?”, me dejé caer sobre la puerta, “¿qué pasa?”, no me salían las palabras, “oye, dime cómo ha ido”, me salió una risa nerviosa: “reactivo”.

Hola, Miguel.

Muchas gracias por contarme esto. Sé que es difícil

y que debes estar pasándolo mal ahora.

Por supuesto que respetaré tu privacidad, eso ni lo dudes.

Yo me hice el test por última vez a mediados del año pasado,

así que ya me toca hacérmelo de nuevo.

Lo haré inmediatamente y te diré el resultado.

Follamos con condón, pero es importante que yo sea

tan responsable como tú has sido conmigo.

Gracias de nuevo por tu honestidad. Besos.

“¡¿Qué?! ¡Yo no he sido!” Hasta ese momento yo no había podido pensar en un “quién ha sido”. Es que no pude, no me dio la cabeza para ello. El “yo no he sido” de mi marido fue el segundo golpe para entender que la epidemia se coló en mi intimidad, la primera vez -quizás en mi vida- en que empecé a pensar en el sexo como un intercambio de historias biológicas. Al principio me ofendió su “Yo no he sido”, como si se preocupara más por excusarse que por mi salud, pero no tardé mucho en entender. Era su forma instintiva de decirme que él no me había hecho daño, que él nunca me haría daño. Tan pronto como la idea de un “quién ha sido” se asentó a mí, me sentí profundamente angustiado.

Dale, otro abrazo.

Cuídate. Cualquier cosa, escribe.

Leo me enseñó qué significa ‘franela’ en porteño. Me lo enseñó en la casa donde se grabaron algunas escenas de la película Evita, un caserón cercano al Obelisco, con plano completamente irracional y laberíntico (o así me pareció a mí aquella noche), con muchísimas habitaciones, donde pasamos solos una noche de invierno. Yo no quería sexo, quería compañía esa noche lluviosa de julio, y él, que sí quería sexo, me prometió que ‘sólo haríamos franela’. Abrazarte bajo las sábanas y dormir juntos. Su polla dura toda la noche contra mi espalda. Cumplió su promesa, casi. No hay quién resista una franela porteña con un obelisco ardiendo entre las sábanas. Llovía fuerte fuera, el caserón estaba desierto, y yo me encontraba a más de 8000 kilómetros de mi familia y mi casa, compartiendo cama con un hombre que había contactado unas horas antes por Grindr. Ahí empezó una amistad que dura hasta hoy. Otro día me sentí mal, los huesos calados por el frío que pasaba en los archivos donde trabajaba, y Leo se vino a casa a cuidarme (éramos casi vecinos), me secaba el sudor, me daba agua, me follaba en la ducha. La mañana antes de irnos fuimos a pasear por el barrio, y acabamos sentados al sol de invierno, comiendo helado en un banco de la Plaza del Vaticano, frente al Teatro Colón.

Miguel,

cómo siento esto que te ha pasado.

Espero que lo estés llevando lo mejor posible, dentro de las circunstancias.

Muchas gracias por contármelo. Significa mucho para mí que me lo hayas contado,

es una muestra de lo buena persona que eres.

Yo he estado tomando PrEP desde octubre,

y nosotros no practicamos sexo anal,

así que supongo que yo estaré bien.

Me hice el test de todas las ITS el miércoles,

te diré cuáles son mis resultados.

Si necesitas o quieres hablar con alguien, llámame.

Aunque no lo parezca, yo soy un tipo que sabe escuchar.

Sé que no eres creyente, pero yo sí,

y voy a dedicarte mis oraciones esta noche,

para que estés muy bien. XO

En algunos países, hace años, te retenían en seudo-cárceles al resultar reactivo en un test de VIH. En ‘sidarios’, los leprosarios de finales del siglo XX. Iban a tu centro de trabajo, o a tu casa, y te llevaban detenido, sin informar a tu familia de tu paradero. Podían reducirte la pena, que no consistía en devolverte la libertad, sino en dejarte salir escoltado. Pero para ello, debías delatar a tus amantes, contarle a la policía con quiénes te habías acostado en los últimos tiempos, así podían encarcelarlos a todos. Toda tu red de amantes entre rejas. Porque no saben controlarse y las epidemias se dominan policialmente. La Negrón igual, me pidió el nombre y número de mis amantes. Le dije que ya los contactaba yo.  

 

Me interesa qué piensas sobre este tema. Puedes escribirme abajo en los comentarios, en Facebook, o en amorsexoserologia@gmail.com

Éste es un post de ASS- escrito por Miguel Caballero para Imagina Más