La otra noche un amigo me envió por whatsapp una imagen junto a un único mensaje: ¿qué opinas de esta foto?

Observé la fotografía con atención: mostraba, en el contexto de lo que parecía un desfile diurno y concurrido del Orgullo Gay, a una niña pequeña mirando con curiosidad a tres chicos cuya única indumentaria eran arneses, cadenas y máscaras de cuero simulando cabezas de perro, e interactuando con ellos. La foto no daba para más. 

Transgresiones estéticas aparte (la mezcla de lo infantil con lo fetichista) que pudieran llamar mi atención, contesté a mi amigo que, a priori, no opinaba nada malo de la fotografía y le devolví la pregunta. 

Tras dudarlo un poco, contestó: “No tengo una opinión clara, pero lo que sí me confirma es que el mundo gay está muy sexualizado”. Y añadió: “Aparte, creo que no procede ir vestido de perro de cuero sodomizado e ir por la calle probablemente defendiendo derechos”. Prometo que lo de sodomizado lo puso él, en la foto no se veía sodomización canina o humana alguna.

Como trabajo con este tema cada día y sé que la contrarréplica a mi amigo daría para un simposio, intenté ser lo más conciso posible en mi respuesta, sobre todo por ser máximamente claro. Se lo estructuré en los siguientes puntos: 

  1. Las personas de la fotografía son las personas de la fotografía. No son EL mundo gay en su conjunto. 
  2. El mundo heterosexual también está muy sexualizado, solo que su sexualización está socialmente aceptada y eso hace que, a menudo, pase desapercibida. 
  3. No es malo per se que el mundo gay o el heterosexual estén muy sexualizados. El sexo no es malo. 
  4. Hablar de gay es hablar de orientación sexual. Repito, sexual. Las personas gais no son solo su sexualidad pero su faceta gay es, por definición, algo que tiene que ver con el sexo (entre otras cosas). De ahí que su expresión pública acabe aludiendo tarde o temprano al sexo con todo lo que eso implica. Pretender lo contrario es conceptualmente absurdo. 
  5. Dicho esto, ir disfrazado de perro de cuero y que a una niña pequeña le llame la atención y se interese por ello a su manera (y-pun-to) no tiene nada de malo. Y, además, es bastante previsible y coherente que ocurra. Por otro lado, que la niña y los perros coincidan en un desfile del Orgullo, se saluden (y-pun-to) no tiene nada de malo, se llama convivencia. La maldad es otra cosa. La maldad, la perversión y lo vicioso (en el mal sentido de estas ideas) están en la mirada del espectador. 

Tras algunos tanteos (y darme la razón con la boca pequeña en la mitad de mis puntos) mi amigo repuso que estaba cansado de que siempre se vincule lo que llamamos “el  mundo gay” con el sexo. Le contesté que “el mundo gay” también tiene otras manifestaciones, le animé a que las buscara y a que, en general, tuviera una mirada más ecuánime sobre lo que viera en esa búsqueda, sin confundir la parte con el todo. 

Sé que puede parecer una afirmación borde pero siempre la hago desde el cariño en estas situaciones: “Aunque seas gay, no todo lo que habla del mundo gay habla de ti, no eres el centro del mundo, no te sientas aludido para bien o para mal por cada cosa que cada gay del mundo hace cada día, no somos una corporación, cada uno se representa a sí mismo. Y reconcíliate con el sexo, no es malo”. 

De hecho, le pregunté: ¿Tú estabas en el desfile del Orgullo? Sí, contestó. ¿Ibas vestido de perro de cuero sodomizado? No, contestó. Pues entonces, le dije, tú también eres el mundo gay, de hecho en el mundo gay hay más gente con tu estilo que amantes de ciertos fetiches, así que no sobredimensionemos las cosas. 

Todo esto lo cuento para ejemplificar que cuando hablamos de sexo, diversidad, decencia o respetabilidad es imprescindible hilar muy fino. Los ramalazos de homofobia interiorizada emergen de vez en cuando aunque sea de manera muy sutil y de las personas más insospechadas. Si no ponemos atención en ello acabamos condenando lo que no es condenable, victimizándonos de manera innecesaria y reprimiendo la naturalidad propia y ajena bajo criterios tremendamente conservadores. Recuerda que el problema no es que (no) te guste el cuero, sino que consideres que el cuero es un problema. 

Rafael San Román, psicólogo

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