Dejemos a un lado la calidad de la canción ganadora del festival de Eurovisión de este año, llamada Toy e interpretada por la cantante israelí Netta y que “tiene un mensaje muy guay”.

Dejemos a un lado el grado de ingenuidad, fe o credulidad de cada cual respecto al rigor con el que funciona Eurovisión. Al fin y al cabo, la fe mueve montañas (y festivales), entrar en el Reino de los Cielos tiene sus requisitos y, qué diablos, aquí hemos venido a divertirnos y bailar, no a hacer un simposio sobre concursos musicales.

Lo cierto es que, al menos un par de veces al año, gran parte de la comunidad gay mundial vive dos momentos especialmente álgidos en cuanto a su visibilidad y ¡ay de nosotras! en cuanto a la tela de juicio en que se ponen sus valores. El primero de ellos es el festival de Eurovisión, especialmente seguido por las maricas europeas y sus inverosímiles añadidos geográficos (Israel, Australia). El segundo, mucho más extendido -el mes de junio cae, cual lluvia, lo mismo para justos que para pecadoras- sucede durante el Orgullo.

Este año, en el caso de Madrid, ambos astros se han alineado en forma de polémica: Netta actúa en una discoteca durante el Orgullo madrileño. Muchas personas no se sienten representadas por Netta, a la que acusan de ser un símbolo cómplice del que para ellas es el país pinkwasher por excelencia. Esas personas protestan por si acaso Netta está rascando recursos del Orgullo oficial (público). El Orgullo oficial dice que Netta va a participar en una fiesta de organización privada. Los comentaristas advierten: si tú vas a la fiesta y sueltas parte de la pasta que se va a llevar Netta ya es cosa tuya, no del Orgullo oficial. Por lo que a mí respecta –y a falta de más información- asunto zanjado… y reflexión servida.

Como vemos, tanto Eurovisión como el Orgullo -celebraciones y jolgorio aparte- tienen un alto componente político. Ya está, ya está la marica intelectual escribiendo sobre Eurovisión y política. Pues sí. Porque, aunque tú no lo quieras, la política lo abarca todo. Recuerda que divertirte en la calle gritando lo maricón o lo lesbiana o lo que sea que eres es un acto político (de consecuencias dispares en función de la calle en la que lo hagas), ¿o acaso el Orgullo no va, en el fondo, de reivindicar libertad? Por otro lado, si te subes a un escenario a cantar una canción (o a chillar y hacer mecos) después de que te anuncien como “La representante de (tu país)” no te quiero ni contar ya lo que eso tiene de político. Y, cariño, eso te va en el sueldo que te van a pagar por subir a ese escenario, así que ya puedes ir ateniéndote a todas las consecuencias derivadas de tu actuación.

Aunque sea obvio, conviene recordarlo: alguien que participa en el Orgullo no es un viandante inocente que aterriza como si tal cosa en mitad de una manifestación, un desfile o un botellón. Es una persona que, con mayor o menor conciencia, está apoyando a su manera una causa política: la de la dignidad de todos los seres humanos independientemente de su orientación sexual o identidad de género. Chasss.

De la misma manera, un participante de Eurovisión no es solo un/a cantante que va a un festival a lucirse a título individual y promocionarse como artista, sino que acude, antes que nada, como representante de su país. Da igual quién le haya encomendado la tarea de hacerlo o el criterio empleado para elegirle. Es cierto que representar a tu país en un concurso musical que vigilan más o menos de cerca unos 200 millones de personas no es lo mismo que ser nombrado ministro, pero sí es un acto político: puntual y con fecha de caducidad, pero político. Si pensabas que Eurovisión solo iba de montarte tu performance entre chispas y focos estabas muy, pero que muy equivocada. Y, por supuesto, no me olvido del público: soltar la pasta para presenciar Eurovisión, también verlo en tu casa por la tele, son actos políticos (“Oh, ¿te has fijado en lo progre, combativa y comprometida que es la canción de Israel de este año? Jamás vi cosa igual en los días de mi vida”).

Por eso es un patinazo cuando –ya derrotados- Amaia afirma que “la posición en la que quedáramos nos daba igual” (no te equivoques Amaia, es al contrario: no habéis ido ahí a participar y vivir la experiencia, cuando representas a tu país en un concurso lo primero y único que debe importarte es la posición en la que quedes).

Por eso tampoco puede ser que Netta sienta que ciertas decisiones que toma el gobierno de su país no van para nada con ella, sobre todo cuando esas decisiones se toman y ejecutan mientras ella gana el concurso en el que representa oficialmente a su país.

De hecho, es al contrario. Al interpretar Toy, ella ha decidido jugar al juego de la canción protesta, así que ahora ya no puede decir que la política es política y que ella es solo una artista. De hecho, muchas personas a las que no les hace gracia que se la considere un símbolo del progresismo considerarían que sus apariciones posteriores junto al primer ministro de su país son algo más que mera cortesía o un imperativo de la promoción comercial de su carrera. Podrían decir que esos compadreos tienen también otros significados: no son solo una manera de apoyarse a sí misma (legítimo) sino que también implican en cierta medida apoyarlo a él en el ejercicio de su cargo.

En el siguiente artículo seguiremos reflexionando sobre estas incómodas e inevitables conjunciones entre Eurovisión y el Orgullo. Aunque pique, no deja de ser una necesaria manera de mirarse al espejo como colectivo.

Rafael San Román, psicólogo

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