El 30 de junio de 2016, presenté el siguiente texto en la Fundación Sexpol, en un acto organizado por Apoyo Positivo e Imagina Más, en el que Jorge Garrido (Apoyo Positivo) nos puso al día en el debate sobre PrEP y Chemsex, y yo hablé sobre la importancia de dar la cara en tanto personas seropositivas con derecho al deseo y al placer. El título original de esta presentación era «La campana en la ciudad medieval». Para el blog, he cambiado el título, pero el texto es el mismo. Gracias a todos los que nos acompañaron ese día de la semana del orgullo LGTBIQ+ en Madrid. Nos hicieron sentir muy arropados.

 

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La medicina no siempre fue como hoy la conocemos. En la Edad Media, el médico era una suerte de curandero, mitad barbero mitad brujo, cuyos diagnósticos eran a la vez físicos y morales. Las enfermedades no las causaban virus ni bacterias -pensaban ellos- sino que eran castigo divino. El hombre se enfermaba porque había pecado; la enfermedad era la represalia de Dios, una marca de la cólera divina en el cuerpo del pecador, un estigma.

Los sanos rehuían a los enfermos como quien rehúye al que ha caído en las garras del demonio.

Luego vino el s. XVIII, la Ilustración, la modernidad, las luces; y el proceso de racionalización que conllevó supuso precisamente separar la medicina de la brujería y la religión. Entonces aprendimos que las enfermedades en realidad no son castigo de Dios, sino que se producen por predisposición genética, por algún hábito perjudicial (de los que tenemos todos), por algún virus o bacteria, por puro azar. Uno se enferma, simple y llanamente, por existir, por vivir en un ecosistema rico en organismos -algunos de esos organismos son bastante puñeteros-, por entrar en contacto con otros cuerpos.

La Ilustración descargaba poco a poco al enfermo de esa marca moral. Un enfermo ya no tenía que ser necesariamente pecador. Ya no tenía que avergonzarse, ni humillarse ante los demás. La enfermedad ya no era motivo de vergüenza. Los enfermos, desde el siglo XVIII, comienzan a producir pena, pero no culpa (ninguna de las dos son de mi agrado).

Nosotros hoy nos creemos muy modernos, nos creemos hijos de esa Ilustración racionalista cuya única fe es que la ciencia lo puede explicar todo. Pero esto es una absoluta mentira. La supersticción medieval sigue funcionando hoy. Esta racionalización no ha funcionado igual para todas las enfermedades. Para las infecciones de transmisión sexual, poco ha cambiado desde la Edad Media. Nuestro diagnóstico sigue siendo físico y moral, lo nuestro no es un virus, sino un castigo divino. Todos hemos escuchado esa terrible diferenciación entre “enfermedades que se padecen” y “enfermedades que se merecen”. Hasta nosotros mismos puede que lo hayamos pensado así: “nos lo buscamos”. Para muchos, nuestra condición médica (que no enfermedad) es de las que se merecen. De ahí que la historia del VIH/sida empezase con una matanza; los políticos miraron para otro lado porque se creían que sólo afectaba a un grupo social determinado, el de los maricones, que se habían entregado a la vida disoluta. El VIH se pensó como un castigo divino: Sodoma arrasada una vez más por el Señor.

Creo que con este inicio de presentación acabo de ganarme, por méritos propios, el título del peor ponente de charlas motivacionales de la historia. Yo anuncié que el tema de mi charla sería VIH y placer, y arranco con una monserga sobre castigos divinos en la Edad Media. En realidad yo no quiero motivar a nadie, lo que quiero decir es que estoy hasta los huevos. Ésta es nuestra situación. Y si queremos hacer algo de aquí en adelante, es importante recapacitar por qué tanta vergüenza absurda rodea a este virus. Es importante no olvidarlo, saber de dónde venimos, saber por qué nos es tan difícil hablar abiertamente del VIH (que al fin y al cabo no es más que uno de los muchos otros virus que pululan por ahí, como el del resfriado). No hay nada moralmente censurable en dos cuerpos que entran en contacto de forma consensuada para darse placer. Nada. Y no hay ningún virus que se merezca. Sin embargo, nos han enseñado lo contrario.

A veces pienso que el estigma no es sino otra estrategia de ciertas campañas de salud sexual. Pienso esto porque no entiendo que desde que se descubrió el virus la ciencia haya avanzado a la velocidad de la luz (hoy nuestra esperanza y calidad de vida es similar a la de cualquier seronegativo), pero el estigma siga prácticamente a niveles del año en que yo nací, 1985. Las campañas de salud sexual destilan estigma cuando empiezan y terminan en la prevención, sin abordar qué pasa tras el diagnóstico; cuando nos silencian, cuando no muestran nuestras caras, nuestras voces, ni nuestras historias.

Llevo unos días por Madrid y he visto campañas sobre leucemia con enfermos luchando con cara de alegría por salir adelante. Campañas similares pueden encontrarse por todo el mundo, también de otras enfermedades. ¿Por qué nunca hay anuncios así sobre el VIH? ¿Por qué a nosotros siempre nos esconden, como si fuéramos monstruos radiactivos? ¿Por qué nosotros mismo nos escondemos e interiorizamos esa vergüenza? El VIH puede que haya aparecido en los 70, pero funciona socialmente como una enfermedad medieval.

Muchas campañas siguen basadas en el miedo -condón o muerte- y sólo el hecho de salir y dar la cara, hablar desde nuestros cuerpos seropositivos y sanos, sería contradecir esas campañas. Para que las campañas funcionen, nosotros debemos permanecer callados e invisibles, cerrados bajo doble llave en el armario perverso del VIH.

Ni de coña.

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Salí del armario como hombre gay a los 17 años, no hay quien me vuelva a meter en un armario a los 31. Por eso hoy quiero decir aquí públicamente lo que ya digo cada semana en mi blog de Imagina Más: que tengo VIH. Que soy seropositivo. Que estoy sano. Que no tengo ni una pizca de vergüenza. Que no tengo miedo (bueno, vale, un poquito). Que no voy a ser esclavo de los miedos y las supersticiones de nadie. Que no voy a ser esclavo del puritanismo ni la mojigatería de nadie. Que voy a hablar. Que voy a contar mi historia. Que la salud no es sólo tomarse una pastilla y ser indetectable. Que queremos la cura ya. Que no nos conformamos con ser clientes de por vida de empresas farmacéuticas para las que es más cómodo y rentable mantenernos crónicos que curados. Que la salud también tiene mucho que ver con las emociones, las relaciones, el poder y el placer. Que tenemos derecho al placer. Que nos gusta follar. Que nos gusta dar placer. Que nos encanta que nos den placer. Que tenemos derecho al sexo. A la intimidad. A las relaciones amorosas. A experimentar con nuestros cuerpos. Que nuestros cuerpos no son radiactivos. En todo caso adictivos, porque hemos visto el sexo desde lo más profundo y hemos aprendido a hacerlo muy bien. Y papi, eso engancha. Que vamos a tener sexo como queramos tenerlo. Consensuado, por supuesto; pero también con toda la información en la mano sobre cómo prevenir o reducir riesgos. Que no nos digan cómo hay que follar, ni a los seronegativos ni a los seropositivos. Que la decisión la podemos tomar nosotros, pero que para ello necesitamos que la información esté disponible, sea clara y accesible.

La intimidad de los seropositivos se ha vuelto un arma política. Tener intimidad, sexo, placer en tanto persona seropositiva es una cuestión activista. Y hablar de ello (con moderación, que tampoco os voy a hacer tragar si me gusta más el misionero o el perrito -¡¡EL MISIONERO!!-) sin vergüenza, con la codicia de quien quiere más y más, de que somos cuerpos deseantes, con virus o sin virus, de que el sexo es una relación emocional y una forma de conocimiento del otro. Que los follamigos también son formas de familia y que hay amigos que follan es-pec-ta-cu-lar-men-te bien.

La historia que yo vengo a contar no es sencilla. Es más sencillo explicarle al mundo que si te pones el condón todo va a salir bien, y si no te lo pones, te espera una muerte horrible. Pero ambas cosas son mentiras. Los cientos de seropositivos que he conocido desde que hablé públicamente de mi seropositividad tienen historias más complejas que éstas, todas y cada una de nuestras historias son más complejas, porque la vida es más compleja que esa ecuación simple y estúpida.

Yo no sé cómo me infecté. Y esto es muy difícil de decir para mí porque cada vez que lo digo suena como si me estuviera justificando. “Yo fui un niño bueno que usé siempre condón y no sé cómo me ha podido pasar esto”. Primero, niño bueno no he sido nunca. Segundo, siempre he usado condón. ¿Por qué cuento esto, entonces? Porque lo más difícil para mí del diagnóstico fue, y sigue siendo, el profundo sentimiento de estafa que yo sentí. La estafa del sexo seguro. Póntelo, pónselo y no pasará nada. Bueno, pues a mí me pasó algo. ¿Cómo explicar eso?

Queridos y queridas, el sexo seguro no existe. Ni ha existido, ni va a existir. El sexo, como decía antes, nunca es seguro, no funciona así, no es una ecuación donde podemos controlar todas las variables. El sexo es riesgo, porque si no, no sería sexo. El sexo es límite. Es abrirse física y emocionalmente. Es dar lo que uno no sabía que tenía. Yo siempre usé condón con mis amantes, con todos y cada uno. Me daba pavor no hacerlo, y tenía una opinión feroz contra aquellos que follaban a pelo. Putas, cerdos, locos, descerebrados. Cuando me diagnosticaron, llamé a todos mis amantes, como estipula la ley del Estado de Nueva York, donde vivo, y todos me dijeron que eran negativos, hasta hoy, que lo siguen siendo. Todos menos uno, al que nunca pude contactar porque no tenía su número. Usamos condón, igual.

Sólo no usé condón con mi marido. Llevamos casi 10 años juntos, nunca usamos condón. Él había decidido meses antes tomar PrEP y yo me había negado a iniciar un tratamiento de PrEP, primero porque siempre desconfié de las farmacéuticas y me negaba a estar medicándome sólo por prevención. Segundo, porque PrEP es de putas que follan a pelo, y si les pasa algo malo, se lo merecen. Eso pensaba yo por aquel entonces. Hoy, dos años después, mi marido sigue siendo seronegativo y yo me seroconvertí, soy seropositivo. El VIH corre por mi cuerpo (bueno, en realidad no corre tanto, está en sus santuarios). Pasé al lado de las putas, los cerdos, los locos y los descerebrados. Y me tuve que tragar mi propio estigma. No fue fácil.

A ver, que quede claro: no hablo contra los condones. En absoluto. Todo lo contrario. Los condones son un método de prevención fantástico, barato, accesible. Es fundamental que todas las personas, en cualquier lugar del mundo, puedan acceder al condón y sepan cómo usarlo. Pero no son magia. Porque la magia en la salud sexual no existe. Y porque a todo el mundo no le vale un condón, por mucho que queramos metérselos con fórcex, o ponerlos en la falsa diatriba de condón o muerte. Hay gente que folla a pelo y va a seguir follando a pelo. Por eso mismo necesitamos opciones más allá de los condones, necesitamos PrEP y necesitamos seguir investigando en prevención. Pero sobre todo necesitamos repensar la salud sexual desde cero, poner el acento en la libertad de cada individuo para eligir lo que le conviene, conociendo los riesgos, necesitamos enfatizar los éxitos de las campañas de reducción de riesgos, explicar que al fin y al cabo la salud sexual es un continuum, un cálculo de posibilidades, que nada es mágico, 100% efectivo, pero que sí hay mucho, muchísimo, que podemos hacer por cuidarnos y cuidar del otro. Sin imposiciones, sin paternalismos. Ni de gobiernos, ni de activistas, ni de amantes, ni de amigos.

Esto no quiero decir tampoco que todo dé igual. Yo me tomo muy en serio mi salud, y tanto o más en serio la salud del otro. Gracias a una sugerencia de Iván, que me hizo leer Ética promiscua, uno de mis primeros posts para ASS- fue sobre ética seropositiva. Y ahí dejé claro que para mí el sexo tiene que ver con darse placer mutuamente, pero también con cuidarse mutuamente.

Volvamos al principio de la charla, e imaginemos por un momento que estamos en una ciudad medieval. Imaginemos que estamos en el Madrid medieval, que era entonces una aldeilla perdida a orillas del Manzanares, una tarde de principios de verano, en una calle de piedra, con una fuente donde unas mujeres se apoyan para charlar mientras llenan lo cántaros de agua, unos hombres que pasan por ahí, el ruido de los niños jugando en algún patio. Imaginaos que en ese momento, calle abajo, comienza a sonar una campana. Al escucharla, todos los presentes fruncen el ceño y paran la conversación. Poco a poco va apareciendo en el horizonte una silueta de un hombre encapuchado con una campana en la mano. La va haciendo sonar. Todos los presentes recogen sus bártulos y se van, la calle queda desierta.

En la Edad Media, donde las enfermedades eran producidas por castigo divino, la enfermedad más estigmatizada que podía sufrir un hombre o una mujer, y, por tanto, el mayor castigo de Dios contra una persona, era la lepra. Los leprosos estaban marcados, obligados a anunciarse con antelación allá por donde pasaban, de ahí la campana. No podían vivir en la ciudad, se podían relacionar sólo con otros leprosos, caminar por el mundo como almas en pena. Por un lado, invisibilizados en sus capuchas, para no mostrar sus heridas, avergonzados de que Dios les haya retirado el favor; por otro, hipervisibles, pues debían marcar sus pasos con el tintineo de una campana.

¿Quiénes son los leprosos del siglo XXI? ¿Quiénes nos ocultamos por vergüenza, pero nos exigen al mismo tiempo que revelemos nuestra condición médica, para que el otro pueda decidir si quiere tener una relación con nosotros o salir huyendo? ¿Qué ‘enfermedad’ sigue padeciendo el estigma divino, se considera una enfermedad merecida, castigo de Dios por habernos portado mal?

 

Igual os parece una comparación exagerada, pero no lo es. A los seropositivos nos siguen cargando con un estigma sin límites y una violencia brutal. Hace no mucho vimos cómo un hombre hemofílico con VIH tuvo una crisis en Santander, comenzó a sangrar muchísimo y lo asistieron en una farmacia. Tras llevarse al pobre hombre al hospital, los bomberos decidieron quemar el sofá donde se había recostado, como si fuese radiactivo, como si estuviera embrujado, como se quemaban a las bujas en la Edad Media. Estos días corre por Internet un video de una chica que atropelló con su coche a su novio, que le acababa de confesar que tenía VIH. Como quien ha visto al demonio. (Fíjense el verbo de raigambre cristiana, ‘confesar que tenía VIH’, seguimos ‘confesando’ que tenemos VIH. Nadie confiesa que tiene cáncer, o paperas, pero confesamos que tenemos VIH, porque lo comunicamos como si buscásemos perdón). En Londres, hace unas semanas, un chico maniató, torturó y terminó matando a su novio, que le acababa de confesar que tenía VIH. Tras el atentado de Orlando, una de las hipótesis que se oyó fue que el terrorista homófobo había actuado por venganza contra un amante con el que había tenido sexo a pelo y le había confesado que era seropositivo. No hace falta corroborar que esta hipótesis sea cierta o no (parece que no lo es); simplemente que sea plausible, que alguien piense que ésa puede ser una razón creíble para que otro haya perpetrado una matanza de tal magnitud, ya nos habla del tipo de violencia a la que nos exponemos por revelar nuestro estatus serológico a una sociedad ignorante, movida por el pavor irracional.

(Tan ignorante como era yo mismo antes de mi diagnóstico)

Quiero rescatar dos elementos del atuendo del leproso y ver cómo se han transformado en el siglo XXI: la capucha con la que tapa su cara y la campana con que se anuncia. Pensémoslo para el VIH.

La capucha para taparse por miedo a mostrar su cara carcomida, su rostro desfigurado, y por la vergüenza de padecer ese mal, por revelar a todos los demás que ha pecado y Dios lo ha castigado. ¿Qué ha pasado con la capucha de los seropositivos? Hoy ya no tenemos señales visibles del VIH, que se ha convertido en una ‘enfermedad’ casi virtual, controlable. No hay manera de saber quién tiene y quién no tiene VIH basándonos en el aspecto externo. Esto, desde luego, es una gran avance que hay que celebrar, pero también ha producido dos efectos indeseables (yo soy culpable de ambos): por un lado, renegar de la historia del VIH. Por otro lado, la obsesión con nuestro físico.

Renegamos de la historia del VIH cada vez que repetimos, indignados, que nosotros no somos los 80, que nosotros no tenemos sida (a veces hasta lo decimos con asco), que los que vivieron los 80 deben de dar pasos hacia delante y dejar de revolverse en su propio dolor. Nos incomodan, a los que nos infectamos recientemente nos incomodan las generaciones anteriores del VIH/sida, preferimos obviarlas, renunciamos a aceptar que tenemos una historia común.

Esto me parece nefasto. Nosotros sí somos los 80, lo único que nos separa de ellos es que ahora sí tenemos tratamientos efectivos, pero aquellos de los 80 eran jóvenes igual que nosotros, explorando su sexualidad igual que nosotros, mujeres tratando de liberarse del yugo machista, de las flechas del amor romántico; hombres gays, pioneros, creativos, sentando las bases de un mundo menos reprimido y más abierto a otro tipo de experiencias, que, de alguna forma, son los orígenes de que yo pueda hoy estar hablando aquí, como hombre homosexual y seropositivo visible, conversando sobre lo que deseo y lo que me preocupa. El VIH tiene historia y memoria. Toda la historia y la memoria del VIH corre por nuestras venas, y estas epidemias (que no sólo es la del VIH, sino también la del puritanismo y la mojigatería) sólo se acaban si conseguimos construir un diálogo intergeneracional entre todas aquellas y aquellos que padecemos el virus, nos infectáramos en 1984 o en 2015, nosotros y nuestras familias.

El segundo efecto, la obsesión con nuestro físico. El miedo a que el otro esté buscando, en vano, las marcas del VIH sobre nuestra piel, en nuestra carne. La obligación interiorizada de estar más sanos que nunca. En realidad, no necesariamente a estar más sanos, sino a parecerlo. A parecer más apetecibles, más fuertes, más sexys, más atractivos, más deseados. Como para contrarrestar el virus, como para decirnos a nosotros mismos que en realidad nada ha cambiado si los demás nos siguen mirando con ojos golosos, como si ahora cuando alguien se fija en nosotros tuviéramos que dar las gracias.

Relajémonos; cuidémonos, por supuesto, pero cada uno a su manera, sin intentar leer continuamente la mente de los demás (¿me habrá rechazado por el virus, o simplemente porque no soy su tipo?). Si lo que queremos realmente es que no nos rechacen por portar este virus, colaboremos a construir una sociedad informada y sexualmente empoderada, pero no transformemos esta angustia de que no nos quieran en la obsesión de vernos siempre perfectos.

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Jorge Garrido, de Apoyo Positivo, sobre PrEP y Chemsex

El otro elemento que quería pensar era la campana. Si la capucha nos invisibiliza, la campana nos hipervisibiliza. Esta es una cuestión muy paradójica para mí, al vivir entre dos mundo, el madrileño y el neoyorkino. Aquí, en Madrid, nadie está obligado a revelar su estatus serológico casi nunca, ni siquiera cuando vamos al médico en algunos casos, ni cuando mantenemos una relación sexual con un amante ocasional. En el Estado de Nueva York, sí, por ley, y conozco casos de personas que han ingresado en prisión por no hacerlo (por no revelar su estatus serológico, a pesar de haber usado condón, siendo indetectable y sin que se produjera transmisión). Aquí en Madrid uno puede esconder casi completamente su virus; en NY tengo que ir con una campana del tamaño de una catedral siempre dándole al badajo (¡con lo que a mí me gusta darle al badajo!).

Ambas situaciones tienen sus pros y sus contras. Uno puede mantener una vida social y sexual aquí con más normalidad, sin tener que estar todo el día pensando en el VIH, sin ser cuestionado. Pero al mismo tiempo hay un problema enorme: nadie, absolutamente nadie, habla de VIH. Asociaciones como Imagina Más, Apoyo Positivo o la Fundación Sexpol tratan de promover la conversación sobre el VIH. Pero la conversación nunca aparece espontáneamente en la calle. Y esto es peligroso, porque uno, si es seronegativo, se expone más al virus si no lo conoce; y otro, si es seropositivo, padece potencialmente más el estigma de una sociedad que no tiene la más mínima idea de lo que es el VIH porque nunca habla de él. En Nueva York yo sí pienso que la sociedad en general está más informada, y particularmente los gays saben bastante del tema, porque como tenemos que revelar siempre el seroestatus, hablamos más de VIH. Pero hay muchos otros peligros, también tremendos: la criminalización, la estigmatización legal de un sistema judicial que carga con la responsabilidad de la transmisión sólo a la persona con VIH, como si el otro no hubiese decidido por cuenta propia también tener sexo, quizás exponerse de cualquier forma.

Uno no sabe lo que es mejor o peor en esta cuestión de la visibilización e invisibilización forzadas. Yo os voy a contar mi posición, por qué escribo el blog y por qué estoy hoy aquí delante de vosotros hablando de mí, de mi cuerpo, de mis deseos y de mi virus. No digo que esto sea lo que hay que hacer, para mí éstas son decisiones completamente personales y cada cual debe buscarse su fórmula, pero ésta es la que yo he elegido. Yo he optado por llevar no una campanita, sino un campanón. Ser seropositivo visible y hablar mucho del virus. Con el objetivo de que, algún día, de tanto hacer visible mi virus, deje de verse; hayamos asimilado la realidad del VIH y Miguel deje de ser ese chico con VIH, para que un día mi blog ya no tenga más sentido. Pero sobre todo para hacer entender que el VIH es sólo una excusa para hablar de otras muchas cosas mucho más amplias y hasta diría que más importantes: hablar de VIH es hablar de la forma como nos relacionamos, los miedos que determinan nuestras decisiones, la intimidad, el amor, la responsabilidad, el cuidado del otro, el placer.

El placer, ¡por fin el placer! A estas alturas estaréis pensado: “vaya tela este tío que nos dijo que veía a hablar de VIH y placer, y ha terminado diciendo que los seropositivos son/somos leprosos”. No es que no seamos leprosos, es que no queremos ser tratados como leprosos (ni los leprosos tampoco quieren ser tratados como tales, conste. Ojalá pudiéramos haber escuchado la voz de los leprosos del medioevo). No queremos ni capucha ni campana, no queremos que el resto de la sociedad piense que la solución a su ignorancia es la represión de nuestra sexualidad, sociabilidad, capacidad laboral, capacidad de construir una familia.

Para que no nos hagan vivir con capucha y con campana mi estrategia es hablar desde donde más le incomoda al resto: desde mi sexualidad y mi placer seropositivo. Yo no vengo a pedir migajas y a rogar perdón; yo lo quiero todo. Sin renuncias. El VIh no debería significar renunciar a la intimidad, las relaciones y el placer. El blog se llama ASS- (Amor, Sexo y Serología), acrónimo de “culo” en inglés, porque quería tomar como emblema lo que supuestamente debería avergonzarme: mi sexualidad, mi homosexualidad, el hecho de ser penetrado. Yo quería reivindicar mi culo (mi culito), hablar desde el culo como órgano de placer, antes y después de mi seroconversión. Y es que nuestro placer es tabú. Seguro que os acordáis de la canción “Fallo positivo”, de Mecano, que decía “Te negaste toda pasión”. Tras la seroconversión nosotros somos los primeros en negarnos la pasión, el placer, la intimidad. Desde fuera, nuestro placer también está completamente reprimido: o lo silencian, o “nos lo permiten” como si fuera una caridad.

Yo quería hablar de VIH desde otro lugar que no fuera el drama, el dolor y la vergüenza. Hablar de VIH desde el placer, y desde el culo, es una forma de decir que no tenemos vergüenza, que no vamos a renunciar a nada, que queremos reivindicar nuestro cuerpo, para tomar nosotros, bien informados y empoderados, las decisiones que creamos convenientes para nuestra sexualidad y nuestra salud, reivindicar nuestra piel.

Cualquiera que lea el blog pensará: “este chico está obsesionado con el sexo”. Sí, lo estoy, me declaro culpable. Pero fijaos, no es una obsesión con tener mucho sexo, o con tener muchos amantes. En el fondo, elegí ser un hombre tradicional en buena parte de mi vida: llevo diez años con mi marido, y mi plan es pasar sesenta años más con él. Ok, casi tradicional. ((Ésta es la versión para todos los públicos))

Mi obsesión por el sexo es también una obsesión política. En el sentido de construir, poco a poco, sin prisas, sin pausas, una utopía sexual. ¿Qué es esto de una utopía sexual? Desde pequeños nos enseñan a temer al otro, a tener miedo del desconocido, del diferente, a sospechar de lo que no entendemos. El racismo, la xenofobia, la homofobia, la serofobia vienen de ese miedo a no mezclarnos con lo que es (o lo que parece) diferente a nosotros. El VIH y la forma como las campañas de salud sexual siguen funcionando en una buena parte del mundo es una manifestación extrema de ese miedo al otro: nos infunden desde chiquititos la idea de que el otro siempre viene a hacernos daño. Y para el sexo: “No te acuestes con ése, te puede pasar el VIH”.

Me interesa el sexo porque desmonta todo eso. Nos han enseñado a desconfiar del otro, y el sexo es una forma de darle la vuelta a eso; en vez de desconfiar del otro, lo recibimos, literalmente, en nuestro cuerpo. El sexo es una forma de rebelarnos contra nuestra educación basada en el miedo. El sexo es abrirte y ser un buen anfitrión; o entrar hasta la cocina en la casa del otro, explorarlo a fondo.

En Grindr mi seropositividad es visible, lo digo en mi perfil. Hace unos días, un chico italiano muy sexy me contactó, intercambiamos un par de fotos, me hizo un par de preguntas morbosas, y mencionó lo del VIH. Le dije: “pregunta lo que quieras, sin vergüenza, yo contesto encantado”. Y me respondió: “ya sé todo del VIH, prefiero que hablemos de nosotros”. Ése es un pequeño paso hacia la utopía sexual; la necesidad de no darle demasiadas vueltas porque ya tenemos la información.

Construir una utopía sexual es hablar de placer, como quería este chico. Yo no es que esté más o menos obsesionado con el sexo; es que hablar de sexo y placer se trata de hablar de nosotros, de no temernos, de combatir el miedo, de construir un nosotros, quizás precario, quizás inestable, pero un nosotros nuestro. Hablar de placer siendo seropositivo es un hecho inesperado, radical. Igual no tengamos mucha pinta de Che Guevara ninguno de los que estamos aquí, pero cada vez que nos reunimos para hablar de placer, más aún para hablar de placer seropositivo, estamos perpetrando un pequeño acto revolucionario.

 

Me interesa qué piensas sobre este tema. Puedes escribirme abajo en los comentarios, en Facebook, o en amorsexoserologia@gmail.com

Éste es un post de ASS- escrito por Miguel Caballero para Imagina Más