En la vida hay muchos armarios. Estamos acostumbrados a hablar solo del armario de las personas no heterosexuales y a asociarlo con un lugar oscuro y tenebroso, un espacio de hipocresía que te aísla y te impide ser la persona que eres.

Lo cierto es que existen armarios sobre muchos temas. Armarios en los que uno decide meterse, armarios en los que la sociedad te pide o exige que te metas, armarios en los que nos enclaustramos por completo o en los que metemos apenas un pie. No hay duda, hay muchos tipos de armarios: tantos como circunstancias una persona, por diferentes motivos, considera que tiene que esconder.

Un armario es una protección, una defensa. Lo queramos o no, el armario tiene su utilidad y en algunas situaciones es bueno que exista. ¡Dios mío, eres un homófobo, serófobo, xenófobo, “todófobo”, estás diciendo que la gente tiene que estar en el armario para protegerse, abominación! No, espera, voy a explicarme un poco más.

Imagínate que eres cristiano en un país donde prima una versión agresiva de otra religión: lo siento pero, por muy digna que sea tu fe -y a no ser que te cambies de país- vas a tener que entrar en el armario de la religión para sobrevivir. Imagina que vives en un país en el que hay una dictadura y tu ideología es la contraria a la oficial: lo siento pero, por muy respetables que sean tus opiniones, las dictaduras no entienden de respeto –por eso las llamamos dictaduras- así que tendrás que entrar en el armario de la política para sobrevivir. Imagínate que quieres viajar con tu pareja del mismo sexo a un país donde se ahorca a los homosexuales: ¿vais a ir por la vida de activistas progres pidiendo una habitación con cama de matrimonio o vais a apreciar vuestra libertad e integridad? Me temo que, si queréis ir a ese sitio tendréis que desempolvar el armario que con tanta paciencia desmontasteis y abandonasteis en el desván y reutilizarlo temporalmente para tener la fiesta en paz.

Es muy injusto que tengas que usar un armario para salvar tu vida, pero no todo el mundo vive en sociedades lo suficientemente abiertas como para evitarse estas defensas, no seamos etnocéntricos.

A veces las cosas no son tan de vida o muerte pero el armario sigue estando ahí. Imagina que una actitud, costumbre o decisión tuya van en contra del estilo de vida de gran parte de las personas que hay a tu alrededor (“mi pareja y yo hemos decidido tener una relación abierta pero sabemos que nuestras familias y gran parte de nuestras amistades rechazarían de pleno esa conducta y nos acabarían rechazando a nosotros”): pues… o lo vivís abiertamente delante de ellos y os atenéis a las consecuencias o tendréis que meteros en el armario de las relaciones de pareja no convencionales para sobrevivir… aunque sea sobrevivir socialmente, no tanto en un sentido literal de la palabra. Más adelante ya decidiréis si tenéis que reformular lo que compartís o no con vuestro entorno o si es vuestro entorno lo que tenéis que modificar, pero para convivir y autoafirmarnos asertivamente no siempre valen los buldócers de la sinceridad.

Hay muchas circunstancias que te pueden llevar a encerrarte total o parcialmente dentro de un armario. Ni siquiera es algo que siempre hagamos conscientemente. Piensa en las personas no heterosexuales: muchas de ellas, probablemente la mayoría, construyen su armario siendo niños y niñas de muy corta edad y lo hacen instintivamente, sin darse cuenta de que lo están haciendo, desde el primer momento en que sienten que la persona que son no se corresponde con la que tienen que ser para que las acepten.

Luego, con el tiempo, los armarios se modifican, amplían, reforman y se sofistican de múltiples maneras, si bien muchas veces no recordamos ni cuándo empezamos a construirlos. Además, no todos los armarios son iguales. Los hay muy ligeros y translúcidos, con cortinillas en lugar de puertas, y también hay auténticos búnkeres. Todo depende del nivel de protección que necesite la persona o de algo mucho más sutil: del nivel de protección que la persona haya concluido que necesita.

Es importante tener en cuenta que un armario es una estrategia de afrontamiento frente a una posible amenaza, real, imaginaria o a medio camino entre ambas. Como toda estrategia de afrontamiento tiene una función (una utilidad, algo “bueno”, para entendernos). En este caso, la función está muy clara: ocultarme para así protegerme y poder adaptarme a un medio relativa o abiertamente hostil.

Pero no hay que olvidar la cara B: toda estrategia de afrontamiento tiene un coste y hay que valorar si ese coste es ínfimo o si, por el contrario, supera en potencia a la función. En el segundo caso la conclusión no puede ser otra: la estrategia para protegernos -en este caso el armario- ha perdido su función o, por lo menos, necesita una buena remodelación, porque me exige un nivel excesivo de aislamiento y de negación de la persona que yo soy y me resta demasiado bienestar.

Así que ya sabes: toma conciencia de que el bricolaje es todo un arte y también de que, como sucede con el sábado, el bricolaje se ha hecho para la persona y no al contrario. Ponlo a tu servicio, sé dueño de tu armario, que él no sea tu dueño ni te fagocite. Si lo crees conveniente, mejora las prestaciones de tu armario pero sé autocrítico, autocrítico con madurez y sin pelusas: si ya no hay utilidad que valga… desmonta tu armario y ponlo en un rinconcito, nunca sabes para qué te van a resultar útiles el día de mañana todos esos tablones y tornillos.

Rafael San Román, psicólogo de Imagina MÁS