La discriminación consiste en el uso de un trato desfavorable, perjudicial y de exclusión a otras personas por motivos de género, orientación del deseo, identidad de género, edad, origen racial o étnico, origen social, diversidad funcional y otras circunstancias personales o sociales.

Asimismo, y según la legislación, existen dos tipos de discriminación la directa y la indirecta. La primera de ellas suele ser más visible, explícita y se da cuando una persona es tratada de manera perjudicial o desfavorable en comparación a otra en situaciones similares por los motivos de discriminación ya mencionados. Por ejemplo, cuando se prohíbe la entrada a una mujer en un espacio por el hecho de serlo. En el caso de la discriminación indirecta es más estructural y menos visible. Esto se da cuando a través de políticas públicas, disposiciones legales… se produce un impacto negativo e incluso neutro (esto implica una reproducción de la desigualdad) sobre las desigualdades que ya existen de base por los motivos mencionados al inicio.

En este punto es importante mencionar que no toda diferencia de trato es discriminación. En ocasiones, existe una diferencia de trato necesaria para atender de manera equitativa unas necesidades específicas para poder erradicar las desigualdades y promover la igualdad.

En definitiva, a través de la práctica discriminatoria se mantienen las desigualdades y no sólo se provoca un daño psicosocial sobre las personas también consiste en la privación de los derechos fundamentales de las mismas.

Sin embargo, al hablar de discriminación, en ocasiones se nos va la mirada hacia la persona o el grupo de personas que la han sufrido. Se buscan razones o factores de riesgo que potencian la posibilidad de vivenciar situaciones de discriminación y, a su vez, poder intervenir. Pero la discriminación no la cometen unos seres de otro planeta ni viene dada porque sí cuando cumples esos “factores de riesgo”. La discriminación se da entre personas, lo que supone que por cada persona discriminada hay mínimo una persona discriminando. La discriminación es parte de las relaciones que hemos construido dentro de esta estructura social que de base ya es desigual.

Lo que se esconde detrás de la discriminación es la idealización de un grupo unido con un enemigo común fuera del mismo. Y puede darse que perteneciendo a un grupo discriminado ejerza a su vez la discriminación, es decir, un día te discriminan y al siguiente discriminas. Esto implica que al identificarte dentro de tu grupo en el que las diferencias no son aceptadas, se genera la necesidad de crear la diferencia en el enemigo. En definitiva, te termina definiendo la unión con el grupo que discrimina y que oprime y la diferenciación hacia el enemigo. Te construyes a través de la identificación con el opresor y la diferenciación con el oprimido. Al final se observa una dificultad en sostenerse a sí misma y a las diferencias grupales.

En el caso de situaciones de discriminación por razones de orientación o por identidad de género se cree que de fondo existe una homofobia internalizada en la persona que discrimina, así como una alta identificación con la masculinidad hegemónica. En el caso de la masculinidad hegemónica, se construye en base al “no ser mujer” esto implica que las personas que se identifican de esta manera con este género, tratan continuamente en mostrarse y ser leídos como “súper machos”, pero en el fondo esta identificación con la masculinidad hegemónica no se construye por un proceso de identificación con la propia masculinidad, sino a través de la diferenciación con lo femenino, es decir, cuanto más me separe de los rasgos femeninos más macho soy. Esta identidad del “súper macho”, lleva implícita la idea de que tienen que ser muy heterosexuales y poseer a las mujeres porque si te pones a su altura se puede dudar de su masculinidad y dejarían de ser “súper machos”.  Esto nos lleva a un rasgo de fondo de la masculinidad que es la homofobia, es decir, relacionarte sexual y afectivamente con otros hombres implica generar dudas dentro del deber ser “súper macho”. Entonces para mantener el estatus (autoritario) de macho existe el rechazo a la homosexualidad por el miedo a que la gente te lea como femenino y justo del “no ser mujer” parte la construcción de tu identidad de “súper macho”.

Todo esto implica estar replanteándonos continuamente no solo nuestras opiniones sino nuestra propia construcción como personas. Muchas de las razones de la discriminación se encuentran ocultas, y por ello, se normaliza esta opresión. Pero en realidad están actuando en las personas, nos manejan y en ocasiones nos dejamos manejar porque la alternativa, que puede suponer la igualdad, implica la pérdida de parte de la identidad construida en base a la diferenciación (no ser…). Esto nos lleva a la necesidad del reconocimiento propio y de la otra persona para poder enfrentarnos a la discriminación.

Miren Zuazua, psicóloga

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