“Un virus se balanceaba sobre la tela de una araña.

Como veía que no se caía fue a llamar a otro virus.

Dos virus se balanceaban….”

 

Así vivimos los seropositivos esta nueva pandemia, acumulando virus. Bueno, virus de los que tienen pedigrí, porque hay muchos otros que nos pasan desapercibidos. Hay virus del montón y hay Beyoncés víricas. No obstante, sumar virus potentones tiene de positivo que hay lecciones que ya hemos aprendido, a las malas, y no me refiero sólo a saber qué es una PCR—test que nos hacemos regularmente los seropositivos—sino a otras más importantes:

 

  • a que el riesgo lo termina midiendo cada cual a su manera (esto es así),
  • a saber que la psique cuenta tanto como lo físico (si no, estás muerto en vida),
  • a que la seguridad total no existe (ficción para una existencia incierta),
  • a que las autoridades médicas se contradicen (y bien que hacen, pues no es palabra de Dios),
  • a coger los eslóganes de salud pública con pincitas (en poco difieren de un anuncio de Coca Cola),
  • al permanente juego de la esperanza en la cura (por favor, no me mandéis más noticias sobre el fin del VIH).

 

Pero, sobre todo, para mí la gran experiencia del diagnóstico es que la tela de araña de la canción infantil—en la original se balancean elefantes, no virus—siempre eres tú. De hecho, yo creo que la canción la compuso una funcionaria de salud pública, porque, como suelen hacer, nos cuenta mal la historia. El problema que la letra debería presentar no es que el elefante se caiga, sino que la tela de araña aguante. Porque, como tú y como yo, la tela de araña es un hilito frágil cargando paquidermos (o virus), y aguanta lo que aguanta.

 

Hace más de tres años que no escribía en este blog y es curioso cómo algunos de los posts antiguos podría volverlos a escribir tal cual ahora, mientras que otros parece que los ha compuesto una mano extraña. En este tiempo me he casado, me he divorciado, me he doctorado, me he enamorado, me he partido el corazón, he viajado, he escrito artículos y he montado exposiciones. Tenía ínfulas de burguesito intelectual (porque no lo era) y ahora las tengo de anarcosindicalista (quizás porque me acerqué al burguesito, aunque la precariedad nunca se vaya del todo). Lo digo en plan disclosure—aviso por si en esta nueva etapa de escritura me sale lo incendiario, que me saldrá, porque fuego sí te digo yo que me sobra.

 

Lo fundamental que he aprendido del sida en estos años moviditos es que las campañas de salud sexual y todo el aparato político-moral que activan es un mercado de certidumbres. Venden seguridad porque no la hay; culpan a quien se enferma como si infectarse fuese un síntoma de irresponsabilidad.

 

Por eso escribo este post contra las certezas. Mira: ni hacer cuarentena estricta es la panacea, ni la cultura es segura, ni el sellito de Aenor va a hacer que tus compras de navidad tengan riesgo cero. Ayudan, seguro, pero aferrarse a algo remotamente parecido a la seguridad es comprar gato por liebre cuando antes de sacar los billetes ya lo escuchaste maullar. Yo esto lo aprendí, como decía, a las malas: tragándome un diagnóstico de VIH sin haber follado a pelo. Me llevé una buena hostia porque la vida siempre es más complicada que lo que dicen las campañas antisida. Me costó levantarme, pero de alguna manera esa caída me convirtió en un Prometeo que les había robado un secreto a los dioses. O al menos así me sentía yo, que me va lo grandilocuente. Aprendí que todo es aproximación, incertidumbre, y, por eso mismo, todos—la publicidad, las campañas estatales, la política—venden certezas: porque no las hay. Después de esta experiencia, lo verdaderamente difícil para mí fue no convertirme en un cínico, un nihilista o un suicida. No lo hice. Al menos no en salud sexual. En amor sigo siendo un kamikaze.

 

He colocado un poema de Leopoldo María Panero en la cabecera de este post porque da en una clave: como si vivir, así a secas, ya no fuera suficientemente complicado, encima nos toca ir cargando con el peso ingente de los virus. Los sarcomas que produce la vida desnuda conviven con los que posibilita el sida—el sarcoma extra. Este blog nació hace cinco años con el fin de contagiar las teclas de mi ordenador con el virus, de desplomar el peso del VIH sobre la hoja en blanco. Pero pronto se transformó en otras cosas, que son las que ahora retomo. El VIH se agazapa en la última inicial de ASS, que es el título del blog y que refiere a Serología, pero la preceden dos iniciales aún más importantes: las de Amor y Sexo (las tres juntas forman ese buen culo prieto—ASS). En tiempos de odio, distancia, pulcritud y frialdad, este blog quiere ser una llama, un vínculo, un fluido, un polvazo.

 

Quedarse en casa durante un año o dos es una opción legítima y seguramente responsable para los estándares de este mundo ansioso de seguridad, pero sólo es posible aceptando que una vez que cerremos la puerta estallarán los cristales de todas nuestras ventanas (seguro que ya han estallado). Busquemos, pues, alternativas vitales a la celda, porque las pandemias nunca se acaban del todo, no se dan en un círculo mágico e impermeable, separado del resto de nuestra existencia. Las angustias no se van a quedar precintadas en 2020 y 2021. No: siempre las cargaremos. El que no baile ahora, cuando escampe un poco y vuelva a las discotecas sólo podrá moverse como quien hace aspavientos para que lo saquen del pozo. Al menos a mí me pasó: tras mi diagnóstico de VIH, nada volvió a ser lo mismo (no fue necesariamente peor), ni nada volverá a ser igual si hay un post-coronavirus. Por eso, el atrevimiento a vivir es lo único que nos salva; arriesgar es la dignidad que nos queda (y tiene muy poco que ver con ponerse o no ponerse una mascarilla o un condón).

 

Miguel Caballero

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