Fotografía: Jordi Surribas

“Ahora mismo eres un coche que corre a 200km/h en una autopista que termina abruptamente con un muro. Lo único que podemos hacer es tirar piedras contra tus ruedas para que reduzcas la velocidad, pero no podemos evitar lo que ocurrirá.” Esto cuenta la voz pregrabada de Aimar, quien recupera para esta obra los recuerdos del diagnóstico de uno de los bailarines fallecidos en la epidemia de sida. Esto se lo decía una enfermera. Se escucha de fondo mientras que en el tatami alumbrado en azul otros cuatro bailarines de cuatro generaciones distintas bailan en continuo contacto físico. La coreografía no ha sido fijada de antemano, sino que surge conforme los cuerpos se dejan guiar por las canciones de décadas pasadas y el contoneo de los otros cuerpos. Buscan evocar -y convocar- los cuerpos de los bailarines que pudieron haber sido sus compañeros y referentes, pero que no están porque murieron en el fragor de la epidemia.

El sida trajo la conciencia de que todos los cuerpos del mundo están inevitablemente entrelazados, de que somos una cadena mundial de cuerpos en contacto. Sobre el contacto entre pieles e intercambio de fluidos que nos hace humanos cayó paradójicamente la sombra de la sospecha. Aunque no todos los contactos fueron vistos con el mismo recelo: en principio, fueron los hombres homosexuales el blanco de la condena (rápidamente unirían a la lista usuarios de drogas, haitianos…). Los médicos y políticos que siempre habían perseguido y condenado la homosexualidad, ahora decían prevenir contra ella por la propia salud de los homosexuales. El aislamiento, a veces voluntario y a veces impuesto, surgió como medida de precaución drástica ante el caos de no saber qué ocurre ni a quién creer. La intimidad se enrareció.

Intrigado por esta satanización del contacto físico, el bailarín Aimar Pérez Galí (Barcelona, 1982) inició una investigación sobre el impacto del sida en la danza, centrándose en el contexto español y latinoamericano, cuya memoria había quedado en gran medida soslayada. Muchos bailarines fueron afectados por la epidemia y fallecieron jóvenes. Y esto ocurrió en un momento en que la danza vivía su propia revolución de contacto: las propuestas de Steve Paxton cristalizaron en el contact improvisation, una nueva disciplina de baile constituida por piezas improvisadas que requerían el contacto físico continuo de los bailarines. Aimar pensó conjuntamente el auge del contact improvisation con el origen de la epidemia de sida, y a partir de esas reflexiones creó The Touching Community, una pieza de danza mitad invocación a los bailarines muertos, mitad celebración del acto de unir los cuerpos y tocarse.

Así lo cuenta: “Los orígenes del sida están marcados por el aislamiento de las personas diagnosticadas. Y es curioso, porque justo en ese momento hay un interés en la danza por salir del aislamiento de los bailarines. Hasta ese momento, tanto la danza clásica como la danza moderna habían impuesto bailarines verticales y aislados. Aunque bailaran en coro, lo hacían sin contacto, más allá del apoyo puntual de la mujer en el hombre que se produce en el ballet. Pero esto cambia a partir de los años 70, cuando el coreógrafo Steve Paxton introduce la necesidad de tocarse. En mi caso, yo quería explorar esa revolución en la danza en paralelo al impacto del sida, y pensé que la idea de contacto físico podía ser un buen lugar desde el que reflexionar y crear.”

Continúa:  “En principio, parecen situaciones opuestas: mientras que el sida aislaba, el contact improvisation creaba comunidades de contacto. La comunidad gay buscaba ser inmune, los bailarines salir de esa inmunidad ancestral de la danza, y tocarse. Sin embargo, llegarían a posiciones similares. Por un lado, el contact improvisation fue un revulsivo para el baile que también se expandió por el mundo a toda velocidad, como una forma de epidemia positiva. Pero la semejanza más importante es que ambos, por distintos caminos -uno deseado, otro no-, llegaron a conclusiones similares: renunciar a la inmunidad y perder las defensas abría la posibilidad a nuevas formas de relacionarse. Se dieron cuenta de que era urgente aprender a coexistir con el otro o lo otro, ya fuera el virus o los cuerpos de los bailarines.”

Fotografía: Jordi Surribas

Aimar apunta al centro de lo que demasiado a menudo se queda fuera de las discusiones sobre el VIH/sida: la intimidad, el contacto físico y emocional entre individuos, nuestra realidad humana como una Touching Community, una comunidad que toca y es tocada. ¿El surgimiento del sida cambió la forma en la que los homosexuales nos tocamos?, le pregunto. “Sin duda,” responde. “Por un lado, se activó todo un aparataje industrial: la industria de la protección y la farmacéutica, que comienza a mediar entre cuerpos que antes no se valían de estas prevenciones. Yo mismo hace muchísimos años que no tengo relaciones sexuales sin preservativo; he olvidado la sensación de un espacio de intimidad que no esté mediado por Durex. Hemos naturalizado esta mediación. Pero creo que lo más determinante fue que, como decía un bailarín mexicano a quien entrevisté, la muerte se había instalado en nuestra intimidad, y eso lo hemos interiorizado.”

“Desde la danza se abordó esta crisis de intimidad de forma radical. En la danza contact se buscaba que desapareciera el mediador, incluso que desapareciera el código. Como es una danza improvisada, son los cuerpos en relación los que producen ese código. Una fuente de inspiración importante para mí fue la charla que el activista de ACT UP Jon Greenberg dio en el Arteleku de Donosti en 1992, invitado por Gabriel Calparsoro. Jon era, además, hermano de un importante coreógrafo, Neil Greenberg. Pues bien, Jon decía que el virus le había enseñado a vivir con el otro sin ponerse tantas defensas, le había enseñado a dejarse ayudar. Contaba que muchas personas diagnosticadas habían pasado por el mismo proceso de crear una comunidad basada precisamente en esa pérdida de la inmunidad. Una comunidad que se toca y se deja tocar. Decía que uno se agota de poner barreras; que hay que bajar las barreras y dejarse impregnar por el otro. Esto es lo que buscaba el contact improvisation también: acabar con la ficción de inmunidad del bailarín individual y vertical para producir una comunidad horizontal o tridimensional de bailarines que se tocan. Algo mucho más complejo e interesante.”

The Touching Community ha sido presentada en varios espacios entre el año pasado y éste. Estuvo en el Festival Salmon de Barcelona en noviembre de 2016 y en el CAPC-Musé d’art contemporain de Burdeos este pasado mes de abril de 2017. Es una obra con varias capas: la coreografía siempre improvisada y siempre diferente sobre el tatami, la lectura de cartas a bailarines que murieron en los años más duros de la epidemia de sida, y un universo sonoro creado por Tirso Orive con canciones de Mecano, Arthur Russell, Queen, Derek Jarman o Juan Gabriel. “La pieza en sí es una carta,” continúa Aimar. “He creado otras piezas más teóricas, pero en esa ocasión quería afrontar otro tipo de escritura más íntima, que retratase una época. The Touching Community es una carta porque quiere comunicarse con los bailarines que ya no están, contarles que echamos de menos las enseñanzas que no nos pudieron dar. Debieron haber sido nuestros referentes, pero murieron y no supimos lo suficiente de ellos. En cierta forma, esta pieza es un trabajo de memoria histórica, de reparación. Un acto de justicia. The Touching Community busca poner nuestros cuerpos al servicio de los cuerpos que no están.”

¿Cómo crear comunidades a través del tacto?  “Es como la entrevista que le hiciste a Raúl sobre los cuartos oscuros,” comenta Aimar. “La cultura occidental es oculocéntrica, hemos privilegiado la vista por encima de los demás sentidos. Nos cuesta crear comunidades, y cuando lo hacemos, es la mirada y la imagen lo que privilegiamos para acercarnos al otro. De esa entrevista me gustó la idea del cuarto oscuro como utopía sexual porque la penumbra obliga a relacionarnos de otra forma que no sea a través de la mirada. En el cuarto oscuro se potencian otros sentidos: el tacto sobre todo, pero también el olfato. Los cuerpos tienen que leerse con las manos. Lo mismo ocurrió con el sida y con el contact improvisation: el primero llegó a esa conclusión casi por obligación; el segundo la buscó expresamente. Ambos propusieron nuevas experiencias de comunidad que se basaban en no interpelar al otro desde una posición defensiva.”

Fotografía: Jordi Surribas

Quedarse sin defensas -o bien porque una enfermedad obliga, o bien por decisión propia, por postura ética ante el mundo- es una oportunidad para crecer y aprender, para acercarnos al mundo sin miedo, como un niño. La danza contact explora eso. Le pregunto a Aimar cuánto podemos aprender aún hoy día de la esencia de esta disciplina de baile ya no sólo en lo referente al contacto, sino en lo que tiene de improvisación, en una época en la que nuestros movimientos, y particularmente nuestras relaciones sexuales, parecen más coreografiados que nunca. “Primero me gustaría aclarar que la improvisación no se opone a la coreografía. Sí es cierto que podemos entender la coreografía como un material fijado a priori, pero también podemos entenderla simplemente como la relación entre las partes, como la composición de la obra, se haya fijado con anterioridad o no. La improvisación tiene que ver más con la dimensión temporal de la coreografía, es decir, es en el mismo momento de salir al tatami y relacionarnos con los otros bailarines cuando creamos esa coreografía.”

“Dicho esto, sí es muy interesante relacionar la improvisación con el sexo. Me hace pensar cómo hoy en día en todas las páginas de relaciones, en las apps, en Grindr y otras, hay ya categorías prefijadas en las que indicas qué tipo de sexo te gusta practicar. Y hay también a menudo una negociación entre las partes sobre lo que va a ocurrir cuando se encuentren: quién es el activo, quién el pasivo, qué les gusta hacer y qué les gusta que les hagan. Hay cada vez menos espacio para la improvisación. Esto es algo que a mí me pone muy nervioso. Creo que tiene que ver con la modernidad, que conlleva un deseo por querer controlarlo todo.”

Y quizás en ese controlarlo todo se esté matando el deseo. The Touching Community  invita a que reflexionemos al respecto: ¿cómo se tocan nuestras comunidades hoy en día? ¿Ha cambiado Grindr la forma en que nos tocamos? ¿Qué comunidades creamos con amigos de Facebook a los que nunca hemos visto, con los que nos hemos relacionado sólo a través de fotografías, chats o mensajes de voz? No todo es apocalíptico, claro: Aimar y yo jamás nos hemos visto ni tocado, pero hemos compartido esta conversación sobre asuntos que nos importan enormemente gracias a esas tecnologías.

Le pregunto cuál es su relación personal con el VIH. “Yo soy del 82, de la generación del ‘Póntelo, pónselo’. Si empecé este proyecto fue porque en 2013 me di cuenta al hablar con otros bailarines de que yo había permanecido ignorante a lo que la epidemia supuso para la danza en los 80 y 90. La verdad es que siempre viví aislado del tema VIH. Ni en mi familia, ni en mis amigos, ni en los amigos de mis padres había ningún caso, y si lo había, lo ocultaron. Es en 2013 cuando me di cuenta de esta desconexión mía con la historia, y me chocó haber tardado tanto tiempo en tomar conciencia. Sí que había asumido que tenía que usar el condón, pero también es cierto que desde que empecé esta investigación ha nacido otra conciencia en mí, derivada de conocer cómo se han construido históricamente los relatos del sida. A raíz de comenzar a indagar sobre esto, muchos amigos me han confesado su estado serológico positivo, y la manera en que confiesan o comparten esta información conmigo me hace ver la dificultad que supone el tema (el mismo verbo ‘confesar’ ya apunta por ahí), que no es una cuestión de una simple pastilla, sino de un significado moral con el que hemos cargado el virus. Tampoco pierdo de vista también el negocio que hay detrás, no quiero que las farmacéuticas me vean como un cliente potencial. En fin, muchas preguntas que antes no me planteaba, pero ahora sí me planteo.”

Fotografía: Jordi Surribas

Una de las barreras que The Touching Community derriba es la generacional: sus cuatro bailarines pertenecen a generaciones distintas, con distintas relaciones con el sida, pero también con la danza. “Óscar, que está en los 50, es el primero que aparece en escena, y su presencia está en el origen de este proyecto. Él me despertó el interés por el tema, sobre todo a raíz de una invitación que le hice en un ciclo que llamé Noches Retro: cada noche, un bailarín de generaciones mayores exponía de alguna forma lo que había sido su trayectoria. En su noche retro, Óscar creó un altar con todos los bailarines fallecidos en la epidemia, contándonos quiénes eran. Él fue también una de las razones por las que volví a Barcelona para bailar y trabajar aquí, tras diez años en Ámsterdam. Además de su trabajo como gestor cultural, es un bailarín maravilloso y un referente importantísimo para mí. La relación con Jesús, que está en los 60, tiene una génesis muy distinta. El año pasado me invitaron a hacer en Madrid el prólogo de The Touching Community, que titulé A system in collapse is a system moving forward (una frase que le dijo el bailarín Arnie Zane a su pareja personal y profesional Bill T. Jones antes de morir de complicaciones relacionadas con el sida). No había presupuesto para que Óscar, con quien generalmente la hacía, viajara, así que pedí que me pusieran en contacto con algún bailarín de allí. De esa forma apareció Jesús, que de hecho no es bailarín, pero es una persona que vivió muy intensamente aquella época, muy vinculado a la noche madrileña y al activismo. La conexión fue inmediata. Con Jaime, el que está en los 40, tengo una relación de amistad y amor intelectual desde hace ya muchos años. Él es dramaturgo y teórico, colaboramos mucho. Su cuerpo no está codificado con el léxico de la danza, y me parecía algo bonito tener un cuerpo que respondía al tacto de otra manera. Óscar y yo estamos codificados por la danza, Jesús y Jaime no. Tienen un tocar más tierno, o más sexual, más juguetón, más experimental.”

The Touching Community sucede en un tatami con público a cuatro bandas para que los espectadores se miren entre sí, mientras miran también a los bailarines. Para que el público mire como el otro mira. Pero, sobre todo, para que ese mirar primigenio sea insuficiente, y se convierta en una invitación a tocar. Para construir una comunidad revolucionaria que se toca. “Las políticas del miedo nos rodean hoy día de multitud de formas diferentes: desde el VIH a las guerras, el terrorismo, o incluso el austericidio. Entendamos que el miedo es una estrategia de control y aprendamos a relacionarnos de otra forma que no esté mediada por el miedo”, dice Aimar.  Con The Touching Community muestra que la verdadera responsabilidad en las relaciones humanas -en la danza, en el sexo, o en cualquier faceta de la vida- se halla sobre todo en querer tocarse, que es una forma de querer cuidar, implicarse, construir comunidad, y en hacerlo de forma consciente y lúcida.

 

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Éste es un post de ASS- escrito por Miguel Caballero para Imagina Más

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