No soy un espectador asiduo de First Dates pero reconozco que, en ocasiones, me dejo entretener por este programa, sobre todo cuando las parejas que participan en él tienen un cierto interés para mí. A menudo ese interés es simple curiosidad, a veces mi mirada se pone más antropológica. Con esa mirada he observado que el show de las primeras citas tiene mucho de artefacto y teatro (la televisión es espectáculo) pero también tiene mucho de realidad (la televisión es un reflejo de la vida de sus espectadores).

Por eso, a simple vista First Dates es algo vanal, un programa de entretenimiento más, sin más gracia que el puro cotilleo de saber qué parejas dirán que repetirán cita. Esta imagen que está reforzada por el hecho de que quienes participan en él apenas se conocen y -cabe suponer- nunca más volverán a verse tras sus cenas.

Sin embargo, tras un visionado aleatorio ya resaltan tres cosas no tan superficiales que seguro que pueden ser carne de debate:

  • En primer lugar, la mayoría de las parejas que participan son heterosexuales.
  • En segundo lugar, la mayoría de las parejas homosexuales que van están formadas por hombres.
  • En tercer lugar, las parejas homosexuales que van, que en su mayoría están formadas por hombres, hablan de sexo significativamente más que las parejas heterosexuales durante su cena.

El primero de los puntos no debería sorprendernos: estadísticamente las parejas heterosexuales son más abundantes que las homosexuales, así que tiene sentido que aparezcan en el programa con mayor frecuencia. Nada que añadir. Quienes tengan síndrome abstinencia con esto pueden darse un atracón durante la programación especial por el Orgullo.

Tiene mucho más interés el segundo punto: la mayoría de parejas homosexuales que acuden al programa son masculinas. Entonces una ve esto y se pregunta: ¿las mujeres lesbianas no cenan? ¿Las mujeres lesbianas son menos proclives a cenar delante de las cámaras? ¿Están boicoteadas en el programa? En el fondo, detrás de todo esto, está la eterna pregunta: ¿dónde diablos están las mujeres lesbianas?

La respuesta, demasiado compleja para completarla ahora, debe incluir una reflexión sobre cómo ellas gestionan su visibilidad (también su visibilidad mediática). Esta gestión solo puede llevarse a cabo en una constante negociación con el conjunto de la sociedad. Lo queramos o no, la sociedad/el conjunto/la mayoría -responsabilidades diluidas aparte- juega un papel importante a la hora de facilitar espacio a las minorías, en este caso a las mujeres lesbianas. ¿Es First Dates un reflejo más de cómo la sociedad autoriza a las mujeres lesbianas a visibilizarse y de la medida en que las lesbianas se sienten autorizadas o motivadas para hacerlo? Ahí lo dejo.

Por último está el espinoso tema: de qué hablan las parejas en su primera cita, que además tiene lugar urbi et orbe, sin la más mínima intimidad. Quizá es un sesgo mío, desde luego es una conclusión totalmente acientífica, pero me da la impresión de que, si bien todas las parejas que acuden al programa tienen en común el relatarse resumidamente sus trayectorias sentimentales, las homosexuales añaden a esto con más o menos timidez comentarios sobre sus gustos sexuales (lo que en las apps se conoce como «¿Qué te va?»). Es frecuente, además, que se incorporen a la conversación entre los hombres los clásicos temas sobre quién es más «fiestero» que quién, la dichosa promiscuidad, etc.

Sí, First Dates refleja fielmente -en este caso con ensaladas, carnes y postres de por medio- la realidad ge-ne-ral de las conversaciones entre dos gais que acaban de conocerse. Los gais hablamos mucho de sexo, los gais hablamos mucho de sexo aunque apenas nos conozcamos, los gais hablamos mucho de sexo aunque apenas nos conozcamos. y empleamos esa información para valorar cómo de factible es que la persona que tenemos delante sea -cuando menos- un buen compañero de cama con todo lo que eso requiere. Mientras tanto, aunque algunos heteros más desenfadados ante las cámaras tocan igualmente estos temas, la mayoría de ellos dan tímidos y distantes rodeos a lo que quieren saber pero nunca se atreverán a preguntar. Al fin y al cabo, el heteropatriarcado nos ha enseñado que hay ciertas cosas que un caballero no debe preguntar a una señorita y que hablar de sexo con un desconocido es propio de personas poco respetables.

Las primeras veces que observé este fenómeno, ay de mí, pensé: ¿hola qué tal, ya estáis otra vez, es necesario preguntaros en la cena de First Dates si sois activos o pasivos? Sí, la sombra de la homofobia interiorizada es alargada, y yo -al igual que tú- pertenezco a una sociedad sexofóbica que nos ha educado en dos prejuicios: hablar de sexo es inapropiado y el sexo es un tema frívolo al que no se debe dar excesiva importancia.

La buena noticia es que esa sombra prejuiciosa se neutraliza encendiendo un foco que la haga desaparecer, porque hablar de sexo es algo maravilloso y, digan lo que digan, nada hay más profundo y menos frívolo que el sexo. Así que, ¿por qué esos chicos no van a preguntarse lo que quieran siempre que lo hagan asertivamente y con simpatía?, ¿por qué sus preferencias sexuales no pueden ser un tema interesante de conversación?, ¿por qué no se puede hablar abiertamente de ello mientras se comparte un manojo de rúcula y un mojito de sandía, aunque eso lo esté viendo toda España?

Sea por las razones que sea, los homosexuales hemos cogido la costumbre de hablar abiertamente de sexo -sobre todo entre nosotros- y eso nos ha entrenado en una noble virtud: expresar lo que nos gusta, preguntárselo a los demás y negociar algunas de nuestras prácticas sexuales como parte de una conversación adulta que nadie sabe cómo acabará. Sí, es cierto que no todos hacemos esto con la misma destreza y que hay mucho que pulir en estos temas, pero desde aquí reivindico el desenfado de algunos de nuestros hábitos y nos animo a todos a defenderlos con asertividad, cuando venga a cuento y poniéndolos al servicio de nuestras relaciones y nuestro disfrute, no al servicio del morbo vacío o los ataques.