– Ponte de espaldas, agáchate.

– ¿Así?

– Sí. Bájate los pantalones y la ropa interior.

-…

– Avísame si te duele.

– Ok.

– Lo voy a meter con mucho cuidado, bien lubricado, pero a algunos le duele.

– Ok.

– Ahí va.

 

Era un cuarto de esos tristes, con lavabo.

No me dolió.

Él tendrá unos 40 años, atlético, pantalones de pitillo. Tiene el culo tan alto y tan prominente que le sube el pantalón y le deja ver buena parte de los calcetines. ¿A quién se le ocurre ser médico infectólogo especialista en VIH y ponerte unos calcetines azules con un mosaico de cruces rojas? Tanto símbolo positivo me parecía un delirio en esa habitación aséptica a las 8 de la mañana.

No me dolió, fue nada.

Cada cierto tiempo revisan y toman muestras de mi ano, por dentro y por fuera. Y de mi pene. Estamos en riesgo de todo, dicen, y hay que llevar un control. La primera vez que me hice ese tipo de pruebas aún era seronegativo y vivía en Holanda. Me pilló de improviso.

Tenía 26 años. No iba preparado. Pensaba que sólo iban a hacerme la prueba del VIH, pero, tras una breve entrevista, la enfermera me pidió que me tumbara en la camilla en posición fetal. La revisión anal parece estar determinada culturalmente: a los sanitarios holandeses les gusta más la posición fetal; a los estadounidenses, a cuatro patas.

Estaba muerto de la vergüenza en aquella camilla holandesa, porque si lo hubiera sabido me hubiera puesto unos slips más sexy. La enfermera me observaba el ano mientras hablaba inglés a trompicones. Estaba fascinada con que yo fuera español (no tanto con mi ano, que le parecía bastante normal). Mientras me abría y cerraba y tomaba muestras, me contaba que llevaba tiempo buscando un profesor de español.

“Yo soy profesor de español”

“How wonderful!”, me dijo. En posición fetal. En esos momentos, yo daba clases en la Universidad de Leiden.  “¿Te importa si me dejas tu número de teléfono? Igual podrías ser mi profesor particular” La señora registrándome en las entrañas, mientras preguntaba. “¡Claro, cómo no! Tengo mucha experiencia enseñando español a holandeses”.

Nunca me llamó, y yo bien que lo agradecí. No sé, me sentiría raro impartiendo clases a alguien que ha estado hurgándome el ano.

Bah… no sería la primera vez.

Cuando me incorporé de la camilla, confesó: “te tenemos que hacer estas pruebas porque estas en dos grupos de riesgo”. Uy, en dos. ¿En cuáles? “Tienes sexo con otros hombres, y eres hispano”. Las sutilezas del racismo norteeuropeo. Una vez me dijeron que yo no era blanco, que era mediterráneo. En Holanda, hispano significa algo entre Argentina y Aruba; mediterráneo significa marroquí. España es como un Frankenstein con cerveza barata y sol que surge de ambos. Marica, hispano y a veces practicante del “receptive anal sex”. Una bomba de relojería.

Mis relaciones con los médicos han sido muy difíciles en los últimos dos años. Con la medicina en general, no la entiendo. Añádele un sistema de salud privado y carísimo como el estadounidense, que tuve que aprender a navegar de la noche a la mañana.

He tenido siete médicos desde mi diagnóstico hace ahora dieciséis meses. Cada vez que volvía a mi clínica, el anterior se había ido. Cada vez que he vuelto he tenido que contar mi historia desde cero a un nuevo médico.

El de los calcetines con cruces rojas era de los sensibles. El único sensible, de hecho. Hablaba de mi ano como quien recita un haiku: “es una piel delicada, ten cuidado de no irritarla mucho al lavarte, de evitar tener sexo insertivo muy duro que pueda producir pequeñas roturas”.

O en haiku:

Con gotas de rocío,

purifica y calma

tus pétalos traseros

O éste:

Si te han de clavar la daga,

al menos

que sea con cuidado

El médico no estaba diciendo nada de esto, pero así me sonaba a mí, por la forma de hablar del susodicho. Suave, suave. Fue una excepción. Los demás no se andan con tanta delicadeza.

Generalmente, a los médicos les importa bastante poco lo que yo sienta. A veces tengo la sensación de que voy al taller en vez de a la consulta. Que me van a cambiar el aceite o a reparar los frenos. Que me van a subir en uno de esos elevadores de coches, y un tío grasiento y musculado de mono azul se me va a meter a trastear por debajo.

Pero nunca pasa, porque todos mis médicos tienen el mismo sex-appeal que una patata. Menos el que dije antes. Tenía un culazo que pensé que el que debería estar a cuatro patas era él, no yo. Sólo lo vi una vez.

Y menos Michelle.

A Michelle la vi dos veces. Cuando a uno lo diagnostican de VIH, al principio tiene que ir seguido al médico, a confirmar pruebas, a discutir tratamiento, etc. Luego, ya cada 3-4 meses, a hacerte analíticas para comprobar que todo va bien. Yo tuve que ir alguna vez más. Amantes que habían dado positivo en gonorrea y sífilis me avisaron para que me hiciera el test. Negativo de ambas. Yo no soy de premios de consolación, queridos. Si me va a tocar una ETS, me toca el gordo, no gonorreíllas de tres al cuarto.

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Mi torso, mis cicatrices

Uno de los peores momentos de mi vida seropositiva fue el día que volví a la clínica y me informaron de que Michelle ya no trabajaba allí. Michelle era rubia, ojos azules, judía-americana, joven, no creo que tuviera más de 35-37 años. Me recibía con 2 minutos de bombardeo de piropos, que no me venían mal en esa época porque fue al principio de todo, acabado de diagnosticar. “¿Pero por qué no eres modelo?” “¡Qué bien te quedan esas gafas!” “¡Qué estilo tienes, se nota que eres europeo!”

Era una exagerada, pero yo me reía escuchándola, y me sentía halagado, falta que me hacía. Porque cada vez que iba al médico me tenían que tomar la tensión dos veces. La primera siempre salían valores por las nubes. Los nervios. Pero luego pasaba con ella y me hacía reír los 10 minutos que estábamos juntos. Los mismos 10 minutos que paso con otros médicos. Michelle y sus piropos. Michelle no era de haikus, era mucho más directa. Digamos que si con la medicina no le va bien, siempre podrá reinventarse como albañil calentorro.

Para explicarme por qué mi tensión se ponía por las nubes, Michelle hacía unas flexiones contra la puerta que tendrían que revelarme con total claridad el funcionamiento de mi presión arterial y sus distintos valores. Yo no entendía lo más mínimo, pero le decía que sí, que por supuesto.

Con ella hablé de sexo. Con la única hasta hoy con la que he podido intercambiar dos palabras sobre intimidad. La única de mis médicos de salud sexual que se ha interesado lo más mínimo por la segunda parte de la ecuación: el sexo.

“Michelle, quiero viagra”

“El miedo me puede y mi polla ha dejado de funcionar. No puedo tener sexo con mi marido. Pensar en un condón me produce ansiedad, no la puedo mantener dura ni un minuto”

“¿Y para qué quieres un condón?”, me dijo ella. “Tu marido toma PrEP, ¿no?”

“Sí”

“Pues podéis tener sexo sin condón, las probabilidades de transmisión en vuestro caso son remotas”

En ese momento, yo sentía el cielo abriéndose sobre mí (y mi polla, sorprendentemente, volviendo a funcionar). En realidad, ya sabía esa información; incluso aunque mi marido no tomara PrEP, siendo yo indetectable, las posibilidades de transmisión son remotas. Pero necesitaba verbalizarlo, escucharlo de un médico, no de un artículo de internet que habla en general, sino de un profesional que me habla a mí.

La ilusión duró poco.

“Total, si algo sale mal, él sólo tendrá que cambiar de pastilla. De PrEP a un tratamiento antirretroviral completo”

Eso fue lo que me soltó. Michelle, mi mejor médica en estos 16 meses. Que en el peor de los casos, mi marido cambiase la PrEP por Stribild, que es lo que yo tomo. Antirretrovirales. Michelle, mi mejor médica. Trago saliva.

Con los demás médicos que me han atendido, nunca me he atrevido a hablar lo mínimo de sexo, de intimidad, de emociones. Conocen el virus y creen que conocen la seropositividad, pero se equivocan. No entienden nada.

Michelle me duró dos consultas, se fue, dejó el hospital. Yo me había vestido todo guapo para mi siguiente encuentro con ella, y allí mismo me enteré de que ya no estaba. Me sentí como un amante abandonado de esos que esperan con el ramo de rosa y el sombrero bajo la lluvia a un amor que no llega. Fue un golpe.

Dicen que tras el diagnóstico, uno pasa un período de duelo; yo pasé el duelo al perder a la única médica con la que pensé que podría conversar. A pesar de lo bruta, y de su forma de banalizar el virus. En esas circunstancias, uno lo perdona todo. Yo sólo quería hablar dos minutos.  

La sustituyó un médico indonesio que tenía cinco anillos por dedo. De esos que escribe recetas, y ya.

Los médicos nos cuentan que las células de un seropositivo envejecen 4.9 años, esté en tratamiento o no. Ése es el total, no es proporcional. Puedes llevar 30 o 2 años con VIH, tus células envejecen 4.9 años. Yo tengo 31 años, pero según esta teoría mis células tienen casi 36. Los médicos dicen que vivimos en completa anacronía con nuestros cuerpos. La parte positiva de todo esto es que siempre podré decir que tengo un espíritu joven: cuando mi cuerpo tenga 40 años, mi espíritu estará aún en los 35.

De momento no he notado nada, pero con esto del envejecimiento prematuro de las células estoy imaginándome por dentro y me veo como el acelerador de partículas del CERN:

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Soy un montón de partículas aceleradas, de células que van más rápido que yo, un espíritu joven.

Roberto se sometió a una cirugía ambulatoria, y tras la operación, al pasarlo a la habitación para que se recuperara en compañía de los suyos, dejaron su historial médico visible en la mesita de noche. Allí debía estar todo el tiempo, visible para cualquier personal sanitario que lo atendiera. Desde lejos se podía ver en rojo “VIH+”. Su letra escarlata. En rojo, resaltando de todo el historial.

Él ya lo sabía hace años, claro, se medicaba, estaba indetectable. La letra escarlata era para que todos los sanitarios que trataran con él lo supieran, y se protegieran.

Mi amigo se quejó: “oiga, mi familia va a venir a visitarme, y no saben que tengo VIH. Eso no puede estar ahí, así de visible.”

La enfermera le contó que aunque en teoría todo el personal debía seguir los protocolos de protección para cualquier paciente, “la gente es muy despistada, y se los salta.”

O sea, como no hacen su trabajo profesionalmente, tú tienes que renunciar a tu intimidad.

“¿Y a qué estás esperando para contárselo a tu familia?”, le dice la enfermera.

Tu médico, tu amigo, tu vecino, tu follamigo cree que tiene derecho sobre tu historial médico.

“No lo he contado, no por nada, porque yo no tengo ningún problema con mi estatus serológico. Pero es que mis padres tienen 70 años. No lo entenderían y sería un sufrimiento gratuito para ellos”, me cuenta Roberto.

Que se jodan, te dicen implícitamente los médicos. Tú ya no decides.

Cuando eres seropositivo te tratan como si hubieras perdido toda responsabilidad. Hay que protegerse de ti, hay que elegir por ti, hay que despojarte de tu intimidad. Tu intimidad es un culo abierto que pasean por la ciudad para que todos memoricen cuál es, y lo eviten.

En el historial médico que maneja mi dentista también tengo mi letra escarlata. Más chiquita y menos escarlata que la de mi amigo, porque los médicos en Estados Unidos son más discretos, no porque estén más preocupados por mi intimidad, sino porque tienen miedo a las denuncias.

Yo de siempre he tenido encías sensibles, y no por genética, sino por historia.

Fui a hacerme una limpieza bucal, y la higienista me saludó con mucha simpatía. Luego se sentó a leer mi historial médico, y todo cambió. Fue como si un velo de cemento le cayera instantáneamente sobre la cara. Como yo ya estoy prevenido ante estas reacciones, intenté mostrarme especialmente simpático y relajado, para que ella también se relajara. No funcionó.

Me hizo la limpieza bucal como quien descuartiza a un cerdo.

Y mis dientes estaban limpios. Como sé que tengo ese problema de encías, el año pasado me hice tres limpiezas. La última a finales de año. Ésta era la siguiente, ni cinco meses después. Me paso el hilo dental a diario, uso enjuague y tengo un cepillo de dientes eléctrico supersónico, que cuando lo enciendo parece que va a despegar. En breve: no me puedo cuidar mejor los dientes.

La higienista acabó, no había dicho una palabra desde el saludo cordial y sonriente del principio, y se dio la vuelta:

“Tus encías están muy sensibles. Es por tu medicación”

El mismo tono de voz del que te lee una sentencia de cadena perpetua.

Algo hizo click en mi cabeza en ese momento. Entendí muchas cosas que iban a empezar a ocurrir a partir de ahora.

Mis encías han sido muy sensibles desde siempre. Por historia. La primera vez que me hice una limpieza bucal en mi vida tenía casi 20 años. La siguiente, con casi 26 años. A partir de ahí, me he hecho limpiezas con mucha regularidad, varias al año.

No, no es que antes fuera un guarro. Es que era pobre.

En España, el cuidado bucal no está cubierto por la seguridad social. Y cuando cuentas los euros para comer hasta final de mes, no puedes pensar en el dentista. Simplemente no puedes, no existe.

Lo que la higienista no sabe es que para mí ir al dentista hoy es un capricho de nuevo rico. Ahora puedo ir, y hasta hacerme tres limpiezas anuales. Pero años de no poder ir al dentista me dejaron unas encías débiles. Era seronegativo, y el dentista me decía lo mismo: «Tus encías están muy sensibles»

Ahora me dicen que es por la medicación.

Esa explicación de mi vida es demasiado compleja para un profesional de la salud que trata a un paciente con VIH. Cuando tienes VIH, siempre hay una respuesta fácil a todas las preguntas: es por el VIH.

Y por supuesto que los antirretrovirales y el virus no me lo ponen más fácil. Pero no lo explican todo.

La trabajadora social que me dio la noticia de mi diagnóstico era portorriqueña. Fue en Harlem. La Negrón. Yo estaba tan tranquilo en la sala de espera, revisando mis notas porque en unos días defendía mi propuesta de tesis de doctorado, y de repente vi una pequeña discusión entre enfermeras y trabajadoras sociales en el pasillo. Me llamaron y las seguí, y ellas seguían discutiendo, y yo mirando mis notas por el pasillo mientras las seguía, y ellas discutían, hasta que una me metió en un cuarto. La Negrón. “Disculpa a mis compañeras, no tienen modales, esto no debería hacerse así”

¿Esto?

Yo iba convencido de que me darían, como tantas otras veces, como tantos otros años, mi resultado negativo.

“Tu test salió reactivo”

«¿Reactivo? ¿Qué quiere decir?»

Como nuestras células se aceleran, tenemos un 19% más de probabilidades de morir.

Hala, trágate esa, sin lubricante ni nada. Nos acostumbran a pensar en nuestra muerte desde ya.

¿Cómo cojones miden eso? Y sobre todo, ¿por qué no redondean? 4.9 años, 19%…

Que digan 5 años y 20%.

Esto es como las rebajas, te dicen que la camiseta te cuesta 9.99 porque así suena más barato que 10 pavos, aunque nadie ni por un momento se haya planteado devolverte el céntimo.

Tengo un 19% más de probabilidades de muerte, dicen. Con lo mal que me vendría a mí morirme ahora mismo. Y agárrense, porque los números no han hecho nada más que empezar, yo cada día desayuno con una estadística nueva.

  • Estando en tratamiento, tengo como mínimo un 96% menos de probabilidad de transmitir el virus.
  • Si no me medico, puedo pasar a etapa sida en tan pronto como 5 años.
  • Entre el 20 y el 30% de los seropositivos estadounidenses viven con Hepatitis C.
  • Si te gusta el fisting, compartir dildo o las orgías, el riesgo de contraer Hepatitis C es un 51, 46 y 52% mayor, respectivamente.
  • Si tienes VIH y pre-hipertensión, el riesgo de sufrir un ataque al corazón aumenta un 70%.
  • Ésta me gusta mucho: de un millón de parejas serodiscordantes que tienen sexo sin condón, estando el seropositivo en tratamiento y siendo indetectable desde hace al menos seis meses, el máximo número de transmisiones de VIH que podría ocurrir sería entre 0.0087 y 0.013%, y de hecho lo más probable es que no ocurriera ninguna.
  • Si cumplías 50 años y eras seropositivo entre 1996 y 1999, te daban 11.8 años de vida más. Si cumplías esa edad entre 2006 y 2014, 22.8 años más. Ahora nos dan 30.2 años más, tras los 50. (Si siguen así, cuando me toque a mí cumplir 50, me van a dar otros 50 más. O 70).

¿Cuál será la probabilidad de morir de espanto al recibir una nueva estadística? Cada vez mayor.

¿Cuál será la probabilidad de que me pase todas estas probabilidades por el arco del triunfo? Muy alta.

No se fíen de ellas de todas formas, porque las he leído y re-escrito como me ha dado la gana. Con la misma actitud que un médico te mira si le dices que ser seropositivo va mucho más allá de sortear estadísticas.

“No te preocupes, cariño, que todo va a estar bien. El que sale por esa puerta es el mismo que entró. Miguel es el mismo antes que ahora. Te lo digo yo, la Negrón.” Otros amigos no tuvieron tanta suerte cuando le dieron el diagnóstico.

Cuando Raymond fue a hacerse las pruebas de VIH en la clínica universitaria, la enfermera que lo atendió perdió completamente los papeles. Una clínica universitaria y una enfermera que no sabe reaccionar ante un diagnóstico seropositivo. Comenzó a hacer aspavientos, se puso guantes, gorro y gafas para tratar a mi amigo. No lo tocaba piel a piel. No exagero. “No te puedes mover de aquí hasta que no venga un médico de la ciudad”.

Le dio un ataque de nervios. Raymond, que acababa de recibir su diagnósitico seropositivo, acabó siendo él el que tuvo que tranquilizar a la enfermera.

Me gusta la palabra seropositivo. Quizás porque suena vintage. Pero lo que más me gusta es que los médicos no usan esta palabra, y la gente que quiere ofenderte tampoco (es una palabra demasiado sofisticada como para ofender). Sin embargo, a veces me acusan de auto-estigmatizar por decir “seropositivo”.

 A mí los que no me gustan son esos sintagmas “persona con/persona que”. Yo uso esos “persona con/persona que” para los demás, porque mi lema es llamar a cada cual como quiere ser llamado (cuando esto es posible). Por ejemplo, Ana me enseñó que no se dice “autista”, sino “persona con autismo”; Martin me enseñó a no decir “drogodependiente”, sino “personas que usa/toma drogas”; la mayoría de mis amigos con VIH prefieren «tengo VIH/vivo con VIH». Lo entiendo, lo comparto, y lo uso tal cual.

Pero, para mí, elijo yo. Y me gustan los términos crudos. Seropositivo. Suena bien, la aliteración de la /s/. Es como un susurro, SeropoSitivo. Como el verso de Garcilaso:

En el silencio sólo se escuchaba

un susurro de seropositivos que sonaba.

Los seropositivos somos como las abejas, un silencio que susurra. Nadie nos ve, pero retumbamos de fondo. Para quien quiera oírnos. Ojalá los médicos.

 

 

Me interesa qué piensas sobre este tema. Puedes escribirme abajo en los comentarios, en Facebook, o en amorsexoserologia@gmail.com

Éste es un post de ASS- escrito por Miguel Caballero para Imagina Más