Si te interesa el tema del VIH seguramente has oído hablar de los objetivos 90-90-90. Se trata de la meta que ONUSIDA se planteó para 2020: que el 90% de las personas con VIH estén diagnosticadas, que el 90% de las personas diagnosticadas con VIH reciban su tratamiento antirretroviral y que el 90% de las personas que reciben tratamiento antirretroviral tengan una carga viral indetectable y, por tanto, no puedan transmitir el virus.

A punto de alcanzarse la fecha señalada para este objetivo, la evaluación de esta estrategia implementada a nivel mundial arroja dos conclusiones básicas. La primera de ellas es que en los últimos años se han seguido haciendo avances muy significativos en cuanto al diagnóstico de las personas con VIH, su acceso al tratamiento antirretroviral y, por tanto, su salud física. La segunda conclusión es que los resultados son muy desiguales en función de los países y que, por tanto, siguen siendo necesarios enormes esfuerzos orientados a mejorar de manera significativa la salud de millones de personas en todo el mundo que son seropositivas o que no lo son pero que, lamentablemente, pasarán a serlo en el futuro.

Desde esta perspectiva ya está en marcha una nueva meta, que parte del objetivo 90-90-90 pero que apunta hacia resultados aún más ambiciosos. Más ambiciosos, sí, pero no nos cabe ninguna duda de que también perfectamente alcanzables: el 95-95-95 para el año 2030. No se trata de un mero cambio de cifra ni de limitarse a repetir el esquema puesto en marcha hasta ahora. Partiendo de la premisa de que un seroestatus indetectable en el 95% de las personas que viven con VIH no es, ni mucho menos, el último techo que puede alcanzarse, ya se está hablando de “un cuarto 95”: los diferentes agentes que tienen alguna responsabilidad en cuanto al VIH deben trabajar para que 95% de las personas que tienen VIH lo sepan, tengan acceso al tratamiento antirretroviral, sean indetectables y, además, tengan una buena calidad de vida.

En Imagina Más trabajamos cada día para mejorar la salud sexual de la población, sobre todo la de los colectivos más vulnerables a la infección por VIH en nuestro país: los hombres que tienen sexo con hombres y las mujeres trans, sobre todo aquellas que ejercen un trabajo sexual.

Trabajamos en la prevención de esta infección y también junto a las personas que ya viven con el virus. Esto nos da una idea de la importancia de apretar en el primer 90 (ahora ya 95) para que los demás vengan detrás de una manera más fácil.

Mejorar la accesibilidad a las pruebas rápidas, convertirlas en una oportunidad para formar en salud sexual e informar sobre las vías de transmisión y las principales medidas de prevención del VIH (que ya no se reducen al uso adecuado del preservativo sino que deben contemplar necesariamente la PrEP) son herramientas imprescindibles para dar poder a la sociedad en general y a nuestras comunidades en particular sobre su salud entendida de manera integral.

Por tanto, no nos olvidamos de la importancia crucial de la prevención de nuevos diagnósticos. Además, nuestro esfuerzo también ha estado dirigido a acompañar a las personas con VIH en una integración positiva de su diagnóstico, haciendo especial hincapié en la adquisición de hábitos de vida saludables. Entre ellos destaca, sin duda alguna, la correcta adherencia al tratamiento antirretroviral. Solo de esta manera se alcanza una indetectabilidad sostenida y se combate el círculo vicioso de las nuevas infecciones prevenibles.

Mientras tanto, nuestro compromiso con la calidad de vida de las personas con VIH está en plena forma para afrontar un 2020. Sin duda, el año que está a punto de comenzar debe marcar un hito en cuanto al nuevo desafío lanzado por la epidemia de VIH/Sida: el del combate del estigma social asociado a la infección, una de las mayores piedras en el camino de la calidad de vida de las personas seropositivas.

Con fuerza, compromiso y claridad de ideas lo tenemos todo preparado para seguir trabajando durante los próximos meses por ese cuarto 95. Juntos lo conseguiremos. Estamos juntas en esto.

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