¿Estamos asistiendo a una nueva ola de machismo entre los jóvenes, a una nueva resaca de heteropatriarcado entre personas que, por su edad, tendríamos que suponer más modernas? ¿O es la misma ola de siempre, que no cesa, que va y viene como las mareas, con un ciclo que parece no detenerse nunca y ser perfecto, espumoso, irritantemente constante?

Hablamos mucho del heteropatriarcado, que tiene que ver con el machismo, con la división rígida entre lo deseablemente masculino y lo deseablemente femenino, con equilibrios injustos de poder basados en aspectos sexuales y de género. Sudamos tinta para explicar que el heteropatriarcado tiene que ver con la desigualdad y que, además, es un sistema contradictorio que nos obliga a todos a ser incoherentes con nuestra complejidad intrínseca. Se escribe mucho al respecto, se reflexiona desde diferentes ámbitos con sesudos ensayos, profundas reflexiones que intentan buscarle las causas, apuntar sus soluciones (tan lejanas, tan cercanas), explicarlo desde diferentes puntos de vista para ponerle freno y que no siga reproduciéndose como la mala hierba.

Como creía Almudena Grandes cuando aún era una adolescente, muchos seguimos alimentándonos de la ilusión de que la historia progresa de manera lineal, siempre a mejor, siempre hacia delante. Como creía la niña Almudena, creemos que nosotros somos más modernos que nuestros padres, que a su vez son más modernos de lo que fueron nuestros abuelos… Creemos, presos de la ingenuidad, de un optimismo irreflexivo, que quienes tienen 30 años son más modernos que los que tienen cuarenta, pero que los que tienen 20 no solo saben latín sino que han chupado más modernidad que nosotros: ellos son, a la fuerza, más progresistas que nosotros.

Y, de repente, tras mucha reflexión sesuda, tras mucho ensayo feminista, tras mucha clase de historia y mucho trabajo final de máster sobre nuevas masculinidades o interseccionalidad… llega la vida y te explica lo que es el heteropatriarcado en un pis-pas, como si una maestra de infantil se lo explicara a un niño de cuatro años, con palabra sencillas, sin complicarse, sin irse por las ramas. Te demuestra que era mucho más fácil que todo eso. El heteropatriarcado para parvulitos.

-¿Qué haces?

-Aquí en mi casa, pegado al ventilador.

-¡Qué suerte! Yo estoy con el abanico.

-¿Abanico? Pero si eso es de chicas.

-¿Lo dices en serio?

-Sí, claro, ¿por?

-No, por nada, solo que me sorprendía viniendo de un chico que sale en su foto con camisa rosa.

-¿Y qué tiene que ver una cosa con la otra?

-Emmmm… No, nada. Olvídalo.

¿Qué es el heteropatriarcado?, preguntas mientras clavas tu pupila en mi pupila azul. El heteropatriarcado es, entre otras cosas, el resultado de que la historia no avance en línea recta, como creía la adolescente Almudena Grandes, como hemos pensado todos en algún momento de nuestra vida. El heteropatriarcado, explicado por la vida en términos sencillos, para que todos lo entendamos, es que un homosexual más joven que tú, que además se muestra con una prenda de color rosa en según qué perfiles, te diga que un abanico es de chicas. Yo no lo habría explicado mejor.

Rafael San Román, psicólogo de Imagina MÁS.