El peligro está en los fluidos. Pero no en todos, sino en algunos. Hay fluidos y fluidos. Del «sangre, sudor y lágrimas», hay dos relativamente inocentes y uno relativamente culpable. Y hay otros.

Sangre, fluidos vaginales, leche materna y semen son los cuatro jinetes del apocalipsis. Yo sólo tengo dos de éstos.

Sudor, lágrimas, orina y saliva son relativamente inocentes.

Pero bueno, tampoco es tan fácil.

Tú tienes miedo de mis fluidos y yo me siento vulnerable. Digamos, yo me siento más vulnerable que tú. Tú tienes miedo de mis fluidos y yo tengo miedo de ti. O sea, cuando te acerques a mí no creas que eres tú el único que tiene miedo. Yo también tengo. ¿No fue siempre así?

En realidad, siempre tuve miedo de mis amantes. Al principio me enamoraba de todos. Tenía 20 años, era un iluso. Hay años en que me enamoré dieciocho veces. No exagero. Todo en el marco macroamoroso de mi marido. Mi marido es un marco a todo. Luego ya aprendí a enamorarme de otra forma. Me enamoraba un ratito, y luego ya dejaba ir.

Me encanta besar. Me enamoro de todo el mundo que besa bien. De todo el mundo que quiere un poquito de mi saliva seropositiva. Seropositiva, pero no tanto. La saliva tiene muy poquito VIH, y en la boca tenemos otras armas que lo inhiben al momento. Ojalá todo nuestro cuerpo fuera como una boca. Con poquito VIH y mucha saliva poderosa.

Tú también tienes virus y bacterias. Un beso es un intercambio de ecosistemas. Besar es como decir que está bien tener angustia, que no hace falta ser superhéroe las 24 horas del día. Besar es como gritar uno dentro del otro. Yo últimamente tengo muchas ganas de gritar.

A mí no se me pone dura mirando. No soy voyeur. Tampoco imaginando. Tengo buena imaginación, pero no tanto sexual. Igual el porno me la ha jodido. A mí se me pone dura a besos. Yo soy de piel a piel. De saliva. Todo lo que esté entre tu piel y la mía me parece una pequeña catástrofe. Bésame a muerte y se me pondrá una ereccion del copón. De esas que duelen. Lo mejor del sexo son los besos.

Odio los condones. Los condones son una capitulación ante el miedo a los fluidos. Yo odio los condones, y aun así los he usado siempre, porque yo también tuve y tengo miedo a los fluidos. Pero no me gustan. Será porque he estado en relaciones desde los 17 años. Ininterrumpidamente. Un novio de los 17 a los 21; mi marido de los 21 a los 31, y contando. Soy mucho más monógamo de lo que puedo sonar. Siempre he follado a pelo en mis relaciones de pareja. Por eso el condón es un invitado externo. Es un pequeño dictador al que siempre me he rendido cuando he follado fuera.

Nunca he follado a pelo con otros -¡me da pavor!-, y además tenía a mi marido, follar a pelo con otro sería obligar a mi marido a follar a pelo con otro. Esa cosa horrible que te dice el médico: ¡al follar a uno te follas a todos los que ése se ha follado!

¿Cosa horrible, o maravillosa? Según esa teoría, yo debo de haber compartido fluidos con toda la población mundial. Todxs hemos compartido fluidos con toda la población mundial. Todos somos una gran comunidad de intercambio de fluidos.

Nunca follé a pelo, pero el hijo de la gran puta del condón ha determinado la forma en que he follado. Perdón por lo de «hijo de de la gran puta», es muy machista. Pero no me gusta llamarlo «condón cabrón» (también es machista) o «condón gilipichis» (¿cómo coño lo llamo?). El condón, o me hizo pasivo o no hubo penetración. Puedo contar con los dedos de una mano las veces que follé a alguien (que no fuera mi pareja) con condón en mi vida. Y no por falta de ganas. Hubiera follado mucho más si no existiera el condón, o el VIH, o los fluidos peligrosos.

A mí me encanta ser pasivo, pero no es una cosa que hago espontáneamente. Requiere preparación. Y a mí me gusta lo espontáneo. A veces creo que me preparo demasiado y eso me deja vulnerable. Nadie te cuenta cómo prepararte bien para hacerte pasivo. Para hacerte pasivo empoderado. Para abrirte bien y aun así cuidarte. Porque el pasivo siempre está expuesto. Porque yo me infecté usando condón. Al que no le guste esta historia, le cuento otra, pero que sepa de antemano que será mentira.

Pasemos a otro fluido. La sangre. Me sacan sangre todo el tiempo. Yo no sé qué hacen con ella, pero daría para crear a otro yo. Otro Miguel seropositivo. Deben de tener un depósito enorme de sangre seropositiva de Miguel seropositivo en algún tanque seropositivo de la NASA. Para cuando se descubra que el VIH no sólo puede ser letal, sino que además nos hará invencibles en una apocalipsis zombi.

Yo soy seropositivo, y en teoría mi sangre es seropositiva. Pero soy indetectable, porque soy un niño bueno que se toma sus medicamentos religiosamente (¡jamás me salté una dosis!). También fui un niño bueno que siempre usó condón -o lo exigió- y me infecté. Ah, pero es que «el condón no es seguro 100%».

Pues es una putada ser ese poquito por ciento de ineficacia. Otra vez con la «putada». Machista.

Yo soy indetectable y eso significa que los tests ya no detectan el VIH en mi sangre. A este punto ya empiezo a creer que la medicina debería ser considerada parte de las humanidades. Porque todo comienza a ser oscuro. Entonces: soy seropositivo pero no me encuentran el VIH.

¿Cómo es eso posible? Miren estas pruebas de aquí abajo:

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Son mías.

En el test de octubre, la carga viral de mi sangre era menos 20. En la de febrero, nada. Una persona seropositiva indetectable es aquella que tiene menos de veinte copias del VIH por cada mililitro de sangre. O sea, era indetectable en ambos momentos. En escala virus, menos de 20 es poquito, poquito. Tan poquito que ni los tests los pueden contar.

Tan poquito que, aunque haya virus, éste parece no tener la posibilidad de transmitirse. A día de hoy, no hay ningún caso registrado de seropositivx indetectable que haya transmitido el virus. Parece que no podemos. Tenemos un virus de mierda. Por eso los seropositivos nos ponemos tan contentos cuando nos dicen que nos volvimos indetectables. Es como si hubiéramos entrado en un club privilegiado.

¿Y qué hacemos con ese privilegio cuando sabemos que hay otrxs que tienen serias dificultades para acceder a él? Pues lxs hay a lxs que les importa un carajo (si yo soy privilegiadx, a lxs otrxs que les den). Y lxs hay un poco más empáticxs. A mí me gusta pensar que soy empáticx, pero también me hace feliz ser privilegiado.

Hacerte indetectable significa que todo tu cuerpo se convirtió en una boca. Que eres saliva. Que el VIH no puede vivir en tu sangre. Y si los tests no lo pueden contar el poquito virus que haya o no en mi sangre cuando me hice indetectable, ¿cómo es que un resultado me dio menos 20 y el otro nada?

El médico me dice que aunque no los puede contar, el menos veinte significa que el test oyó un eco.

Tal como lo cuento, un eco. En octubre había en mi sangre un eco de VIH, en febrero nada de nada, se fue el eco. El médico dice que esto importa muy poco, que igual el test escuchó cualquier ruido, cualquier interferencia, pero que no significa nada. Que en realidad no detectó nada, y que si lo hubiera detectado estaría en menos de 20, y menos de 20 es indetectable. Pero a mí me gusta la idea de que en mi sangre hubiera un eco. Un eco que ahora he perdido. Igual vuelve en el siguiente test, quién sabe. Estos tests son muy sensibles, escuchan voces.

A mí me gustaría poder escuchar mi sangre por un segundo. Como Suzanne Vega en Blood makes noise:

But blood makes noise

It’s a ringing in my ear

Blood makes noise

And I can’t really hear you

In the thickening of fear

El virus no es uno, sino muchos. No tengo «el VIH», tengo muchos VIH. Bueno, tengo poquitos. En mi sangre nada, según el test, ni un eco. No sé porque lo llamamos en singular al VIH. Mi virus, sus copias, viven en mí, soy su casa. El VIH se parece mucho al hombre: destruye la casa que lo cobija. Deberíamos tener más empatía por el VIH. Al fin y al cabo es un virus muy humano. Su nombre ya lo dice. Virus de inmunodeficiencia humana.

Es un virus desesperado, suicida.

Crece, crece, crece, cada vez quiere más, pero va agotando los recursos que le dan cobijo, hasta que los derrumba. Como los tugures de Ponte. Mis amigos académicos marxistas me dicen que eso se llama capitalismo. El VIH es un virus capitalista. Es insaciable. Intuyo entonces que los antirretrovitales son la revolución. Una revolución de farmacia.

El miedo es mío, aunque parezca todo lo contrario. Pensaba que al salir del armario del VIH la gente me rechazaría y me miraría con miedo (in the thickening of fear). Que yo podría ver mi VIH (o mi eco de VIH) en sus miradas. No pasó. Cuando se lo conté a mis amantes, casi tuve que poner un dique en la puerta de mi casa porque se pusieron todos calientes de golpe y me insistían en follar más que nunca.

Acabo de recibir un mensaje de texto: «Fuck, I’m drunk and horny».

Éste nunca llegó a ser amante, y se cree que yo proveo sexo por delivery. No va conmigo. Pero es amigo. No creo que sea el VIH lo que atrae a mis amantes. Creo que les ponía cachondos mi chulería. De tener la cara tan dura como para ser seropositivo y encima decirlo. O creo que me querían decir otras cosas. La cuestión es que se pusieron todos calientes de golpe, y ahí siguen.

No me gustan los lefazos. Me gusta correrme encima de alguien y que se me corran encima, pero yo no soy de tragar. Hubo un tiempo en que me gustaba un buen lefazo en la cara, en la mía y en la del otro. Ahora me volví escrupuloso con eso. Por el miedo a que el VIH toque las membranas. Aunque sólo quede en mí un eco de VIH. O nada.

Antes pensaba que tendría que dejar de escribir este blog, o no iba a volver a follar. No iba a ser un cuerpo atractivo, sino un bloguero activista. Y nadie quiere follarse a un bloguero activista. Al menos yo no quiero. Y tengo a mi marido, que por suerte no lee este blog. Él dice que ya sabe todo lo que escribo aquí, porque como no dejo de hablar, no habrá nada aquí que no le haya dicho yo ya a él. Se equivoca, pero bueno, mejor que no lo lea. No tiene ni pizca de miedo de mis fluidos, tanto que a mí me da miedo que él no tenga miedo. A veces me enfado por su incapacidad para sentir miedo.

A mí me gusta escribir claro. Para oscuridad, la que llevamos dentro. Dentro todo es oscuro, y hay un eco.

En realidad, sigo repartiendo lefazos. Pero el VIH es un virus machista. Jode a las mujeres y jode a los gays pasivos. Estamos más expuestos. Es un virus asquerosamente machista, que expone menos a los hombres heteros y a los gays activos. A los machos. No los protege del todo, claro. Pero son menos vulnerables. Es un virus de mierda. Mujeres y pasivos nos abrimos en canal, estamos expuestos. Los machos se creen que tienen sus pollas bien herméticas y por ahí no hay virus que pase. No es cierto, pero eso creen. Retiro lo de «hijo de la gran puta» de antes. «Hijo del gran machista» es mucho más apropiado.

El sudor me encanta. Follar en verano. El sudor no tiene VIH. Me encanta un amante que sude. Mi vecino suda. Tiene un pecho como un armario empotrado de grande que no deja de sudar. Aunque la habitación esté congelada, él suda, y las gotas me caen sobre la cara y sobre todo el cuerpo. Me pide perdón todo el tiempo, pero a mí me encanta que sude. Es actor y monitor de gimnasio. Como casi todos mis vecinos de Harlem. A todos los llamo vecinos, aunque vivan a 20 manzanas. Si es de Harlem, es vecino. Éste toma PrEP. Y suda como los dioses.

Mi marido también suda. Él dice que es muy sudaca. Me encanta cambiar las sábanas después de follar. Si las sábanas están secas y limpias después de follar, probablemente haya sido un polvo de mierda.

Yo sudo poco, por desgracia. Menos cuando corro por el Malecón, que vuelvo así:

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Ése es el espejo que llevaba por toda mi casa de La Habana, donde me hacía fotos compulsivamente. Salgo bien en la foto, por eso la he puesto. Pero tampoco me engaño. Tengo cara de estar jodido ahí. Estaba jodido.

Otro fluido: lágrimas. He derramado muy pocas. Yo no sé cómo se llora, la verdad. Las lágrimas no tienen VIH. Creo que la última vez que lloré, aún no había hecho la primera comunión. Mentira: lloré hace un año, en Cuba. No llorar es una putada, porque te queda todo en el pecho. Pero esa vez lloré. Iba a salir, me arreglé todo, me puse mi mejor ropa, iba a casa del embajador. En La Habana. Salí de mi casita del Vedado, de noche, y en la oscuridad tropecé con uno de los mil baches que hay en las aceras despedazadas. Me caí bien fuerte. Me rompí los pantalones, y estaba sangrando por las manos y las rodillas. Me dolió muchísimo. Volví a casa y lloré. Por fin. Tuve que caerme, romperme mis mejores pantalones y sangrar por todas partes para romper a llorar. Fue la primera vez que lloré. No he vuelto a hacerlo.

Hay gente que le pone nombre a su virus, como si fuera una mascota. Y gente que dice que vive con él. El VIH es un virus muy doméstico. Yo no le puedo poner nombre, ni vivo con él. Mi VIH vive en los tests, yo nunca lo he visto, siempre tuve las defensas altas, nunca tuve un efecto secundario. Mi VIH vive en los tests de VIH. Ahí es donde sólo lo he visto. A veces es sólo un eco. ¿Qué es estar enfermo, además de pagar facturas de médico? En vez de decir «soy seropositivo», voy a decir «soy un eco de seropositivo». O vivo con un eco de VIH. Pero entonces la gente me mirará raro. Creerán que oigo voces.

El miedo y el placer se parecen demasiado. Se puede gemir de llanto o se puede gemir de gusto. Yo a veces gimo que no sé pa qué lado. Escribo esto en medio de una conferencia en Harvard. A mí las conferencias me ponen a mil, con toda esa testosterona por milímetro cúbico. Las conferencias y volar. Es montarme en un avión y ponerme erecto. Será algo de la presión. Me dura un buen rato tras el aterrizaje, hasta que tengo que ir tapándome por el aeropuerto. Qué pena que no me ocurra al revés. Me gustaría pasar por los controles de seguridad erecto.

La mayoría va a las conferencias a poner sus testículos sobre la mesa. Imagino que yo también. A mí hay testículos que me dan ganas de cortarlos de cuajo y otros que me dan ganas de metérmelos en la boca. Harvard es para puritanos. Parece un convento. Mi marido también es de Massachusetts. Creció en una calle que se llama Puritan Road, lo cual es una gran ironía. Porque él es más bien tirando a muy golfo. Entre rato y rato de esta conferencia, escribo la historia de mis fluidos. Veo fluidos por todas partes. Creo que Paul Preciado dijo algo de esto también en algún lugar. En un video de youtube. Creo que dijo que vivíamos en semen fluyendo por todas partes. Yo veo fluidos: semen, sangre, lágrimas, orina, sudor. Y muchos ecos.

But blood makes noise

It’s a ringing in my ear

Blood makes noise

And I can’t really hear you

In the thickening of fear

La conferencia me pone tan cachondo que tuve que masturbarme la primera noche. Vine con mi amigo Marcelo, como un hermano. Compartimos habitación. Él se quedó retocando su ponencia la última noche, hasta las dos de la mañana. Yo estaba tan cachondo que tuve que masturbarme ahí mismo, detrás de él. En la cama. Fue una emergencia.

Él se removía en la silla porque no le salían las frases, y yo me removía en la cama.

Porque me pesaban los huevos de tanta tensión. Me estoy imaginando la cara de Marcelo cuando lea esto. También me masturbé por un poquito de miedo. La masturbación es una apuesta segura. No intercambias fluidos con nadie, así se queda todo en «lo seguro». Intercambiar fluidos dicen que es peligroso. Quieren que follemos asépticamente, que cambiemos la cama por el quirófano. A veces, lo del VIH es muy ajeno a mí. Es como si le estuviera pasando a otro. Una vez, me hice una herida en el dedo, e intuitivamente me chupé la sangre. Luego vino un segundo de conmoción:

¡Coño, no te chupes la sangre, que te vas a infectar de VIH!

Pero espera, si el seropositivo soy yo.

No sé si hay un eco de VIH en mi semen. Nunca nos hacen pruebas de semen. Pero dicen que el semen tiene menos concentración de VIH que la sangre. Digo «dicen» porque esto del VIH va de fiarte de lo que dicen otrxs, lxs médicxs. Te hacen el test de la sangre, que es la madre de todos los demonios, y luego los demás fluidos son menos peligrosos. Mi semen es inofensivo, un gatito. Pues si me queda un eco de VIH en la sangre, o nada, ¿cuánto VIH hay en mi semen? A ver, yo no sé de matemáticas, pero si lo tuviera que representarlo en una fórmula diría que la cantidad de VIH en mi semen es de «un eco menos uno». O igual así: E-1. O desde febrero que di «nada» en el test, sería «nada menos 1». N-1.

¿Entonces por qué sigo siendo seropositivo?

Dicen que el VIH se queda en unos santuarios del cuerpo. Cuando uno deja de tomar antirretrovitales entonces vuelven. Normal que a mucha gente esto le ponga la mosca detrás de la oreja. O sea: yo me tomo tus pastillitas, y el VIH no vuelve. Yo las dejo de tomar, y el VIH vuelve. Suena a chantaje. Pero yo soy más bien cobarde para lo médico y lo farmacéutico, así que me tomo mis pastillitas religiosamente -¡nunca me salté una!-. Son como hostias.

Me gusta la imagen del santuario. Es como si mi cuerpo fuese un mundo entero y el virus peregrinase por él, buscando un refugio de las hordas rojas, la revolución antirretroviral.

But blood makes noise

It’s a ringing in my ear

Blood makes noise

And I can’t really hear you

In the thickening of fear

Yo un día quiero ser padre. Mi marido será un padre excepcional. Vamos a adoptar. Soñamos con adoptar desde el principio de nuestra relación, hace una década. Sueño con adoptar desde siempre, desde el principio de los tiempos. «Usted no es apto para ser padre porque usted contó en un blog la historia de sus fluidos, y otras mil cosas más». Así me imagino a la señora o al señor del servicio de adopción, diciéndome. Espero que no. O quizás nunca me lo digan, pero puede ser la razón detrás de negarme la adopción. Espero que tampoco.  Mi marido y yo: maricones, de diferentes razas, lenguas, culturas, serodiscordantes, y con un blog. Somos una familia. En Ética promiscuaDossie y Janet ya advierten de los peligros de hablar con sinceridad de amor y sexo (y serología). Entre ellos, la posibilidad real del chantaje a lo hora de ser padres.

No soy ningún pervertido, señor o señora del servio de adopción. Llevo una década con mi marido. ¿Cuántas parejas conocen que con 30 años lleven una década juntos? ¿Cuántas que hayan sobrevivido una relación a distancia -transatlántica- cinco años y medio? Desde aquí le hablo, desde el pasado, pensando que un día alguien pueda usar este blog en mi contra. Desde años antes de que me sentara delante de usted para que usted comprobará si soy apto o no para ser padre. Que no soy un pervertido en el sentido en que usted lo está pensando, ni tengo vida disoluta. Soy marido y amo a los que me aman, y hasta a algunxs que no me aman. Que nunca en mi vida dudé que quería ser padre. Y que justo en ese caso no me importaron los fluidos.

A mi marido casi nunca le he visto el VIH. O sea, mi VIH. Él está cuatro escalones por encima de los miedos humanos. Sólo una vez hace muchos meses, cuando me corrí cerca de un arañazo suyo, sin que nos diéramos cuenta. Ahí sí le vi un poquito el miedo. En realidad, el arañazo se había cerrado hacía tiempo. Pero el miedo es un animal salvaje. Hubo un momento en que su miedo quedó desnudó por una micronésima de segundo, y yo respiré aliviado de que mi marido también es humano, y a veces hasta tiene miedo. No controla al animal. Aunque sea una micronésima de segundo.

Luego vinieron sus tests, y seguía negativo, y todos tan panchos.

No me importa que mi hijx no esté hecho de mis fluidos, ahora seropositivos. Yo siempre quise adoptar. También cuando era pre-seropositivo. Y que no me asusta que ahora esté usted delante de mí escudriñando y juzgando si soy apto o no. O sea, sí me asusta, porque no hay nada que quiera más que ser padre. ¡Y voy a ser un buen padre! Pero no es la primera vez que me encuentro en éstas. Llevo toda la vida ante jurados populares.

Cuando salí del armario como hombre gay, pasé por decenas o centenas de personas que tenían que decidir si me aceptaban tal cual o no, si era apto. Esto cada día, hasta hoy. En mi profesión académica, paso jurados de ese tipo a todas horas. Cuando me casé, una vez que acabaron con DOMA, tuve que solicitar mi Green Card y sentarme con mi marido delante de un señor que tenía que decidir si nosotros éramos pareja o no (llevábamos, por aquel entonces, siete años juntos), si yo era apto para la tarjeta verde. Píldoras azules y tarjeta verde. Marcelo sugiere «una poética cromática del control biopolítico». Como las pastillas rosas anticonceptivas. Cuando salí del armario del VIH, tuve y tengo que esperar de nuevo que todas y cada una de las personas que conozco en el mundo me acepten como tal.

Toda la vida en el banquillo.

Con lo del VIH, hace ya casi un año que lo dije, y aún hay amigxs que no se han pronunciado, por cierto. No me han escrito dos letras en todo este tiempo. Son pocxs, la gran mayoría ha estado a mi lado en plan guerrero. Pero algunxs llevan casi un año sin pronunciarse. Y esos pocxs hacen mucho ruído en mi pecho. Mi VIH es apenas un eco, y ellos hacen mucho ruído.

But blood makes noise

It’s a ringing in my ear

Blood makes noise

And I can’t really hear you

In the thickening of fear

He escrito este texto completo en mi móvil, mientras espero el tren. Como un chorro. Escribo esto mientras cruzo en tren el estado de Massachusetts. Voy de Brandeis a Havard. Todo muy puritano. Yo escribo contra el puritanismo. Escribo porque lxs seropositivxs queremos tener sexo. O sea, no es un ruego o súplica, es que podemos, ¿sabes? Y coño, queremos. Somos humanxs y nadie está en peligro. Yo muchas veces pienso que quisiera vivir una vida entera con cada uno de mis amantes. No serian muchas vidas, de todas formas. Por eso quiero tener sexo, porque follar es como vivir condensada una vida entera con esa persona. Quiero que flipen con mi cuerpo, que me miren a los ojos, me besen, me den caña. Está bien si me tienen un poquito de miedo; yo también se lo tengo a ellos. Y total, tampoco follamos tanto.

Marcelo es como mi hermano. Todo el mundo debiera tener un hermano carioca. El primer amigo que supo lo del VIH. Se me ha olvidado la pasta de dientes y le pido un poco. La cojo con los deditos bien limpios, por no tocarla con mi cepillo, como si fuera un cirujano. No tiene sentido, porque mi cepillo tendría que tener sangre (improbable), fresca (muuuuuuuy improbable), con virus detectable (no es el caso). Aún así, la cojo con los deditos. Me estoy convirtiendo en un cirujano. Lo hago todo con deditos.  Hago todo con la delicadeza de un cirujano. Llevo tiritas a todas partes. Por si acaso me hago un arañazo. No puedo ir sangrando por la vida.

Una vez se rompió una botella de aceite en casa y los cristales llegaron a todas partes. Los barrí bien, pero parece que uno se quedó en un zapato mío que había por ahí. El día siguiente me puse ese zapato y salí corriendo a trabajar. Voy en tren a la universidad. En el tren ya me di cuenta que la incomodidad que llevaba en el pie era algo más que una piedrecita. Notaba el dedo caliente, líquido. Me había cortado y me estaba desangrando por el pie. Mi calcetín preferido con un agujero. Lo primero que pensé fue que iba a infectar de VIH al zapato.

Antes de volver al hotel ahora voy a pasar por CVS y comprarme una pasta de dientes propia.

Mentira, no he escrito este texto como un chorro. O sea, sí. Pero luego lo he corregido en casa. Lo he corregido un millón de veces. Y he borrado algunos párrafos. Por miedo. Escribir este blog es atacar y defenderme al mismo tiempo.

No sé, quedaba romántico decir que he escrito este texto como un chorro mientras esperaba el tren.

 

 

Me encantaría saber qué piensas. En los comentarios abajo, en Facebook, o en amorsexoserologia@gmail.com

Éste es un post de ASS- (Amor, Sexo y Serología), escrito por Miguel Caballero para Imagina Más.