La siguiente charla la compartí ayer, lunes 17 de octubre, en una clase de la licenciatura en Estudios Hispánicos de la Universidad de Stony Brook, en el Estado de Nueva York, concretamente de la asignatura “Masculinidades en Latinoamérica”, invitado por el profesor Joseph Pierce. Le agradezco la oportunidad al profesor, y las preguntas y comentarios tan sofisticados a los estudiantes. Fue un auténtico placer.

Estas notas fueron escritas para servir de referencia durante la ponencia y conversación, así que disculpen la gramática apresurada.

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Cuando el profesor Pierce muy amablemente me invitó a compartir esta charla con ustedes, quedé un poco atónico porque mi reflexión en torno a la masculinidad está en pañales. Es cierto que él me invitó bajo la premisa de un texto que yo había publicado en HIV Equal con el título “Drunk Masculinities”, “Masculinidades borrachas”, o incluso mejor: “Borrachos de Masculinidad”, que es el que ustedes han leído. Me gustan estos retos porque me obligan a pensar en asuntos que yo no he pensando motu proprio, y la verdad es que me parece ridículo que siendo gay y siendo seropositivo aún no haya reflexionado en serio sobre ello.

En realidad miento, sí he reflexionado. El primer y único poemario que he escrito en mi vida llevaba por título ‘Varón’. Aunque adoro ese poemario porque habla de una época de mi vida muy especial, es más un testimonio vital que una obra que merezca estima literaria, así que no les voy a machacar con ello. Lo que les propongo hoy es seguir indagando en lo que “Drunk Masculinities” apuntaba, la relación entre masculinidad y alcohol, o más ampliamente entre masculinidad y drogas, incluyendo los medicamentos. “Drunk Masculinities” fue también un texto por encargo de los editores de HIV Equal, y como yo no tenía una idea coherente de cómo afrontar el asunto de masculinidad y VIH, lo que hice fue crear un texto impresionista, una suma de intuiciones y pequeñas experiencias, y yo esperaba que alguna línea vertebradora apareciera. Esta invitación de hoy a Stony Brook me obliga precisamente a vertebrar todo aquello, y he decir que asumí el reto con gusto y que me ha ayudado a entender varios asuntos que me andaban incordiando, pero a los que no había conseguido dar una explicación coherente. Lo que propongo hoy aquí no es, por supuesto, una explicación definitiva de nada, pero creo que sí abre un camino para seguir explorando.

Como a mí no me gustan los suspenses, yo les voy a contar desde ya mi hipótesis: mi hipótesis es que hoy en día, en ciudades como Nueva York (la avanzadilla de lo que ocurrirá en el resto del mundo más pronto que tarde), para ser un hombre gay masculino y aceptado como no-peligroso hay que estar drogado. Pero no drogado de alcohol, de cocaína, de T, o de molly, sino de antirretrovirales. Me explico.

Siempre que estudiamos esta intersección entre roles o identidades de género y prácticas íntimas (yo vengo a hablarles de sexo), hemos de remontarnos al s. XIX, que es cuando se crean las taxonomías de cuerpos válidos o no válidos, recuperables o no recuperables, para el sistema industrial y capitalista que ese momento se fragua. ¿Quién crea esas taxonomías que hoy día tenemos tantos problemas para seguir soportando? (En realidad problemas para ajustarnos a ellas tuvimos siempre). La ciencia, la medicina en concreto, la clínica como institución producto del racionalismo ilustrado, como aprendimos con Foucault. La medicina establece pautas muy precisas sobre cómo ser un hombre y una mujer productivos para el sistema.

La clínica divide a las personas entre normales y no normales, entre sanos y enfermos, entre útiles y no útiles, y dentro de los no útiles, entre recuperables y no recuperables. Ésa es precisamente la labor de la clínica: recuperar a los recuperables, volverlos útiles (Preciado nos dirá, además, que la discapacidad es un reto para la clínica porque no puede ofrecer una solución, ya que el discapacitado no está enfermo, simplemente tiene otro tipo de capacidad no recuperable, y por tanto, no accesible para la clínica).

Hoy tomamos clasificaciones como la de la salud y la enfermedad con total naturalidad, pero son construcciones, y de hecho construcciones no tan antiguas. Como construcciones, han cambiado mucho a lo largo del tiempo: yo todavía llegué a ver manuales de sexualidad en mi casa (yo nací en 1985) donde ser afeminado era considerado si no una enfermedad, sí una suerte de discapacidad. Zurdos, transexuales, homosexuales, histéricas, afeminados… tenemos todos en común el haber pertenecido a esa categoría de desechos que establecía la ciencia, y que nunca tuvo muy claro si eran recuperables o no: anormales, quizás enfermos, tullidos, pervertidos (Preciado también nos dirá que es una lástima que todo esos “desechos” en vez de habernos aliado contra el sistema, nos hemos enrolado en políticas de la identidad que cada vez nos separaban más, despreciando el potencial que tendríamos juntos).

Es interesante también como en todo lo que la medicina no puede explicar, a pesar de su discurso supuestamente hiper-racionalista, deja que se cuele la superstición. Por eso, todas las categorías que cité anteriormente fueron en un principio explicadas como productos del demonio: zurdos que escriben con la mano de Satanás, homosexuales y afeminados son pervertidos hijos de la tentación demoníaca, las histéricas están poseídas. De los y las transexuales ni hablo, porque a día de hoy la Iglesia Católica lxs tiene entre ceja y ceja como la mayor amenaza del mundo contemporáneo, y lxs ha llamado “un ataque antropológico”; un colegio español, de nombre Juan Pablo II, financiado con fondos públicos, comparaba lo que llamaban “ideología de género” con el terrorismo yihadista: una vez más, los infieles. Partamos entonces de ahí: todos los desechos de la ciencia somos hijos del demonio. Hace poco una amiga me contaba que se quedó embarazada de sus gemelos usando DIU, y que el doctor le dijo que aquello era “un milagro”. Esto también tiene que ver con la forma en que se nos presenta la medicina, que, como sabemos, tiene poco de ciencia pura, y que, como cualquier médico te reconocerá, un diagnóstico tiene mucho de arte, arte de la interpretación de signos, una hermenéutica. Pero bueno, éste es otro tema.

Preciado nos recordó que, de hecho, el término ‘feminismo’ es herencia de este cientifismo machista y ‘ableist’ (como decimos hoy) de finales del XIX: era un término aplicado a los tuberculosos, pues parece ser que uno de los síntomas de la tuberculosis era que el varón perdía su virilidad, se volvía de apariencia y trato femenino, se volvía “feminista”. Los tuberculosos eran feministas. Ésa es la primera vez que aparece este término en la historia, según Preciado. Luego es recuperado para el movimiento de liberación de las mujeres, pero su origen es bien machote.

Mi pregunta hoy es: ¿cómo han cambiado estos parámetros de normalidad desde finales del siglo XIX, en los que reinaba la clínica, hasta nuestros días a principios del siglo XXI? Voy a continuar con Preciado, quien considera que este régimen impuesto por la clínica como institución se agota precisamente cuando Foucault lo está describiendo, en los 60 y 70. ¿Qué viene después? ¿Qué diferencia hay entre la clínica ilustrada y decimonónica, que es también la que ha reinado buena parte del siglo XX, y la de nuestros días? Bueno, pues viene el sistema neoliberal, en el que dinámica de la clínica cambia profundamente, y el foco pasa de los médicos y su capacidad clasificatoria, a las farmacéuticas y su capacidad de sacar rentabilidad de lo que anteriormente habían sido considerado desechos. Imagínense: para la clínica hasta los años 70, el desecho es un desecho, se puede desahuciar, ignorar o incluso reprimir moralmente por su falta de productividad. Lo que hace el sistema neoliberal es recuperar esos desechos y hacerlos rentables. (Aquí estoy reformulando a Preciado totalmente a mi gusto).

Lo que hemos visto en las últimas décadas es que todos aquellos excluidos del sistema (por raza, sexo, identidad de género, orientación sexual, capacidades físicas o mentales) colocaban sus movimientos de liberación en el centro de la agenda nacional, y así surgen las nociones de “políticas de la identidad” y de “interseccionalidad” que son de uso común hoy para todos nosotros. Pues bien, lo que también ocurre es que aquel régimen cientifista se ha reciclado, convertido en régimen neoliberal que nos vende liberaciones farmacológicas: de hormonas para las personas trans, la píldora anticonceptiva para las mujeres que supuestamente iba a liberarlas de los embarazos, de antirretrovirales para las personas con VIH.

Antes de continuar me gustaría dejar claro que yo no estoy hablando contra estas píldoras per se. Para ello, cuento mi propio caso. Yo fui diagnosticado VIH positivo en enero de 2015 y desde entonces las tomo. Es mi decisión, no digo que tenga que ser la decisión de nadie más, porque yo cada día estoy más convencido de que las personas tienen que reclamar la soberanía sobre sus propios cuerpos, informarse bien y tomar las decisiones que consideren mejores para su salud. Ahora, si uno decide iniciar un tratamiento, lo que sí quisiera es que no tomáramos esas píldoras irreflexivamente, que indagáramos qué significan para nosotros esas píldoras no sólo médicamente sino también políticamente, y qué tipo de discursos se crean en torno a ellas.

Ha habido cierta discusión sobre la intersección entre el activismo del sida y el activismo de la normalización gay. Cronológicamente, es muy interesante pensar cómo la discusión a favor del matrimonio entre personas del mismo sexo se inicia inmediatamente después del “éxito” del activismo del sida (ACT UP y otros), que es un activismo muy focalizado en conseguir medicamentos para acabar con la epidemia (aunque no sólo eso, claro). Algunas voces críticas se han alzado contra lo que consideran que fue una capitulación de un activismo mucha más radical hacia un activismo de la normalización: de presentarnos como “seres infecciosos” muriendo cada día por el tipo de relaciones sexuales que decidíamos seguir teniendo, a poder casarnos para así ser hombres y mujeres “normales”, parejas “normales” que pagan sus impuestos y tienen una casa en los suburbios. La crítica es la de que hemos pasado de presentarnos radicalmente fuera del sistema (sida) a rogar que nos incorporen al mismo, que nos normalicen (matrimonio).

Yo no lo veo exactamente así, a mí esto me parece una simplificación, porque en la reclamación del matrimonio había un potencial importante que iba más allá de la normalización: muchos habían perdido a sus parejas en la epidemia sin poder asistir a sus funerales porque la familia se oponía (hay una reivindicación de re-definir la familia), o sin poder recibir la herencia de una vida juntos, puesto que para el Estado eran simplemente dos amigos que convivían. También hay una cuestión migratoria clave, de la que yo mismo me he beneficiado: pasé cinco años y medio viviendo a 6000 km de distancia de mi pareja porque al no haber matrimonio no podía solicitar una visa de fiancée o una green card. Pero bueno, éste también es otro tema.

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Ahora voy a dar un volantazo y contradecirme a mí mismo para proponer la hipótesis de que sí, efectivamente, la aparición de los primeros tratamientos antirretrovirales y el activismo pro-matrimonio son parte del mismo proceso de normalización. Una vez más, me voy a ahorrar el suspense y voy a reformular mi hipótesis: en las últimas tres décadas el hombre homosexual ha ido poco a poco siendo aceptado como normal a cambio de someterse a un tratamiento antirretroviral. Suena muy esperpéntico, pero no lo es.

Tomemos el ejemplo del NY, que es un buen termómetro de lo que ocurrirá en el resto del mundo dentro de unos años. En NY, hoy día, si eres gay y no tomas antirretrovirales eres sospechoso de irresponsabilidad, desinformación, ignorancia. Te ven como un peligro público. Y yo lo digo también desde mí mismo, que lo he pensado así durante un tiempo. En el mundo gay de NY hemos llegado a este acuerdo de que el sexo más seguro es siempre con personas en terapia antirretroviral: o bien seropositivos en tratamiento y con carga viral indetectable, o bien seronegativos que toman PrEP. De hecho, cada fin de semana hay muchísimas sesiones de sexo en grupo sin condón y con otras drogas –lo que llamamos chemsex- generalmente sólo entre personas seropositivas indetectables (es decir, en tratamiento antirretroviral) y seronegativos que toman PrEP.

Como ya he dicho, yo mismo me he visto en esa dinámica muchas veces, de pensar con desconfianza de alguien que no se medica: “mmmmm seguro que no se hace un test de VIH en años”, “es un irresponsable”, “los más peligrosos son los que no conocen su estatus.” Esto último ha llegado a significar en NY lo siguiente: los que sí conocen su estatus, automáticamente deben estar en tratamiento, o bien antirretrovirales o PrEP, que también son antirretrovirales.

Esto es una utopía para las farmacéuticas.

Insisto: yo no estoy hablando necesariamente contra los antirretrovirales. Sería bastante hipócrita de mi parte. Yo tomo antirretrovirales. Con respecto a PrEP, mi postura es la de no decir a nadie lo que tiene o no tiene que hacer con su cuerpo. Puedo entender que haya casos donde negociar el preservativo pueda ser difícil (estoy pensando en el trabajo sexual), o personas que simplemente no quieren usar el preservativo, y prefieren un método de prevención químico. Para mí es respetable. Lo que vale para uno, no vale para todos.

Lo que sí me gustaría es que fuéramos más críticos con los discursos que estamos ayudando a crear en torno a esas pastillas, si damos por hecho que quien no las toma es “peligroso”, “no es normal”, “no es responsable”. El peligro es que estemos reproduciendo las taxonomías que décadas atrás nos han tratado a nosotros como desechos.

Los antirretrovirales fueron presentados ante nosotros como un milagro, las pastillas de la salvación. Y yo no digo que no lo sean. Este mismo verano fui a la exposición en el Museo del Bronx ‘Art AIDS in America’ y allí tuve una conversación muy interesante con un hombre de unos 70 años que se me acercó mientras yo no podía dejar de mirar este cuadro:

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Él me preguntó qué había visto yo en el cuadro, y yo le hablé sobre cómo ahora el VIH ha pasado a ser invisible, no hay nada en nuestro aspecto que haga sospechar que portamos el virus, mientras en esa época había signos físicos (muchas veces estereotipados) que “te revelaban” ante los demás como seropositivo. Él me dijo: “pues yo sólo veo una pareja que se quiere”. Y la verdad es que esto me dejó mudo. Seguimos conversando, y antes de despedirnos, ya en el metro, me dijo: “lo que más me ha impresionado de hablar contigo es que tú no conoces a nadie cercano que no haya muerto de sida. En mi generación, eso era impensable. Todos perdimos muchos amigos, parejas y amantes”. Yo creo en el tratamiento antirretroviral, y creo que los antirretrovirales están detrás de ese cambio generacional que nos permite que hoy yo no conozca a nadie cercano que haya muerto de alguna enfermedad relacionada con el sida. Pero quedarnos en ese agradecimiento no es suficiente. Creo también que la liberación de esas taxonomías represoras y de nuestra capacidad para tomar nuestras propias decisiones sobre nuestra salud no puede ser nunca meramente farmacológica. El hecho de que los antirretrovirales sean efectivos no puede desactivar nuestra capacidad de darnos cuenta de que también somos un enorme negocio. Mi tratamiento anual cuesta 36,000 dólares.

Los antirretrovirales se nos presentaron como una gesta llevada a cabo por un grupo de jóvenes (en su mayoría hombres gays, blancos y de buena situación económica, por cierto). Han colaborado en ello documentales como How to Survive a Plague. Podemos pensar en aquellos activistas de ACT UP en términos de masculinidad, porque es muy interesante lo que hicieron: aunque se presentaban como la voz que habla desde la pura marginalidad, desechados por un sistema que no atiende “su” epidemia y que los quiere dejar morir, lo cierto es que usaron muchos recursos de la masculinidad. El activismo de ACT UP era un activismo del enfado, de sacar pecho, de tomar oficinas, de escrache, físicamente jugando con los límites de lo violento. Pero bueno, esto también para otra presentación.

Yo adoré durante mucho tiempo este documental, pero hoy me parece que esa victoria que muestra ha colaborado a desactivar muchos activismos necesarios, porque al fin y al cabo, habla de una victoria, de un proceso activista que se cierra: se consiguen los antirretrovirales, y ya podemos vivir una vida larga y con buena calidad de vida. Punto. Al menos así se ve desde 2016. Los antirretrovirales nos salvan la vida y nos liberan, discurso que ha retornado hoy más fuerte que nunca con PrEP: PrEP nos libera del terror al VIH y no sólo eso, hasta nos libera del condón, porque aunque todos sepamos que hay otras infecciones de transmisión sexual, lo cierto es que en muchos casos PrEP se usa como sustituto al condón. Y yo no lo condeno moralmente en absoluto, jamás diría a nadie cómo tiene que tener sexo, simplemente explico pros y contras, y allá cada cual con su libertad y su cuerpo.

La cuestión es que la situación en Nueva York es una buena muestra de las masculinidades que vienen, y en el caso de los homosexuales es una masculinidad normalizada a través de su sujeción a un tratamiento antirretroviral. En este régimen neoliberal que rige nuestras vidas, ya no hay cuerpos desechables, como los había en el XIX y XX, porque esos cuerpos ahora son rentables. Si la posición ética, activista, para muchxs en el XIX y buena parte del XX era reivindicar su marginalidad, yo me pregunto cómo podemos hoy reivindicar nuestra no-rentabilidad, o al menos no ser rentables a costa de nuestra salud, de nuestra masculinidad. Hay mucho conformismo con respecto al discurso de la cronicidad: la conversión del HIV en una condición crónica ha desactivado mucho activismo.

Además, el discurso de la indetectabilidad se está usando en muchas ocasiones para dejar personas fuera: los que no han iniciado su tratamiento antirretroviral aún pero que piensan iniciarlo en algún momento, los que no planean iniciarlo nunca porque han tomado esa decisión soberana sobre su propio cuerpo. El discurso del PrEP, mal enfocado, también deja fuera al seronegativo que no se medica, a través de comentarios del tipo que decía antes: “no te puedes fiar de él”, “así nunca sabe a ciencia cierta si es seropositivo o no.” Estrategias mundiales, como la del 90-90-90 (establecida por la UNESCO. Objetivo de conseguir que el 90% de las personas con VIH conozcan su estatus serológico; que de ese grupo, el 90% esté en tratamiento; que de los que estén en tratamiento, el 90% sea indetectable) también colaboran en ello, aunque sea oblicuamente. Mi pregunta es: si das positivo, y estás obligado a medicarte, ¿dónde queda el empoderamiento del paciente en este sentido? ¿Qué margen permite este sistema a un paciente elegir sobre lo que es mejor para su propia salud y su propio cuerpo?

Los “normales” en el mundo gay de hoy día son los “no peligrosos”, y por “no peligrosos” hoy entendemos los sujetos a un tratamiento antirretroviral: o seropositivo indetectable o seronegativo que toma PrEP. Éstos se buscan, se acuestan entre sí y a menudo denigran a quienes no forman parte de esas categorías.

Sobre estos sujetos a un tratamiento antirretroviral que reproducen taxonomías de exclusión quiero sugerir que la masculinidad represora que viene (o que ya está aquí) es la el “macho antirretroviral”. No se trata necesariamente del que toma ARV o PrEP, sino el que lo toma y, además, reproduce esos discursos de exclusión, que son los mismos discursos de exclusión en torno a la “peligrosidad” que los homosexuales padecimos con las taxonomías ilustradas por no cumplir con los parámetros de masculinidad. El problema no es usar antirretrovirales, el problema es usar los antirretrovirales contra otros. Ésa es la idea clave: El macho antirretroviral usa sus antirretrovirales contra otros.

Y más. Aquí les ofrezco diez características que, a mi juicio, lo definen:

  • El macho antirretroviral es el macho homosexual normalizado en el sistema neoliberal.
  • El macho antirretroviral compra su normalización masculina a través de un medicamento.
  • El macho antirretroviral toma su tratamiento como una liberación plena, sin considerar sus cortapisas.
  • El macho antirretroviral se ha tragado a la clínica racionalista, y ahora que la tiene dentro reproduce su dinámica discriminatoria a través de otro tipo de taxonomías.
  • El macho antirretroviral se siente atraído hacia otros hombres según su estatus farmacológico (que no serológico).
  • El macho antirretroviral establece taxonomías entre hombres peligrosos y hombres no peligrosos. Los peligrosos son los que no están sujetos a un tratamiento antirretroviral.
  • El macho antirretroviral estigmatiza a quien decide no iniciar un tratamiento antirretroviral, a quien no puede alcanzar el estatus de indetectable, o a quien sin ser seropositivo decide no tomar PrEP a pesar de tener una vida sexual activa.
  • El macho antirretroviral se incomoda cuando se le afronta por la dimensión de negocio que tiene el tratamiento que toma.
  • El macho antirretroviral puede tener músculos o no, vestir a la moda o no, tener dinero o no[1]: su masculinidad no se define por su apariencia, sino por la invisibilidad del tratamiento que ingiere.
  • El macho antirretroviral confía en la palabra de otros machos antirretrovirales: si le dicen que toman tratamiento, lo creen, sin que tengan posibilidad de verificarlo.
  • El macho antirretroviral ve la cronicidad del VIH como una victoria definitiva.
  • El macho antirretroviral es adicto a sus tratamientos antirretrovirales; su masculinidad es una masculinidad borracha de antirretrovirales.

Insisto de nuevo: ser macho antirretroviral no tiene relación con tomar o no un tratamiento antirretroviral, sino con tomarlo contra otros que son tildados de peligrosos por no tomarlo.

Para muchos que lean este post desde países donde PrEP no está disponible, esto le sonará a ciencia ficción. No lo es. Yo lo he visto ocurrir delante de mis narices, yo me he visto a mí mismo convertido en macho antirretroviral y me ha costado salir de se círculo vicioso de pensamiento. Aún estoy en ello. Sepan que va a ocurrir en más lugares. Evítenlo.

Me interesa qué piensas sobre este tema. Puedes escribirme abajo en los comentarios, en Facebook, o en amorsexoserologia@gmail.com

Éste es un post de ASS- escrito por Miguel Cab allero para Imagina Más

[1] Hoy día no es necesario tener un buen nivel económico para estar sujeto a un tratamiento antiretroviral, aunque sí hay que tener en cuenta las diferencias de acceso entre antirretrovirales para seropositivos y PrEP para seronegativos.

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Comments
  1. Cada uno debe hacer con su vida lo que crea mejor para uno mismo, si es consentido, perfecto! Pero no estoy de acuerdo con esta práctica en la que la justificaciòn es follar sin miedo! El VIH para mi es algo màs que eso, el VIH a mi parecer no se vence propagandolo, creo que se vencerá a nivel social cuando se destigmatice y se trate con normalidad y obviamente a nivel vìrico cuando se encuentre una vacuna pero mientras eso no exista. y si llegara un momento en que se dejaran de financiar los medicamentos, entonces que? Merece la pena apostar tu salud por sexo? Para mi no! Y se olvida que hay otras enfermedades que se propagan por el sexo. No se trata de tener miedo, se trata de ser prevenido, no se…. Depende de lo que cada uno necesite en su vida sexual. Por cierto al chico que quiere darle valor a su semen creo que lo mejor es que lo done si esta sano.

  2. Miguel Caballero

    Hola, David. Yo estoy de acuerdo contigo a nivel personal. Mi opción, desde luego, tampoco es el poz breeding.

    Pero este post no pretendía hacer un juicio sobre esa práctica, por varias razones. Una, porque yo en realidad no conozco a estas personas, y no puedo hablar en su nombre. Internet es también el lugar de las fantasías. ¿Quién dice que esto no sea sólo una fantasía? En el caso de que sea verdad, lo mismo, yo creo en la libertad personal y en las relaciones consensuadas. Cada uno elige, mientras sólo incumba a uno.

    Ahora: no es mi opción en absoluto.

    Lo que sí me parecía importante sobre el poz breeding era analizar qué tipo de conversación tenían por internet, porque en esas conversaciones había algo importante para todxs nosotrxs. Y es la cuestión del miedo añadido que el VIH ha conllevado para nuestras relaciones sexuales, sea un miedo consciente o inconsciente. Los no-poz breeders no hablamos a menudo de ello; los poz breeders sí. El objetivo del post no era ni mucho menos promover el poz breeding, pero tampoco lo contrario; ahí no entro. El objetivo es analizar todas las narrativas que el VIH ha creado, también las más extremas como ésta, para ver qué puedo aprender de mi propia sexualidad seropositiva.

  3. Interesante

    Muy interesante, pero ¿eres filólogo y pones eso de “unx”, “todxs”? Pues vaya filólogo de pacotilla absurdo. Insoportable la lectura de un texto así.

  4. Hola Miguel! Entendi el mensaje de tu post, el cual me parecio muy interesante y por eso lo
    lei y quise dar mi punto de vista y bueno aunque sea otro canal de exploraciòn y aceptaciòn del VIH, como dije, me parece perfecto siempre que sea consensuado pero bajo mi punto de vista y aplicado a mi no sirve. Pienso que este tipo de practicas distorsionan la aceptaciòn de este virus por parte de otros grupos sociales ademas de poner a los homosexuales una vez mas en el punto de mira pero cada persona decide que es lo mejor para cada uno. Yo no tengo VIH y vivo una sexualidad buena, estoy informado de las vías de transmision de las ETS, conozco estas enfermedades y me enfrento a ellas con esa informaciòn y previniendo. De verdad que no trato de hacer ningún juicio de valor ni de valorar que es lo bueno y lo malo, solo trato de tomar conciencia mirando todos los aspectos que conlleva cargar el peso de el VIH.

  5. Miguel Caballero

    Interesante – Hay quienes entienden las lenguas como sistemas inamovibles, fósiles, conservadores; y hay quienes enfatizan que el español (como cualquier lengua) no es sino el producto de siglos de evolución, que se presta al juego, a la expresividad y a seguir explorando sus posibilidades, no sólo en la semántica o la gramática, sino también en la morfología. La filología me dio conciencia de esto último.

    Por suerte, tener una formación filológica no significa sólo ser unx policía de la RAE. Hay más opciones.

  6. Miguel Caballero

    David – sí, yo también creo que el fin de la epidemia viene por la creación de una imagen positiva del sexo y el empoderamiento en salud sexual.
    Pero soy consciente de una cosa: llevamos décadas con las campañas típicas de “no sin condón”, etc., y la verdad lejos de ser efectivas, los casos de infección no hacen sino aumentar. Hay que pensar qué está fallando, y para ello, es importante escuchar a todo el mundo, incluso a los testimonios que nos hacen sentir más incómodos, como los de poz breeding. Uno de los siguientes posts va a ser sobre eso precisamente, nuestra relación con las campañas de salud sexual.
    Por cierto, me gusta mucho que sin ser seropositivo te pases por aquí y comentes. En otros posts ya lo he dicho, pero escribo mucho pensando en no seropositivos, porque creo que ésta es una conversación que tenemos que tener entre todxs, independientemente del estatus serológico.

  7. David Peyró

    Un artículo muy interesante, con muchas cuestiones para conocer más. Yo voy a comentar a partir de otra perspectiva diferente al psicoanálisis, desde una visión más grupal.

    Cuando un grupo excluye a parte de sus miembros por una misma característica, es normal que esas personas se configuren como un grupo nuevo, y que creen sus propios valores y cultura, y me pregunto ¿hasta que punto condicionarán las causas por las que fueron rechazados por su anterior grupo la creación de su nuevo grupo? ¿que valores harán diferenciarlos del ahora exogrupo? En el proceso de conformar su identidad, tendrá mucha importancia las razones por las que han sido excluidos, no sólo para crear sus propios valores, también para diferenciarse del anterior grupo.

    En las personas que convivimos con VIH, sobrevivir a la enfermedad es una cuestión superada, pero el estigma que padecemos por nuestra condición se mantiene en la misma situación. Crear nuestro propio grupo, donde no se juzga ni discrimina, pueden cohesionarnos como grupo. Pero aún a nivel grupal, no dejaríamos de sufrir el estigma, por parte de la sociedad en general y del colectivo LGTB en particular. Eso puede llevar al secretismo y a un tipo de grupo sectario, donde poder llevar a la práctica el tipo de relaciones que no son bien vistas por los demás. Y eso puede llevar a creencias erróneas, como que se haya perdido el miedo a la muerte, cuando lo que se ha perdido es el respeto a la vida. Pero es que fuera de ese grupo no te dejan vivir sin las condiciones que ellos creen imprescindibles (por ejemplo, hacernos responsables de la salud de los demás).
    Cuando la gente que lee este artículo se tira las manos a la cabeza, quizá debería plantearse hasta qué punto han contribuído a la creación de estos grupos, y preguntarse por qué hay personas vulnerables que sienten que pertenecer a esos grupos es algo “más grande”, donde “follar sin miedo” le da valor a su semen.

  8. Miguel Caballero

    Qué bueno, David. El último párrafo es una maravilla, no podría haberlo dicho mejor. Justo era eso, en lugar de enfocar nuestras energías exclusivamente en la culpabilización de estos grupos, o en el paternalismo, o en convertirlos en monstruos, el plan era ver cómo lo que ellos decían nos incumbía a todxs. Yo lo tomé por la parte del miedo; pero lo que tú añades es fundamental. ¿En qué medida los demás no hemos posibilitado que estos grupos existan?

  9. me siento triste y preocupada a la vez. y me siento y pienso así porque es difícil para mí no asociar esta práctica con vacío existencial. pienso en el concepto de consciencia moral y en cómo se construyen las identidades dentro de un grupo que te hata a algo.. el ser humano está invitado a la libertad entendiendo ésta como la capacidad de discernir y elegir el más alto bien para sí mismo y para otros.. una enfermedad no es el más alto bien sino muy por lo contrario esclaviza.. por qué una generación de jóves buscaría esclavizarse?…

    gracias por abrir la posibilidad de conversar
    saludos

  10. Miguel Caballero

    Gertrudis, gracias por tu mensaje escrito con tanta delicadeza. Yo creo que estamos en lo mismo, en realidad. La cuestión no es censurar esta práctica o elevar el dedo acusador contra los que la practican, pues al fin y al cabo es una relación consensuada y consciente. La cuestión es preguntarnos por qué ocurre, cómo nosotros contribuimos a que ocurra, qué papel tiene el Estado y las campañas de prevención aquí, qué responsabilidad tiene la sociedad no informada y estigmatizadora. En fin, que esto nos ayude a todos a cuestionarnos nuestra propia posición con respecto al VIH.

  11. Buenas, Miguelito. Me parece que hay un otro elemento acerca de cual todavia no hás hablado: la excitación del riesgo. Creo que el discurso fatalista — “no tengo miedo de eso, y si vamos tenerlo todos, mejor que sea por mi elección” — es demasiado racional para una cuestión tan visceral, que tiene que ver con sentimientos y deseos, salud y vida. Es más una excusa, una defensa del yo en contra de un gran miedo, pero un miedo que viene en conjunto con el deseo, con la excitación (y esa es un tema literario de los más antiguos, las bodas de Eros y Thanatos). Pienso que la reflexión va por el camino de “la experiencia límite” de Bataille, de la concepción del placer como un contacto con la finitud…

  12. Miguel Caballero

    Estoy de acuerdo en parte, querido. Hablaba de Eros y Thanatos en mi post original, pero luego lo borré, intentando pensarlo desde otro sitio. Es verdad que cuando se presentan como un grupo de privilegiados que follan sin miedo, pensaba en que ellos dicen exponerse a esa experiencia límite, pero sin necesidad del freno que los demás podemos ejercer. Disfrutando del miedo puro, afirmando que han perdido el miedo al miedo.

    Ahora, ¿por qué quería pensarlo desde otro sitio? Porque sí que hay mucho inconsciente, pero también hay algo muy explícito y racional -estos chicos escriben sobre ello, construyen webs sobre el tema, con distintas secciones temáticas. Hay clasificaciones, crean categorías, establecen listas de precios. Hasta el punto que me llevó a pensar cuánto de realidad hay en las experiencias que cuentan y cuanto de fantasía producidas sólo para compartir en una comunidad online, y no para llevarlas a la práctica. Ya sabemos que internet es el lugar por excelencia sin límite ninguno (o casi ninguno -lo que puedan establecer las legislaciones nacionales) para compartir fantasías sexuales.

    Un abrazo, Marcelo!

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