Ilustraciones hechas por EMIRAU

Cuando era pequeña odiaba el rosa, los vestidos, las muñecas, el pelo largo y un largo etcétera. De adolescente odie partes de mi cuerpo y estar con la regla. Me encantaba jugar al futbol, llenarme de barro, llevar el pelo corto, el chandal, las deportivas, los pelos de mis piernas y enamorarme de niñas.

No podía elegir que me gustara jugar a las muñecas, las cartas perfumadas o la comba, así que me convertí en una niña-niño a los ojos de los demás. Y a día de hoy, da igual lo que diga o haga, que me siguen tratando en masculino en infinidad de sitios. Muchos de ellos espacios que deberían de ser seguros como puede ser un baño o un probador. Espacios en los que me han insultado, tocado y golpeado. Todo esto por no cumplir con “una feminidad normal” según esta sociedad.

Muches de vosotres a lo mejor conocéis el término passing. Hablando sobre personas trans*, passing significa que las personas al tener un primer contacto con alguien, lo leemos como hombre o mujer, acertando o no con su género sentido. En el caso de las personas trans* cuanto más passing tengas obviamente menos discriminación vas a sufrir.

A pesar de que yo me identifique más como mujer y prefiera pronombres femeninos, tengo unos roles y estereotipos socialmente que se identifican más como masculinos, el passing hace continuamente que me sienta violentada, puesto que la lectura que muchas personas tienen de mi es masculina. Como ya he comentado anteriormente esta situación me pasa continuamente en baños públicos, dejandome fuera de estos, no pudiento sentirme comoda y segura en ellos y con ello generandome una continua inseguridad cada vez que tengo que acceder a uno.

La de infinidad de veces que me han dicho que, porque visto así y llevo el pelo corto que parezco un chico. Esto encima, me lo han dicho mujeres que en el momento en el que me dicen “te has equivocado de baño” (en los casos menos violentos), y yo les contesto “perdona, soy una mujer”, la vergüenza les hace decirme ”es que como llevas el pelo corto” , ¿perdona? El 95% de las mujeres que me han contestado esto, tenían el pelo corto.

El sistema está empeñado en que se nos diferencie bien, no nos vayan a confundir con un hombre, que nuestros rasgos, pelo, ropa, aspecto sean de mujer, de una mujer concreta, de una mujer diseñada «como dios manda». Si nos salimos de la norma nos insultan, nos humillan, nos rechazan y nos miran mal.

Cuando hablas con mujeres que de niñas «las obligaron» a cortarse el pelo, lo recuerdan con vergüenza, como uno de los momentos más bochornosos de sus vidas, una desgracia estilística, un hecho para olvidar. ¿Por qué?

¿Por qué uno de los peores insultos era llamarnos chicazos, marimachos?,¿ Por qué teníamos que responder a la definición de feminidad creada por el patriarcado?, similar a la de las princesas Disney, con nuestra melenaza, los tacones, los pendientes y el maquillaje siempre a punto. Muy bien si te apetece, pero ¿y si no te apetece? MARIMACHO.

¿Cuántas guerreras habéis visto en películas o series de televisión con el pelo corto? Parece como que incomodamos con el pelo corto, sin embargo, el hecho de raparnos el pelo, sin nuestro consentimiento, ha sido utilizado a lo largo de la historia como castigo y medida de represión contra las mujeres.

Todo esto, de pequeña, me supuso mucha frustración porque todo me dirigía a querer y tener que ser un niño, puesto que todo lo que me gustaba era de niños y se me identificaba como tal. ¿A quién no le gusta revolcarse por el barro, correr y saltar como cualquier otro cachorro humano? En cualquier película siempre quería ser “el chico” protagonista. La sociedad me gritaba, a través de las películas y los cuentos con los que todos hemos crecido, que ser mujer me iba a robar muchas cosas de las que disfrutaba: libertad, aventura, fuerza, independencia. Y os habla la mente de una niña cuya familia progresista europea le dio margen para desarrollar su personalidad, imaginaos lo que esos estigmas pueden hacer en otros contextos. Atención, la división marcada del género no nos oprime solo a nosotras, está claro que a los hombres también les iría bien poder mostrarse más vulnerables, usar los colores que les apetezca y jugar con muñecas si eso es lo que quieren.

Mi infancia se marcó por la palabra “marimacho” y en mi adolescencia se le sumo la palabra “bollera”. A partir de los siete u ocho años, mi entorno ya había hecho su tarea, y aunque había escapado a mi rol social, no había escapado de los roles en sí. Se había construido en mi cerebro lo que significaba «ser niña», así que ser “un niño” era sencillamente un plan de vida mucho mejor.

En mi caso, tuve la suerte de no crecer marginada, porque mis colegas en la primaria me aceptaban como a «uno más». Pero me respetaban porque era un macho alfa, uno más de su equipo, el equipo ganador.

Cuando lo pienso en perspectiva, me doy cuenta de todo lo que eso ha significado para mí en negativo, pero también en positivo. Por suerte he tenido un entorno y familia que me han respetado, pero eso no me protegió de sufrir y lo he aprendido mirando atrás.

Que poco se habla de nuestra pluma “la masculinidad femenina”, que permanece en la sombra en contraposición de infinidad de campañas y mensajes apoyando “la feminidad masculina”. #stopplumofobia

Si ahora soy femenina, ¿he “cedido” en mi personalidad a favor de un yo más “mujer” y menos “yo”? ¿o fueron la adolescencia y los despuntes de la sexualidad los que me hicieron ir adoptando actitudes más habitualmente relacionadas con la mujer? No tengo la respuesta. Todavía hoy me doy cuenta a menudo de que no me apetece ser del equipo del «ellas», tal como la cultura mainstream nos dibuja. Porque qué aburrimiento, literalmente. Pero ahora no tengo miedo alguno de ser yo, porque sé que ello también incluye ser mujer. Estoy segura de que algunas ‘marimachos’ rechazamos en su momento muchas cosas “de niña” porque la sociedad nos impone un papel, y el papel GUAY , del poder y el del éxito, es el del hombre.

Marimacho es el insulto cool del machismo, el correctivo que se nos aplica cuando nos salimos de la pista. Marimacho es ese proyectil que lanza el patriarcado para atacar nuestra libertad, nuestra diversidad, nuestros deseos, nuestras decisiones, nuestra autonomía, nuestra personalidad.

Ya no soy débil cuando me llaman marimacho, ya no, porque soy una mujer marimacho y bollera, ya soy libre y poderosa con o sin pelo. He conseguido ser la persona que quería ser, sin saber cómo debía serlo, y tu también puedes, no estas sola, porque, hay tantos tipos de mujeres, como personas en el mundo.

Teresa Navazo (Trabajadora Social)

Aquí os dejamos el corto «Marimacho» dirigido por Román Reyes y producido por Hypnosfilms

1
Comment
  1. Me ha encantado tu artículo y como desgranas la construcción del «yo» desde la infancia pasando por la la adolescencia y culminando en la madurez, desde donde ya puedes mirar atrás y comprender muchas cosas.
    En mi caso, soy hombre, fui el típico niño algo afeminado y que siempre se rodeó de chicas. Tengo una «muymejor» amiga desde que nací que es a la llamaban marimacho y la que precisamente más de una vez me defendió de los abusones.
    Curiosamente ella entró en ballet, obligada porque se puso de moda, y a mi no me dejaron apuntarme porque aún no permitían niños (finales de 80). Poco después ella se quitó y nos apuntaron a karate donde me dio buenas palizas.
    Siempre estábamos juntos y en nuestra burbuja esos roles de género cambiados funcionaron bien, ella era la bruta y yo el sensible, a ella se le daban bien los deportes y yo era torpón, ella iba como loca en la bici y yo apenas podía seguirla… Me pasé la infancia viéndola subirse a todas partes desde abajo, pelearse con la gente, ganándome a los pulsos que me obligaba a echar y un largo etc.
    La verdad es que en mi caso siempre andaba con chicas en las que buscaba refugio porque nunca me sentí comodo entre los niños pegones, pero curiosamente mis amigas nunca han sido «princesas». Nunca me sentí comodo entre los niños que iban de machitos y siempre he necesitado amigas por algún motivo, tuve la suerte de que nunca me faltaran.
    Tras la adolescencia ya me empezaba a conocer mejor, llamaba heterucho a ese tipo de personas que me repelían y ya me encargaba de juntarme con chicos que no lo fueran. En mi caso tuve intereses que eran bastante friquis y me tiraba el dia entre juegos de mesa, comics, videojuegos, rol etc. donde por suerte jamás te miraban como a un bicho raro como otras tantas veces habia notado.
    Ahora como adulto te das cuenta de muchos detalles derivados de la construcción de genero derivada del heteropatriarcado y que de algún modo te van salpicando, desde que nací no tenía amigas, todos los adultos te insistían en que eran novias, había cosas de chicos y de chicas, no debía juntarme tanto con las niñas, debía pelearme con los niños, no debia llorar…
    En fin, ahora es como dices, vives tu YO con libertad y he podido identificar a otros hombres que les pasaba como a mi, curiosamente siendo hetero muchas veces han dado por hecho que era gay porque parece que esa «feminidad» esta vetada a mujeres u hombres homosexuales porque como bien dices tiene una connotación negativa, sensiblero, debilucho, cobarde etc.
    En fin, menuda chapa, ya no recuerdo el motivo de mi comentario más allá de decirte que tu fenomenal artículo me ha traído muchos recuerdos y reflexiones

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *