Qué caprichoso es el destino, qué cíclica la historia. Hace cuarenta años, cuando nuestra civilización estaba tomándose un descanso de pestes y epidemias, una oscura casualidad hecha de infinitas casualidades también oscuras, trajo hasta nosotros el VIH.

El VIH-sida fue la epidemia más relevante que la humanidad vivió en el siglo XX –con permiso de la “gripe española”- y sigue siéndolo hoy en día, aunque en los países económicamente más avanzados hayamos conseguido vivir de espaldas a esta realidad. Ah, qué tiempos aquellos y estos, porque no han pasado en absoluto. Qué tiempos los del VIH y la responsabilidad. El VIH y los contactos evitables. El VIH y la sospecha. El VIH y el miedo. El VIH y las precauciones. El VIH y las limitaciones. El VIH y las salidas del armario del VIH. El VIH y los grupos de riesgo. El VIH y el desconocimiento. El VIH y el señalamiento. El VIH y la vida antes del VIH.

Y la historia, que no siempre decide poner a todos en su sitio, esta vez ha decidido que sí. Que va a poner a la humanidad en su sitio en cuestión de semanas. Que se va a dar el capricho de enseñarnos qué es sospechar, qué es ser responsable, qué es salir ahí fuera y decir delante de todos: Yo, miradme, yo soy seropositivo para COVID-19, lo soy, sí, lo soy. Soy la presidenta. Soy el alcalde. Soy el heterosexual. Soy el famoso. Soy la madre. Soy la anciana. Soy el médico. Yo, yo he dado positivo. Yo hice lo que hacen todos, yo fui donde fueron todas, yo me puse la mascarilla, yo di la mano, yo salí aquel día de casa. Yo, maldita sea, miradme. Yo soy positiva. Me he hecho las pruebas y he dado positivo.

Cuando todo pase, porque pasará, porque al destino se le pasan los caprichos, porque la historia igual que da una vuelta da la contraria –siempre alrededor de la misma circunferencia- entonces… Entonces, entre los destrozos económicos de la epidemia de COVID-19, entre el estremecerse de nuestros cuerpos cuando vuelvan a abrazarse, cuando sientan de nuevo el calor que va a recorrer nuestra espalda cuando alguien vuelva a acariciarnos, cuando nos reencontremos en la barra de un bar, en la pista de una discoteca, en una manifestación o frente a frente en la mesa de un restaurante, entonces habrá que dar cuenta de las lecciones aprendidas. De todas esas cosas que hemos aprendido como sociedad sobre el sentirnos señalados, sobre el hacer visible nuestra salud, sobre el tener miedo de alguien con quien compartimos espacio, sobre las barreras gaseosas entre lo prevenible y lo inevitable. Deberemos dar cuenta de lo aprendido sobre lo importante de la vida y así quitarle trabajo a la historia cuando decida que es hora de volver a ponernos donde nos corresponde.

Rafael San Román, psicólogo

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