En el anterior artículo comenzamos a hablar sobre la polémica que se ha despertado en torno a la próxima presencia en Madrid de la cantante israelí Netta coincidiendo con la celebración del Orgullo.

Respecto a esta cuestión, acabamos poniendo sobre la mesa lo difícil que resulta aceptar que la intérprete disocie cuando le conviene su papel como artista de su papel como agente ¿involuntariamente? político.

En realidad, sí puede ser que Netta se sienta ajena a todo eso –porque ella es cantante y no política, “jo, tan chulo el mensaje de su canción…”- pero callar es en sí mismo un acto político que la retrata igual que si hubiera hablado y que da pie a este tipo de debates. Lo que genera perplejidad en muchas personas es el desparpajo mostrado por la cantante israelí para criticar ciertas causas y el silencio elocuente que ha mostrado respecto a otras, al menos hasta donde a mí me consta. A esto Frank Underwood, el protagonista de House of cards, lo llama pura política, sin pestañear.

Y en esto que, además, un año más, se celebra el Orgullo de Tel Aviv. Se trata de un evento que está haciendo fortuna -y qué fortuna- año tras año entre la comunidad LGTB. Choque de trenes en 3,2, 1… algo muy de nuestro colectivo. Porque habrá quien dirá: fantástico los que van, porque cada maricón que se morrea con otro maricón a pleno sol en Israel está ganando kilómetros luz de terreno en cuanto a visibilidad y derechos en un país como ese, donde queda tanto por hacer en cuanto los derechos LGTB. Otros dirán: hipócritas, esnobs, frívolos condescendientes que participáis del Orgullo en un país que os utiliza para sacaros toda la pasta pero que no siente ningún orgullo por vosotros, más bien le dais arcadas de las buenas (y de las caras). Y estos dos son solo los dos grupos grandes, dentro de los cuales encontraríamos más de un matiz (por ejemplo, hay quien piensa: “Tres hurras por Israel, oasis de lo LGTB en Oriente Próximo”).

Por su parte, el Orgullo de Madrid lleva tiempo siendo pasto de las críticas y de los ojos vigilantes para que no se reduzca a un mero macro-evento de carácter comercial y pierda la seriedad intrínseca a su naturaleza. Hace tiempo que comienza a conocérselo como “la fiesta de Madrid”, expresión pronunciada a partes iguales como halago (“toda la ciudadanía lo siente suyo”) y como reproche o lamento (“el Orgullo se ha quedado en verbena y comercio”)… y todo sin que nos salgamos del colectivo. ¿No te habías dado cuenta? Definir el Orgullo como fiesta, reivindicación, vergüenza, milagro o cualquier otra cosa es un acto político, no te digo ya participar en él.

Dadas estas circunstancias, tener un posicionamiento claro respecto a Netta como personaje resulta un poco complicado. ¿Es Netta cómplice –con su silencio- de las decisiones geopolíticas del gobierno de su país? ¿Es reprochable que calle frente a algunas decisiones políticas de su país cantando la canción que cantó? ¿Cuándo deja Netta de representar oficialmente a su país y pasa a ser una artista que solo tiene que responsabilizarse de sí misma pero no de las decisiones del gobierno de su país? ¿Es reprochable que Netta se convierta en abanderada del feminismo y la tolerancia a la diversidad pero que no diga nada explícitamente ni a favor ni en contra de la gestión que hace el gobierno de su país de las relaciones con el pueblo palestino? ¿Es propio de maricas hipócritas el ser fan de Netta o disfrutar sus canciones? ¿Puedo bailar la canción de Netta cuando salga de noche y criticarla en un artículo de día?

Ay, los incómodos planteamientos del homosexual reflexivo, estos debates maricas que se vuelven tan desagradables cuando descubrimos que en ellos todo el mundo acaba quedando mal.

A modo de resumen, me planteo un pequeño guioncito que espero tener en cuenta no tanto para cuando yo actúe en Eurovisión, acontecimiento que considero de probabilidad baja, sino sobre todo cuando se me olvide que muchas cosas que hago y digo pueden tener una lectura política:

-Cuando actúas en un festival representando a tu país estás haciendo política. Aunque tu canción hable de florecillas.

-Cuando te beneficias voluntaria o involuntariamente de las consecuencias políticas, sociales, económicas, publicitarias… de tu actuación en un festival como representante de tu país estás haciendo política.

-Cuando defiendes unas causas pero callas ante otras es previsible que la gente se quede desconcertada ante tu ideología.

-Cuando participas en el Orgullo de Madrid, igual que cuando vas al de Tel Aviv, estás haciendo política (asunto aparte es qué política estés haciendo). Recuérdalo cuando, a tu manera, amortices el evento.

Seguiremos informando y, mientras tanto, ¡feliz Orgullo a todos y todas, todo el año!

Rafael San Román, psicólogo

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