El estigma es una marca imborrable que acompaña a una persona al poseer una característica en su identidad que difícilmente puede cambiar. A través del prejuicio cultural un grupo mayoritario asigna por ejemplo que determinado color de piel esté relacionado con menos capacidades intelectuales o morales. Este proceso de categorización centra el origen de las diferencias entre los grupos en razones biológicas no como construcciones sociales. De este modo las diferencias son consideradas como algo inmutable, siendo por tanto inalterables (Mahalingam, 2007). De este modo si la creencia de que las mujeres son maternales está unida a que esta característica tiene un origen puramente genético resultando algo imposible de alterar. Cuando en realidad esta creencia es sólo una interpretación de las diferencias biológicas construidas socialmente (Wilkins, Molbron y Bó, 2015)

El estigma asocia determinados prejuicios (creencias generalmente infundadas e inciertas que hacen que sintamos miedo o rechazo hacia un grupo social). De esto modo socialmente se piensa que las personas con VIH tienen una vida sexual muy elevada, en la que se incluye todo tipo de orgías, consumo de drogas, sexo desprotegido y rituales satánicos. El estigma puede hacer que se experimente miedo ante la idea de compartir espacio de trabajo con una persona con VIH,  o que aparezcan otros sentimientos como el de asco o pena. Sencillamente estos prejuicios pueden llevar a una persona a sentir que aquellos que tienen el VIH no son de fiar. ¿Qué sucede cuando este proceso de categorización ha sido activado socialmente desde que tenemos recuerdo?.

 Que el estigma pasa a estar internalizado, proceso mediante el cual los estereotipos negativos y actitudes negativas hacia las personas seropositivas, como por ejemplo creer que tienen lo que se merecen o que son menos merecedores de respeto, no sólo aceptados sino incorporados a la identidad del individuo.  De este modo alguien que albergue la creencia de que las personas con VIH tienen lo que han ido buscando, cuando adquiera la infección difícilmente podrá dejar de sentirse culpable y pasará tiempo recriminándose el haberse comportado como un ser humano. El autoestima podría definirse como un proceso desadaptativo en el que la persona acepta prejuicios sociales e integra esta creencia como parte de su autoconcepto. (Livingston & Boyd, 2010a). El autoestigma es la señal que un individuo se impone así mismo en base a todo cuanto ha aprendido de lo que era ese grupo social. En el caso del VIH es creer, sentir y comportarse con uno mismo (y hacia otras personas seropositivas) en base a todos los prejuicios que adquirió siendo seronegativo.

El autoestigma hace que una persona con VIH pueda sentirse dañada, inferior a los demás. Que asuma que el seroestatus le devalúa como si de un producto con una tara se tratara. A menudo he escuchado exclamar “¿Quién me va a querer ahora?, ¿si ya es de por si difícil encontrar pareja ahora encima con VIH será imposible?”. Si eres tú quien cree profundamente que las personas seropositivas son inferiores a los demás o que están dañadas, aunque tú mismo lo seas, te comportarás como si realmente fueras. Esto no sólo puede generar una baja autoestima sino que pone en riesgo tu salud y calidad de vida. Ya que al ser una persona dañada hay poco que puedas hacer para el autocuidado ya sea físico o emocional. Además este autoestigma genera sentimientos de tristeza, de baja eficacia.

También puede generar cierta indefensión, mecanismo a través del cual una persona se siente incapaz de formar parte de una solución que promueva cualquier mejoría. El aceptar como propios los estereotipos negativos de las personas con VIH promueve la invisibilidad y el silencio, dificultando que vivan con naturalidad su realidad. Tomar como propios los estereotipos negativos de un grupo social puede generar ansiedad o malestar. Como los casos en los que una persona sólo hablan del VIH con sus profesionales de referencia, tratando de olvidar el resto del tiempo que viven con la infección. No naturalizar esta realidad puede promover cierta ansiedad cuando se aproxima la visita al hospital, abriendo la herida emocional que supuso el diagnóstico. Dificulta la elaboración del duelo e incluso el acceso a asociaciones o servicios específicos que prestan apoyo entre iguales.

En definitiva el autoestigma es uno de los mayores obstáculos para alcanzar una buena calidad de vida, en la que no haya espacio para los sentimientos de inferioridad, culpabilidad o vergüenza. Mitigarlo es un compromiso que Imagina MÁS mantiene en todas las acciones que lleva a cabo. Si te has identificado con algunos puntos de esta editorial y consideras que puedes necesitar ayuda para superar esta difícil situación puedes contar con nuestro equipo. A través de atención psicológica y social de forma individual o bien mediante actividades de grupo entre iguales trabajaremos conjuntamente con el fin de erradicar el autoestigma y sus desagradables consecuencias.

Iván Zaro, Trabajador Social