Me cuesta una vida enfrentarme a la hoja en blanco que tendré que llenar sobre “esto”. Bueno, “esto”, en realidad, no es completamente así; lo que casi me costó la vida fue el cúmulo de circunstancias al que me abocó una situación que escapó de mi control, que me hicieron encararme de frente con la muerte, hasta el extremo de tener que plantarle cara y retarla: «O tú o yo».

La psicopatóloga norteamericana Elisabeth Kübler-Ross describió en su obra ‘On death and dying’ (1969), un clásico ya de la Psiquiatría moderna, cinco etapas en las que el individuo subdivide su forma de pasar el duelo, de enfrentarse con la adversidad, entendida inicialmente esta como una pérdida catastrófica o una enfermedad terminal o fatal y, posteriormente, extendida a cualquier evento significativo o suceso traumático que pueda marcar (o no) un antes y un después en la vida de una persona.

Negación, Ira, Negociación, Depresión y Aceptación son los cinco estadios por los que la persona idealmente pasaría desde la aprehensión de la noticia “fatídica” hasta su asimilación para su interiorización y posterior convivencia con las secuelas y daños colaterales dejados. Entre el primero y el último pueden mediar años. Incluso tampoco tienen por qué darse los cinco, ni tampoco necesariamente en este orden.

Otro caso que se aparta de la evolución típica es el enquistamiento del individuo en una de las fases. Y este es el cuento que hoy os vengo a contar aquí. Un diagnóstico de infección por VIH responde perfectamente al perfil de “evento catastrófico” al que una persona puede enfrentarse a lo largo de su vida.

Un enquistamiento en la fase de negación es un patrón observado en muchos de los recién diagnosticados, en un intento a veces a la desesperada de autoprotección, de huida hacia delante: «Esto no me puede haber pasado a mí», «Yo no me lo merezco»,  «El diagnóstico es erróneo» o «A mí no me va a pasar nada de lo que me advierten» son algunas de esas consignas-refugio en los que el -ya podemos considerarlo como tal -paciente se resguarda para evitar enfrentarse con las inclemencias fisiológicas y psicológicas de su nuevo estatus.

En una de estas huidas hacia delante, yo fui uno de esos que se acogió al seno de los “negacionistas”… Más por conveniencia que por convicción. Que eso no podía ir conmigo, que yo no respondía al perfil de “grupo de riesgo” y que, cuidándome mínimamente, esquivaría los fatales designios que aguardaban a otros portadores de ese fatídico diagnóstico.

Da igual toda la información que tengas a tu alcance, de la labor de asesoramiento que tantas ONG, trabajadores sociales, asociaciones de pacientes sin ánimo de lucro y muchas más entidades que, después, descubrí, están ahí para apoyarte: El obcecamiento era tal que nada me apartaría del camino que yo me había propuesto. O mejor dicho, de la madriguera en la que me había resguardado y donde creería que, si dentro de ella no llovía, nunca me podría arrastrar la corriente.

Y así, durante un año, evité las consultas al médico especialista, convencido de que unos cuantos complementos herbales orientales y alguna cosa más, la enfermedad se mantendría fuera de la madriguera. Un año durante el cual mi estado de salud fue dañándose, de forma progresiva pero sin freno: candidiasis en la garganta, gingivitis, infecciones cutáneas “inexplicables”… Y así, un deterioro general que terminó con un ingreso hospitalario durante casi tres semanas por una neumonía típica en pacientes inmunodeprimidos por cáncer y sida que casi me lleva al otro barrio.

Si os veis en una tesitura similar, o conocéis a alguien que esté pasando por un proceso de enquistamiento de la negación del duelo similar, no lo dudéis: AYUDADLE y sacadle de esa madriguera. Puede que el trance os cueste encararos con vuestro amigo o familiar, y hasta una sucesión indefinida de reproches y desplantes, pero os aseguro que el agradecimiento será eterno.

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