-La ley me obliga, señor, a decirle que soy judío.

-Y yo alemán. Asunto zanjado.

Este pequeño diálogo, perteneciente a La lista de Schindler, ilustra perfectamente lo que no es necesario hacer con la orientación sexual: expresarla bajo obligación, expresarla delante de alguien a quien no le interesa, expresarla cuando no toca. ¿Quiere eso decir que la orientación sexual no debe nunca ser expresada, por ejemplo en el ámbito laboral -eso en lo que pasamos el 99% de nuestra vida- bajo el pretexto de que es un asunto privado?

Muchas personas homosexuales piensan que sí. Es decir, piensan que cuando se les anima a compartir públicamente su orientación sexual en su entorno de trabajo se les está indicando que deben hacerlo casi como haría Itzhak Stern con su raza y religión: tienes que decir en tu trabajo que eres gay, si no comunicas a tus compañeros y compañeras ese dato vas mal. Ante esta interpretación se resisten con uñas y dientes, pero porque están en un error de interpretación –del que, por cierto, muchos se resisten a salir.

De este modo, para defenderse de lo que consideran un requerimiento sin sentido, salta dentro de estas personas un resorte en forma de frase mágica: “Yo no tengo por qué dar explicaciones”, versión corta de “Yo no tengo por qué decir en el trabajo que soy homosexual”. Cualquier persona sensata diría: Pues claro que no. El problema es que no estamos hablando de eso, es decir, no estamos hablando de comunicar ortopédicamente en la oficina que te ponen los tíos (o que te ponen las tías, si eres mujer), sino de compartir en tu oficina lo que te gusta de una manera natural y adecuada al contexto, like humans do.

Aun así, esos homosexuales se empeñan en pensar que sí, que se les está pidiendo eso y que, como ellos y ellas no tienen por qué dar explicaciones, lo normal es irse al otro extremo: volverse invisibles, como un camaleón camuflado en un fondo de “personas” y “parejas”. Se trata de un empeño alimentado, a menudo, por su propia homofobia interiorizada.

Repito la frase porque es muy habitual al tratar este tema: “Yo no tengo por qué dar explicaciones”. Que sí, que en eso os doy la razón a todas. Pero vamos a desarrollar esto un poquito más. Hace unas semanas tuve esta conversación con uno de mis pacientes, fue interesantísima. Llevamos varias semanas explorando juntos la posibilidad de dar pasos adelante en su salida del armario y en esto que salió el tema de hacerlo también en el trabajo (insisto, ese espacio en el que pasamos tanto tiempo y esas personas con las que compartimos tantas horas de nuestra vida). Como habrás adivinado, nos encallamos un poquito en este punto.

Tú no tienes por qué dar explicaciones de quién te gusta (sobre todo si todavía no te sientes muy empoderado al respecto) -le decía yo-, y menos en el trabajo, donde uno va a trabajar, no a compartir los entresijos de su identidad. La cuestión es que cuando la gente conoce tu orientación sexual no es solo porque tú des explicaciones al respecto, sino porque compartes información al respecto desde la espontaneidad y eso lo hace prácticamente todo el mundo… menos las personas extremadamente armarizadas. Vamos, que los demás pueden saberlo sin que para ello haya hecho falta restregarle a nadie por la cara ciertos datos de tu vida o que de repente entres en un bucle monotemático sobre tu orientación sexual. Anda, no me digas –repuso- ¿y eso cómo va?

Hay que decir que mi paciente tiene un puesto de cierta responsabilidad en una empresa grande, bastante formal, seria y, hasta donde sabemos, muy “heterizada” a la par que poco gay-friendly. Vaya, que sus compañeros de trabajo son bastante mandriles… o así los percibe mi paciente. ¡Cómo hacer la más mínima alusión a la propia homosexualidad en un entorno tan poco acogedor, cómo ser el primero que dé la campanada delante de gente acostumbrada a rebozarse en chistes y comentarios homófobos!

Tiene mucho sentido callarse cuando chapoteas en el machirulismo, no digo yo que no. No obstante, puestos a hacer un poquito de trabajo personal y viendo que mi paciente estaba muy satisfecho con su excusa para no desarmarizarse laboralmente (Yo no tengo por qué dar explicaciones, no tengo por qué decirlo, no tengo que ir con un cartel en la frente que lo indique) me lancé a hacerle una pregunta inocente, que dio lugar al siguiente intercambio:

¿En qué notas tú que tus compañeros son heterosexuales? En que lo parecen, contestó él con naturalidad. ¿En qué notas que lo parecen? En que se fijan en las tías, dijo él con tono de obviedad. ¿Cómo sabes que se fijan en las tías? Cuando a alguien le molan las tías se nota, indicó tranquilamente. ¿En qué notas que a tus compañeros les molan las tías? Pues en que están todo el día pensando a ver dónde pueden meterla. ¿Cómo puedes saber tú que están todo el día pensando a ver con qué tía pueden meterla? Pues… porque lo dicen. ¡Aha, te pillé!

Porque lo dicen. Tan simple como eso. No lo anuncian en la app de comunicación interna de la empresa. No envían un mail colectivo. No lo pregonan ni lo comunican al presentarse a un nuevo compañero. No tienen una banderita indicativa sobre su escritorio. ¡No se lo explican a nadie! Es mucho más sencillo que todo eso. Tanto, que se resume en tres palabras en las que hasta ahora nunca habías reparado: ¡Porque lo dicen!

Te lo digo una vez más, para que te lo lleves puesto: ¿cómo sabes que los heteros son heteros? Por algo tan estúpido, tan inocente, tan evidente… como que lo dicen. Es decir, lo hacen “público”, se lo cuentan a los demás constantemente. Como ya hemos visto, hacerlo público no quiere decir que paguen una campaña publicitaria en prime time ni que distribuyan un vídeo viral por las redes sociales. No te confundas: público es lo que se dice delante de alguien sin señalar que lo que se dice sea un secreto. Los hombres y mujeres heteros publican que son heteros permanentemente y nadie piensa por ello que estén dando explicaciones, ni que estén pregonando nada, ni que estén todo el día hablando de ello. Es decir, son el ejemplo viviente y extendido a nivel planetario de que la orientación sexual no es un tema privado, sino público como ningún otro, lo que pasa es que es cada persona quien debe gestionar esa publicidad, no las demás. Pero date cuenta: lo dicen, lo dicen sin parar, lo dicen sin rubor. Y gracias a que ellos lo dicen los demás nos enteramos.

¿Moraleja? Ya la has adivinado: si está bien que ellos hagan pública su orientación sexual también está bien que lo hagas tú. Si ellos y ellas “dan explicaciones” (es decir, informan) también está bien que lo hagas tú. A tu manera, cuando tú lo decidas, si tú quieres, sin pretextos.

¿Eso quiere decir que tengo que hacerlo y si no lo hago está mal, estoy armarizada, soy un inmaduro o alguien con una homofobia interiorizada de tomo y lomo? Noooo. Por Dios, no. Haz lo que te parezca, cada uno sabe lo que tiene en su oficina, ¿quién soy yo para reprocharte que no te pongas a los pies de los caballos? Solo te digo que, si no lo haces, que sea porque no te da la gana, no porque te montas películas en tu cabeza sobre tu discreción y sobre las explicaciones que no tienes que dar (donde pone “películas” puedes insertar “excusas baratas”).

¿Cómo distinguir si estoy siendo discreto/reservada o estoy armarizado en mi trabajo? Deja a un lado tu homofobia interiorizada por un momento y obsérvate. ¿Lo dirías igual que lo hacen ellos pero te callas? Estás en ese cajón del armario (con o sin razones para ello). ¿No hablas de ello porque pasas de “dar explicaciones” sobre absolutamente cualquier dato extra-laboral con gente del trabajo? Eres una persona discreta. Ahí te dejo dos pistas, con sus múltiples combinaciones, matices y puntos medios, espero que te resulten útiles.

Rafael San Román, psicólogo

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