We are the Paradise People. 
We are the moon and the stars (…)

We can no longer hide in the night.
We must bring these secrets we’ve learned
Into the light

Sam Sparro

La Avenida Insurgentes es un tajo que abre en dos la Ciudad de México. Aproximadamente en el centro, a la altura de la colonia Roma, hay una casa señorial de fachada rojiza y grandes ventanales de piedra haciendo esquina. No se ve ningún cartel en la puerta que indique su nombre, pero todos la conocen por ‘La Casita’. La Casita son en realidad dos casonas adosadas, conectadas entre sí por la azotea, que funciona como laberinto clandestino en que hombres de todas las edades y clase sociales acuden a tener sexo anónimo con otros hombres. Lugar de auto-exploración sexual cuando aún no existían las aplicaciones de teléfono móvil, La Casita resiste hoy día al Grindr y al Scruff para aquellos que prefieren general o puntualmente elegir sus parejas por el olor o el tacto, en lugar de por una descripción fría de centímetros y posiciones coitales pre-determinadas. Raúl será nuestro Virgilio a través de las tres plantas de este cielo.

“La sexualidad me definía y me define por completo”, me cuenta. Raúl es mexicano, vive en la ciudad de Querétaro y tiene 26 años. Hace 8 de su diagnóstico de VIH. “Soy una persona muy sexual. Desde que me despierto hasta que me acuesto practico mi sexualidad en una variedad de formas: me comunico mucho con mi cuerpo, con la expresión facial, con las manos. Pero no sólo eso, también puedo tener encuentros sexuales con parejas casuales varias veces por semana. Por eso, cuando recibí el diagnóstico, el proceso de duelo fue muy complicado. La forma en que me comunicaron el positivo tampoco ayudó, pues mi médico me dijo que mi vida sexual se había acabado.”

Como La Casita está en un lugar relativamente concurrido, sus visitantes repiten la misma coreografía antes de llamar al timbre: miran a un lado y a otro. Luego pulsan el botón, e inmediatamente la puerta se abre, como se abren los portones de los edificios de viviendas, electrónicamente. Alguien debe de esperar cerca del timbre, pues sabrá que a los visitantes no les debe apetecer esperar demasiado tiempo fuera, expuestos a las miradas de los transeúntes.

“Lo primero que encuentras al entrar es un sinfín de escaleras que te llevan a la parte más alta. Ahí pagas 100 pesos, que no te incluye más que el acceso. Luego hay un segundo filtro, en el que te piden que te registres, pero no debes aportar identificación, así que fácilmente se puede acceder de forma anónima. Nombre, firma y hora de entrada, eso es todo”, sigue Raúl. “El espacio es un poco paradójico, porque puede parecer frío por el color de las paredes y el mobiliario. Pero rápidamente se calienta, pues comienzas a experimentar otras sensaciones: en los pasillos y habitaciones se respiran olores extraños, misteriosos, no precisamente desagradables. El aroma de los poppers, mezclado con el olor de las pieles, embadurna el ambiente, y te acelera el corazón”.

Todo diagnóstico de VIH conlleva un shock. Pero, en algunos casos, ese shock se acentúa por la brutal experiencia de violencia que resulta de la comunicación insensible y condenatoria que el personal sanitario usa en ocasiones para informar del resultado reactivo del test. Por supuesto, no siempre es así, pero sí mucho más a menudo de lo que debiera. “Cuando un médico te dice lo que me dijo a mí, que se acabó tu vida sexual, te derrumbas, porque en ese momento un médico es lo más para ti, es la única referencia que tienes para seguir sobreviviendo. Sabiendo lo importante que es la sexualidad en mi caso, en aquel momento sentí que algo en mí se moría”, dice Raúl. “Yo me auto-excluí y me auto-agredí. Tenía sólo 18 años”.

Hoy Raúl sabe que lo que le dijo el médico era radicalmente mentira. Pero no fue fácil.

Tras el registro, La Casita ofrece un servicio de lockers donde los visitantes pueden dejar sus pertenencias. Hay que pagarlo aparte. “Recuerdo que el primer día llevaba muchas cosas, así que decidí dejarlas allí. Hoy día de loco me llevo cosas porque me puedo ahorrar perfectamente la renta de un locker”. Raúl rememora la sensación de estar ante una cueva de Alibabá cuyos recovecos no podía conocer sino transitándola y rastreándola casi a ciegas, a través de los olores penetrantes, del tacto de cuerpos y paredes, y del sonido de los cuchicheos y gemidos. “Era gigante, gigante. Hoy sé que son dos casas de tres plantas, pero en aquel momento no lo sabía. Lo viví con una enorme sensación de incertidumbre y al mismo tiempo de enorme curiosidad por seguir avanzando y descubrir qué había más allá, más al fondo, qué había en cada una de esas habitaciones. Te dejas llevar por los sonidos que escuchas, los pasos, puntualmente la luz de algún celular que se prende. El primer día que accedí a La Casita fue muy emocionante, mi corazón latía fuerte y mis piernas no dejaban de temblar”.

Digámoslo claro: actitudes como la del médico que informó del positivo a Raúl son meramente una forma de tratar de controlar nuestras sexualidades seropositivas a partir de la prohibición moralista. Carecen de cualquier atisbo de empatía y humanidad.  Hay estrategias de prevención variadas para tener una sexualidad seropositiva sana. Pero la mentira del médico quedó resonando en Raúl durante largo tiempo, y de tener sexo varias veces por semana pasó a no tener ningún contacto sexual durante más de un año. Con tan sólo 18 años, necesitó tiempo para reaccionar, para entender que sí tenía derecho a su sexualidad. Para ello, fueron claves dos estrategias: conversar con otras personas en su situación y explorar las potencialidades de su cuerpo y su deseo en los cuartos oscuros. La Casita es su preferido.

“Entré y exploré un poco los lugares. Había una sala porno, y una sala de bondage, de esta onda de la dominación. Y así fue como empecé a conocer la diversidad de las prácticas sexuales que existen, a las que muchas veces se las trata como patologías acá afuera, pero no son patologías. Son simplemente prácticas diversas. Si utilizas el cuarto del bondage, sabes que siempre se va a practicar bajo consenso”. La Casita es también una espacio de aprendizaje y exploración sobre el propio deseo y el deseo de los demás, sobre comunicación. “Antes de ir no habría sabido distinguir el sado como práctica sexual consensuada del sado criminal. ¡Ahora sí! Pero en aquellos momentos, hasta miedo me podría haber dado una escena de ese tipo”.

Raúl reclama que las personas seropositivas reivindicamos demasiado poco nuestro derecho al placer. “Las personas con VIH vivimos rodeados de muchísimos mitos y de la satanización, y conversar sobre nuestro placer y explorarlo es clave para combatir esa dinámica”. Para él lo fue, sin duda. Hablar fue el primer paso para poner fin a más de un año de abstinencia y volver a creer y practicar su derecho a una sexualidad plena. Ahí entraron en juego los cuartos oscursos, que se convirtieron en espacios terapéuticos: “descubrí que los cuartos oscuros funcionaban para mí como unos santuarios donde festejar mi cuerpo. Allí no tenía que hablar, ni exponerme al miedo de los demás, o a los prejuicios. Me sentía completamente liberado, y a partir de ellos pude reconstruir mis relaciones sexo-afectivas.”

“Las primeras veces me encontraba nervioso, pero muy excitado. Sentía mariposas en el estómago, pero no románticas precisamente. Se me secaba la boca y los labios, quizás por la sensación de clandestinidad que se vive. Pero siempre muy emocionado porque podía experimentar placer, sin necesidad de hablar ni de explicar nada. Sin necesidad de que me señalaran, enjuiciándome por mis prácticas, o por un diagnóstico. Entré y había música, voces haciendo la negociación, acercamiento entre ellos. Me fui perdiendo entre aquellos pasillos, la misma oscuridad permitía que no nos viéramos fijamente a los rostros, y eso me ayudó a tomar la decisión y dar los pasos. Mi cuerpo en plena celebración disfrutaba de cada uno de aquellos cuerpos que yo exploraba y que me exploraban a mí”.

Su camino hasta recuperar la sexualidad fue innecesariamente largo por la falta de recursos sociales que informen sobre cómo poder continuar disfrutando del cuerpo tras el diagnóstico de forma sana y plena. Fuera de La Casita hubo momentos tensos, reacciones agresivas de parejas sexuales al conocer su estatus serológico: “Aunque antes me causaban mucho dolor, hoy en día no contesto a esas reacciones, no me importan. Pero quiero dejar claro que lo que no me importa no es el hecho de que la otra persona esté en riesgo durante alguna práctica. Es mucho más seguro tener sexo con alguien que se sabe positivo, que está bajo tratamiento, o que conoce las estrategias de reducción de riesgo. Si esas reacciones no me importan es porque están basadas en la ignorancia o en el miedo irracional.”

Aunque los cuartos oscuros tienen la mala fama, lo cierto es que funcionan como heterotopías de responsabilidad sexual. Fuera, son abundantes los casos en que tras una transmisión, la persona recién infectada culpa al transmisor de la infección, aunque ambos hubieran decidido de mutuo acuerdo follar sin condón. La Casita es un modelo de lo que debería funcionar también fuera: nadie tiene derecho de pedir cuentas a nadie por las decisiones que él mismo tomó. Acudir a ese laberinto de fluidos y olores supone un ejercicio de madurez sexual en el que cada cual sabe que el consenso en las prácticas se puede alcanzar tanto conversando (rara vez) como con miradas y gestos (mucho más frecuente), pero que uno mismo es el único soberano de su cuerpo y de sus decisiones, y nunca podrá imputar a otra persona lo que él mismo decidió hacer, independientemente del estado serológico o farmacológico del otro. La principal norma de salud sexual de La Casita y otros espacios similares es la CO-RESPONSABILIDAD en salud sexual, es decir, todas las personas participantes deben responsabilizarse de sus decisiones y asumir sus consecuencias sin culpar a nadie más. Ser adultos también para la salud sexual, vamos.

“Eso me hizo sentirme completamente liberado. Tenía esta parte de revelar o no mi diagnóstico a mis parejas sexuales, y esto me creaba un gran conflicto, por el cargo moral, o social, el juicio y verme colocado contra la pared. El miedo impedía en gran parte que yo recuperara mi vida sexual, aunque mi cuerpo funcionara perfectamente normal. Me costó mucho trabajo comenzar a ir a cuartos oscuros, pero lo que me llamó fue sobre todo la idea de no tener que revelar nada. La idea de no tener que dar explicaciones. Entendí que tenía el derecho a callarme y que un cuarto oscuro me permitía no hablar. Y también entendí muy claro que cada uno decide sobre su propio cuerpo, que yo no soy responsable de que otra persona decida coger sin condón o no esté informada sobre el asunto.”

La existencia de los cuartos oscuros no se entiende sin ser conscientes de la historia de criminalización de las prácticas homosexuales a lo largo de la historia. Perseguidos y abocados a la clandestinidad, gays y lesbianas han creado históricamente multitud de espacios alejados de las miradas represivas. Desde allí han cuestionado las reglas de fuera y luchado por construir un mundo a su medida, aunque ese mundo se limitara a esos espacios clandestinos. Por ello, los cuartos oscuros son antes que nada espacios de resistencia.

No hay que irse muy lejos en la historia para entender esta clandestinidad forzada. “Yo comencé a reconocerme como una persona gay a partir de los 15 o 16 años. Fue muy difícil, enfrenté un rechazo de mi entorno. Mi propia familia me sometió a colegios religiosos para intentar ‘curarme’ de mi identidad políticamente gay. No obstante, siempre viví una sexualidad muy placentera, pero no me quedaba otra opción que la reclandestinidad. Mis primera relaciones sexuales fueron con totales extraños, que conocí en aquel entonces por medio del cruising, literalmente en la calle, porque no existían las tecnologías que hoy tenemos. Coger en la calle con extraños también conlleva riesgos, y no sólo de infecciones, sino de violencia física. No faltan las ocasiones en que estás haciendo cruising y llega un policía que te quiere violentar de alguna forma, extorsionar, golpear, y en el peor de los casos hasta matar”.

Raúl se ha construido a partir de esos lugares clandestinos de resistencia: el cruising le ayudó a autoafirmar su deseo sexual hacia los hombres, a pesar de la represión de su entorno familiar; los cuartos oscuros le ayudaron a recuperar su sexualidad tras el diagnóstico, a pesar de la sentencia de su médico. Si existe La Casita es porque el mundo de afuera sigue persiguiendo las sexualidades no normativas y criminalizando la seropositividad.

Raúl folla a pelo a menudo, y no lo hace por desconocimiento de los riesgos para su salud, ni por interés alguno en dañar a nadie. Es coordinador de la Red de Jóvenes Positivos para América Latina y el Caribe, así que es un activista que sabe todo lo que hay que saber sobre VIH. Su visión sobre el uso del condón es rica en matices: “el condón es la mejor herramienta para prevenir infecciones de transmisión sexual que tenemos. Yo reconozco su importancia y su eficacia, y lo promuevo siempre entre la gente con la que me involucro. Pero a veces las campañas de salud sexual no tienen en cuenta la diversidad humana. Para que las campañas sean efectivas, también hay que reconocer que el condón no es para todo el mundo. No reconocer que hay personas a las que el uso del condón las limita es vulnerarlas aún más. No podemos dejar atrás a todas aquellas personas que no utilizan condón. Ser conscientes de que no todos van a usar condón nos ayuda, porque nos permite abrir otros caminos a la prevención”.

Entonces, ¿qué lleva a alguien que está tan bien informado y es sexualmente activo a no usar condón? “Es muy importante enfatizar que son decisiones autónomas, libres y consensuadas. Para mí, el condón es una barrera muy fuerte para tener una entera comunicación con la otra persona. A veces reduce el erotismo, y no lo disfruto tanto. Yo, por lo regular, no uso condón cuando soy penetrado; pero cuando soy el que penetra suelo utilizarlo. En La Casita normalmente no te pones en una esquina a platicar sobre si vas a usar condón o no. Por eso en La Casita se da un tipo de madurez sexual que consiste en ser consciente de que la sexualidad consiste en la explotación de formas de comunicación muy alternativas, pero tan serias y formales como cualquier otro canal de comunicación. A lo que voy es que no necesitas usar las palabras, simplemente te dejas llevar por el momento, la ocasión, entre miradas y tactos puedes darte cuenta que la persona desea o no usar condón. Yo siempre cargo mis condones a la mano, y si veo que el chico desea usarlo, yo lo voy a usar, eso no hay duda. Pero si entiendo que no quiere usarlo, yo también hago una introspección y tomo una decisión. ¿Qué es lo que a mí me mueve a no usar un condón? Tiene que ver mucho con el erotismo, con el placer, con que no haya barrera entre yo y la otra persona, con jugar a la entrega, a ser dominado en un sentido erótico, con el intercambio de fluidos, el intercambio de temperaturas, ser apropiado por un momento en un contexto de juego erótico.”


El reclamo es claro: “Basta ya de satanizar el no uso del condón. Comencemos a hablar también de quienes no lo usamos por decisión propia. No lo hacemos con la idea terrorista de infectar a todo el mundo o de atraer todas las infecciones al propio cuerpo. Sino con la idea de construir personas autónomas, libres y con el poder de decidir lo que más les convenga.”

Raúl continúa asistiendo a La Casita siempre que tiene la oportunidad de viajar hasta la Ciudad de México. Piensa que el servicio aún podría mejorar, pues tener que pagar la entrada supone una forma de privatización de la sexualidad. Sugiere que estos cuartos oscuros sean de titularidad pública, gratuitos, como un servicio social más. Está convencido de la necesidad de continuar explorando su sexualidad. La noche en que terminé de escribir este artículo preguntaba abiertamente por Facebook si alguno de sus contactos estaba interesado en el bondage.

 

Me interesa qué piensas sobre este tema. Puedes escribirme abajo en los comentarios, en Facebook, o en amorsexoserologia@gmail.com

Éste es un post de ASS- escrito por Miguel Caballero para Imagina Más

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