Odio los selfies.

Los selfies en los que salgo yo solo, me refiero. Selfies con amigos, con familia, con mi marido me hago muchos. Pero muchos: tengo Facebook repleto de ese tipo de fotos. Sin embargo, hacerme selfies yo solo me ha dado horror siempre porque no me siento nada cómodo delante de la cámara. Empiezo a hacer gestos raros, la mandíbula cobra vida propia, cierro los ojos en el momento en que tendrían que estar abiertos. Igual con las fotos de carnet, igual con las fotos profesionales.

Pues eso, que odio los selfies.

Sin embargo, durante los meses posteriores a mi diagnóstico positivo me hacía selfies compulsivamente. Me hacía selfies delante del espejo (el de Grindr que posteé hace unas semanas es uno de ellos), desnudo, muchísimos desnudo, en la habitación, en el baño, tenía un espejo de pie que me llevaba por toda la casa y me hacía selfies, me fotografiaba la cara, me fotografiaba la polla, con o sin condón, la espalda, las piernas, el culo.

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Éste me lo hice allá por febrero o marzo de 2015. Lo tuve durante un tiempo como foto de perfil de Facebook, creo que cuando aún no había contado abiertamente que era seropositivo. Yo sabía lo que esa foto significaba para mí, y era una manera discreta de decírselo al mundo. 

Esos meses yo vivía en La Habana. Poco después de mi diagnóstico me mudé allí por trabajo durante un semestre, y allí fue donde pasé por todo ese proceso de reencontrarme con mi cuerpo. Un profesor de antropología en mi universidad, John Borneman, imparte una asignatura sobre subjetividad que se llama “From self to selfie” (Del yo al selfie). Creo que mi historia con los selfies fue al revés: “From selfie to self” (Del selfie al yo). Me había perdido, me estaba buscando. Los selfies eran un lugar donde encontrarme: en el espejo, en la foto, con filtros. Hoy, bastantes meses después, creo que ya tengo una explicación para aquel comportamiento obsesivo. Al menos parte de la explicación, algo para empezar a darle sentido.

Antes de ser seropositivo, yo fui serófobo.

Hay muchas maneras de ser serófobo, un largo espectro que va desde aquellxs que evitan el contacto con seropositivxs porque siguen viviendo en 1982 y piensan que el VIH se transmite al roce, hasta aquél/la que es muy tolerante y buen rollo de puertas para afuera, pero de puertas para adentro tiene toda una galería de prejuicios hacia lxs seropositivxs. Éstxs últimxs, además, para lo que ellxs creen que es evitar exponerse al virus, eligen a sus parejas sexuales según su estatus serológico, lo que en inglés se llama “serosorting.” Básicamente: no se acuestan con seropositivxs.

Yo me parecía mucho a este último tipo. Por supuesto tenía amigxs seropositivxs a los que adoraba (y adoro), pero jamás me planteaba tener una relación sexual con un seropositivo, pensaba en diferentes versiones del “te ha pasado por irresponsable,” y la cuestión de “soy indetectable” me sonaba a cuento para justificarse o, en algunos casos, para llevarme al huerto. Hay dos momentos particulares donde recuerdo que mi serofobia fue rampante.

Una vez en Nueva York conocí a una pareja. Los dos eran súper atractivos, tremendamente simpáticos, y era evidente que había una intimidad en nuestra conversación, una atracción mutua, hasta el punto de que comenzamos a hablar de sexo abiertamente. Fueron directos conmigo y me dijeron que ambos eran seropositivos e indetectables, y que les encantaría hacerme un hueco en su cama. Yo simulé que muy bien todo, la conversación acabó, en apariencia, con la misma buena energía con que había empezado, y nos despedimos, con la perspectiva de volver a encontrarnos.

Nunca más contesté a sus mensajes, ni a sus llamadas. Desaparecí.

En otra ocasión, tuve una discusión con mi marido en torno a alguien seropositivo. Yo no conocía bien a esa persona, pero se mezclaron muchas emociones por distintos motivos, y exploté soltando un montón de prejuicios sobre él por ser seropositivo. Es muy fuerte hoy recordar todo lo que dije aquel día.

En el primer post de este blog conté que cuando fui a hacerme el test estaba muy tranquilo en la sala de espera, repasando mis notas para la defensa de la propuesta de tesis. Todo el mundo se pone un poco nervioso con esos tests, y yo también, pero por alguna razón esa vez no lo estaba, o tenía cosas laborales inminentes más importantes de que preocuparme. En el fondo, lo que me pasaba es que yo me creía protegido del VIH, eso jamás podría ir conmigo, este test me lo hago por pura rutina. Yo soy un chico bien, hago las cosas bien, soy responsable.

Y en ese estado mental me llegó la noticia.

Durante los primeros meses tras mi diagnóstico me hacía muchos selfies porque no me reconocía. De repente, el Miguel serófobo convivía en el mismo cuerpo con el Miguel seropositivo. Fueron unos meses largos para entender que no sólo había contraído un virus, sino también para ganar clarividencia sobre muchos aspectos. El Miguel serófobo se quedaba sin argumentos, y creo que la reacción defensiva fue la de tratar de entender cómo y cuándo me había infectado. Creo que buscar una razón a todo es una búsqueda justa; lo que no es justo es buscar esa razón o esa historia de cómo me infecté para tener argumentos que me permitieran seguir siendo serófobo: «yo sigo siendo un niño bien, esto me pasó por puro azar nefasto, hay otros que se infectan porque lo merecen.» La cosa es que en esa idea compulsiva estuve unos meses, meses en los que el Miguel serófobo aún se imponía al Miguel seropositivo. Porque sí, se puede ser seropositivx y serófobx. Meses en los que me hacía selfies obsesivamente como tratando de buscarme entre esas dos identidades en pugna.

Poco a poco, el Miguel seropositivo fue imponiéndose. Por suerte. El apoyo incondicional de mi marido fue fundamental; el suyo es un apoyo incondicional, sí, pero no por eso complaciente. Este post lo escribo porque él me ha reprochado directamente (y con razón) mi serofobia anterior. Para que el Miguel seropositivo se impusiera al serófobo fue clave también la ayuda de mi amigo Marcelo, que vino a verme a La Habana, y con el que mantuve algunas conversaciones inolvidables en el Malecón, por las calles del Vedado, y en mi casita de Zapata con B.

Con el tiempo también me he dado cuenta de que el Miguel serófobo estaba basado en la irresponsabilidad de no tomarme el tiempo de informarne de verdad qué significa el VIH hoy, de no tomarme el tiempo de escuchar; en el miedo hacia lo desconocido, a infectarme, a “mancharme.”

Pues bien, ni la ignorancia ni el miedo evitaron que me seroconviertiera. Lo único que conseguí fue ser un imbécil con una pareja que había sido amable y honesta conmigo, un prejuicioso con personas que no conocía ni me tomé el tiempo de conocer. Pensaba que esa persona ya estaba definida por ser seropositivo.

Hoy día no sé si he acabado del todo con el Miguel serófobo. Lo que sí sé es que quiero acabar con él, y la verdad, lo tengo contra las cuerdas. A veces asoma por ahí, a la desesperada, en algún comentario fuera de lugar, en algún pensamiento furtivo. Pero sabe que a grandes rasgos lo mantengo a raya. Del lado positivo diría que esta experiencia me ayuda hoy a lidiar con serófobxs. Cuando alguien me dice algo intolerante o ignorante, soy consciente de que hablan desde la ignorancia y/o el miedo. Hace poco más de un año yo estaba en ese lugar.

El miedo y la ignorancia no pueden ser una excusa, y, además, no salvan a nadie; más bien al contrario. Si no te informas bien, te expones. 

Para este post me hice un par de selfies (los de aquí abajo), justo antes de que el peluquero me hiciera unos cuantos destrozos. En ellos, en mi imagen, me veo como un Miguel seropositivo, agradecido de todo lo que ha aprendido este año, consciente de que seguro aún me queda mucho por aprender. Ojalá que este blog me ayude a ello.

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Me encantaría saber qué piensas de este tema.  En los comentarios abajo, en Facebook, o en amorsexoserologia@gmail.com

Éste es un post de ASS- (Amor, Sexo y Serología), escrito por Miguel Caballero para Imagina Más.

 

 

 

 

 

 

I WAS ALSO A SEROPHOBIC

I hate selfies.

The selfies where it’s just me, I mean. I take a ton of selfies with friends, family, and my husband.  My Facebook page is full of these photos. However, taking pictures of myself has always terrified me because I don’t feel at all comfortable in front of a camera. I start to make weird gestures, my jaw takes on a life of its own, I close my eyes at the exact moment they have to be open. Same with my ID photos, same with professional photos.

So that’s why I hate selfies.

However, during the months that followed my HIV positive diagnosis, I was taking selfies compulsively. I took selfies in front of the mirror (the picture from Grindr that I posted a few weeks ago is one of them), naked ones, A LOT of naked ones, in the bedroom and in the bathroom.  I had a standing mirror that I carried around the whole house and I used it to take selfies. I took pictures of my face, my cock (with and without a condom), my back, my legs, my ass.

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I took this one back in February or March of 2015. I used it as my Facebook profile photo for a while. I think this was before I told everyone that I was HIV positive. I knew the significance of this photo for me, and at the time it was a discreet way to tell the world.

I was living in Havana during those months. Shortly after my diagnosis I moved there for a semester for work, and that’s where I went through the whole process of reconnecting with my body. An anthropology professor at my university, John Borneman, teaches a course on subjectivity called «From self to selfie».  I think my selfie story was the reverse: «From selfie to self».  I had lost myself, I was looking for myself, and selfies were a place where I could find myself: in the mirror, in the photos, with filters. Now, several months later, I think I can explain that obsessive behavior. At least I have part of an explanation, something that is starting to make sense to me.

Before I was HIV positive, I was serophobic.

There are many ways to be serophobic, it’s a long spectrum, from those who want to avoid contact with seropositives because they are still living in 1982 and think that HIV is transmitted through a simple touch, to those who show tolerance and good natured acceptance on the surface, but behind closed doors harbor a ton of prejudices against HIV positive people. These latter types reason that they can avoid exposing themselves to the virus by choosing their sexual partners according to their HIV status, a process called «Serosorting.» Basically: they do not have sex with people with HIV.

I was a lot like this. Of course I had positive friends who I loved (and love), but I never considered having sex with an HIV positive person. In my head I would recite different versions of «it happened to you because you were reckless,» and when I heard «I’m undetectable» it sounded to me like they were making excuses for themselves, or in some cases, trying to get me into bed.

There are two moments in particular where I remember the open display of my serophobia.

Once in New York I met a couple. Both were extremely attractive, very friendly, and it was clear that there was an intimacy in our conversation, a mutual attraction, to the point that we started talking openly about having sex together. They were direct with me and told me that they were both HIV-positive and undetectable, and would love to sleep with me. In that moment I pretended everything was fine, so when the conversation ended, there appeared to be the same good energy we started with, and we parted ways with the promise of meeting again.

I never again answered their messages or their calls.  I disappeared.

On another occasion, I had an argument with my husband about someone who was HIV positive. I did not know the person well, but he stirred up a lot of mixed emotions within me for various reasons, and I exploded with a torrent of prejudices against this person for being HIV positive. It is very hard for me when I remember all that I said that day.

In the first post of this blog I said that when I went for my HIV test I was very confident in the waiting room, reviewing my notes for the defense of my thesis proposal. Everybody gets a little nervous during these tests, including me, but for some reason this time I didn’t feel that way, or I had more important things going on in my work life to worry about.  Basically, I thought that I was safe from HIV, I would never be infected, that this test was simply a routine thing. I’m a good guy, I do things right, I am responsible.

And in that state of mind I got the news.

During the first months after my diagnosis I took so many selfies because I no longer recognized myself. Suddenly, the serophobic Miguel lived in the same body as seropositive Miguel. Those were long months to understand that not only had I contracted the HIV virus, but also to gain clarity around many things. The serophobic Miguel ran out of arguments, and I think my defensive reaction was to try to understand how and when I was infected. I think looking for a reason for all of this is justified; what is not fair is searching for the reason or how I got infected in order to have arguments that would allow me to remain serophobic: «I’m still a good kid, this happened to me simply because of bad luck, others are infected because they deserve it.» The thing is that I was having these compulsive thoughts for a few months, months in which the serophobic Miguel was winning the fight against HIV-positive Miguel. Because yes, you can be seropositive and serophobic. Those months in which I took pictures of myself obsessively, it was as if I was searching for myself in these two conflicting identities.

Gradually, the seropositive Miguel prevailed. Fortunately. The unconditional support of my husband was fundamental; his support is unconditional, yes, but that doesn’t make him indulgent. I wrote this post because he had reproached me directly (and rightly) for my previous serophobia.  In order for seropositive Miguel to triumph over serophobic Miguel, it was also crucial to have the support of my friend Marcelo, who visited me in Havana, and with whom I had many memorable conversations on the Malecon, the streets of Vedado, and in my little house at Zapata with B.

Over time I also realized that serophobic Miguel was rooted in the irresponsibility of not taking the time to inform myself what HIV really means today, not taking the time to listen; living in fear of the unknown, of becoming infected, of «getting myself dirty.»

OK, so neither ignorance nor fear prevented me from seroconverting. All I got was being a jerk with a couple who had been kind and honest with me, and a prejudice against people who I never met or took the time to get to know. I thought they were already defined by the fact that they were HIV positive.

Today I do not know if I’m completely finished with serophobic Miguel. What I do know is that I want to be done with him, and the truth is, I have him against the ropes. Sometimes he is looming there, desperately, showing himself in some misplaced comment or in a furtive thought. But he knows I truly want to get rid of him.  On a positive note, I would say that this experience helps me deal with the serophobics I encounter now. When someone says something intolerant or ignorant to me, I am aware that they speak from ignorance and/or fear. Just over a year ago I was there too.

But fear and ignorance can’t be an excuse, and they don’t save anyone.  Quite the contrary: if you do not inform yourself properly, you put yourself at risk.

For this post I took a couple of selfies (below) just before my barber gave me a really terrible haircut. In them, in my image, I see myself as seropositive Miguel, grateful for everything I have learned this year, aware that I still have much to learn. I hope this blog helps me to do that.

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I would love to know your thoughts on this topic. In the comments below, on Facebook, or amorsexoserologia@gmail.com

This is a post from ASS- (Amor, Sexo y Serología : Love, Sex and Serology), written by Miguel Caballero and translated by the lovely Matthew Morris for Imagina Más.

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Comments
  1. Precioso artículo, como todos los publicados.
    Felicidades a Niklas por tener una madre como Ana, y a Ana por tener un HIJO como Niklas, ya que están teniendo el privilegio de compartir y disfrutar de la mejor versión de sí mismos.
    Miguel, enhorabuena a ti porque, sin duda, también ofreces la mejor versión de ti mismo. Es difícil encontrar a alguien tan positivo, tan honesto, tan humano, tan comprometido y tan asertivo como tú.
    Tirar hacia adelante con un montón de proyectos, incluida tesis doctoral con alto nivel de exigencia y un activismo inquebrantable, desemboca inexorablemente a cargar con altas dosis de estrés físico y emocional. Todxs sabemos que el estrés afecta de forma importante a nuestro sistema inmunológico, deprimiéndolo, y el VIH trata de esto. La exposición pública según para quién y por dónde interactúe, no es algo intrascendente. Titubear ante tu salud y tu seguridad (más que tu bienestar) en este caso, debiera ser perdonable.
    Por último, decir que tu CAMINO me resulta ADMIRABLE.

  2. Me ha conmovido este artículo. Quizá porque me ha sonado familiar. Por un lado, por tener la gran suerte y satisfacción de conocer a Ana y Niklas. Por otro, porque llevo casi dos décadas siendo VIH. Así que gracias por recordarnos a todos que no, no estamos enfermos.

  3. Encarna -desde luego, reducir el estrés es importante par lxs seropositivxs (y para todo el mundo). Pero a veces hay que apretar un poco. Físicamente, nunca he estado más descansado. Emocionalmente, casi que también.
    Marisol -gracias por pasarte por aquí. La enfermedad tiene una buena parte de construcción social, y en el caso del VIH ni te cuento. Un abrazo!

  4. Excelente artículo, debemos desterrar la ignorancia y evitar prejuicios, educando a terceros con nuestra conducta y demostrar que la vida vale y mucho, la clave está en que como individuo somos capaces, como personas luchamos para lograr una calidad de vida y bienestar que con pasión y voluntad sí se puede, saludos desde Venezuela.

  5. Miguel Caballero

    Saludos hasta Venezuela, Lenin. El camino es largo, pero ahí seguiremos hablando para acabar con la ignorancia (también la nuestra) y los prejuicios (también los propios).

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