Una vez una amiga me dijo que el VIH no sabía en la que se había metido al meterse en mi cuerpo. Y estoy de acuerdo. A veces lo compadezco, imagínense, un virus tan peligroso y de tan mala prensa, en mi cuerpo no es más que una atracción menor en una especie de Disneylandia sudaca.”

A este Fauno y a un servidor, el Caballero, nos presentó una Urraca, Sabina.

Sabina fue la madrina de esta boda mitológica y por poderes (seguimos sin conocernos personalmente) entre Lucas Fauno Gutiérrez y yo,  Miguel Caballero, celebrada en un templo de Vicio. Fue la primera entrevista que yo daba a un medio público hablando abiertamente como seropositivo, allá por septiembre del año pasado. Lucas ya tenía muchas más tablas.

Él era el fauno terrible que se había plantado en mitad de la Plaza del Teatro de Quito, Ecuador, a sacarse su sangre seropositiva, y pintar con ella un collage de proclamas: “Tengo Vihda”, “Correa”, “Bienvenido Papa Francisco”, “Madonna”.

Mi sangre infecta narra, los invoca al aquelarre. Todos invitados”, decía.

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Lucas, por Yamila Nair Williams

Así se define en el momento actual : “acá en Argentina a la persona que le toca el plato con la hoja de laurel en alguna comida, es quién debe lavar los platos a modo castigo, pero yo amo lavar los platos, es mi ‘desenchufar’, casi como que soy un poco masoquista del castigo, capricorniano cabra del sacrificio, voy corriendo a lo kamikaze. Cuando me veas en silencio, sabé que estoy mascullando alguna idea compleja, no soy fácil, y estoy aprendiendo a enamorarme de mí, para luego salir a seguir amando al mundo. Porque quien no se ama a sí mismo, solo anda pidiendo amor por lástima. Yo ya no quiero ser eso.”

Periodista, poeta, performer, chico Playboy, y escritor freelance. Este pibe de un barrio de Buenos Aires, nos ha contado en Buzzfeed cómo es su vida sexual en tanto seropositivo, o qué expresiones de actor porno gay ponemos en cada momento del día.

Lo de activista llegó por casualidad, como para cualquier seropositivo que hoy se atreve a tomar la palabra: “Tras el diagnóstico, lo primero que tuve fue miedo al rechazo ajeno, entonces lo puse en mis redes sociales para que quien venga a cogerme, sepa con qué cargaba. Y de pronto me di cuenta que era todo un acto de revolución, que me había metido en terreno del silencio, y me dio mucha pena. Por mí y por todos. Salí a gritar lo indecible no por el virus ni por filantropía sino por mi pulsión eterna de provocador. Y empecé a recibir preguntas, consultas, factores que demostraban lo silenciado del tema. Yo jamás me propuse ser un activista, solamente quería que no me rechacen, y acá estoy ahora, abrazando gente con dudas y temor y dejándome caer cuando ya no puedo más y aparece gente que me sana el alma.”

Las palabras de Lucas me conmueven. Ser activista, sobre todo en un tema con tanto oscurantismo como el VIH, consiste también en construirse una coraza, porque tú gesticulas y los demás miran, y tú quisieras agarrarles de la mano y decirles ‘ven, sal aquí fuera, pelemos juntos a la intemperie’, y ellos no lo hacen porque no son tan fuertes como tú, te dicen, tan valientes, pero yo tampoco soy fuerte, ni valiente, el activista tiene una coraza, y aunque se vista de Fauno o de Caballero para pelear, por dentro también tiembla, y se preocupa, y se contradice todo el tiempo:

“Vivo mis contradicciones y fatigas. Muchas veces quisiera que el virus no esté más en mi cuerpo, ni en mi discurso. Lloro mucho por ser positivo. Me agota esta sociedad repugnante que le habla a los negativos nada más, y a los positivos los mira con un tono paternal por sus ‘impedimentos’… Impedimentos que son mierda y excusa para que esos cuerpos negativos puedan tener poder sobre las deficiencias que nos hicieron creer que tenemos. Siento que el cuerpo positivo, en su fisiología y su identidad, debe empoderarse como un revolucionario para dejar de depender de la mirada y aprobación ajena como elemento de vida. Por mucho tiempo la mirada y aprobación ajena eran las que me daban vida, si me ‘amaban’ o ‘cogían’, solamente así yo existía. Pero ahora que aprendo a mirar yo solo mi propio ser, también aprendo a odiarlo. Lo amo y cuido pero a veces lo castigo o simplemente lo quiero dejar morir en mi elección digna, no como consecuencia de nadie.”

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Lucas, por Celeste Farías

Siempre hablamos de hacernos visibles como rebelión contra el desdén con que nos tratan instituciones públicas y conciudadanos. Pero eso no es suficiente. Como dice Lucas, el siguiente paso es devolver la mirada, a los demás y a nosotros mismos. No salimos a que nos miren en nuestra nueva visibilidad, a que nos escudriñen, ni a que nos busquen las marcas del VIH en la piel, en la complexión física o en la voz titubeante. Nos hacemos visibles para poder mirar en igualdad de condiciones, para poder mirarnos. Queremos ser sujetos con poder de decisión sobre nuestros cuerpos, nuestras historias y nuestras comunidades. Hacernos visibles no para ser el monstruo de una feria de curiosidades, sino para tomar la palabra, influir en las decisiones, y que nos escuchen:

“Hablo de VIH con todo aquel que esté dispuesto a escuchar. Y sigo hablando con todo aquél que comprenda que el VIH es un tema ‘excusa’ para hablar de temas mucho más trascendentes: la ignorancia, la sociedad, el amor, el patriarcado, la homonorma, y tantos otros temas que están invisibilizados detrás de Trending Topics como el VIH. Porque hablar de VIH ‘está muy bien’ para todas las correctísimas esferas de la santa preocupación, pero hablar de pobreza, de travesticidio, no no, eso no. Hablo para demostrarme día a día lo hipócrita que soy y tratar de mejorar un poco más como persona. A veces dudo mucho cuanto me sale.”

Hablar para que no hablen por nosotros: “Creo que las campañas de prevención le hablan al cis hombre, blanco, ABC1, europeizado y negativo. Todas las campañas hablan de cómo no contraer el virus, de cómo no quedar en esta mierda. Nadie le habla a nuestros cuerpos de color, sudacas, pobres, independientes, lejos de la norma, orgullosos y con rostro. Somos sus estadísticas y sus preservativos para aislarnos y dejarnos al margen, marginales, para que ellos puedan ejercer su benevolencia católica. Entonces creo que hay que hablar de los cuerpos con vida, historia, rostro, situaciones económicas que no salen en afiches, dejar de victimizar y crear puentes de diálogo. Hay que dejar de hablar desde los privilegios. Habla el que toma la medicación y se olvida de quienes no tienen acceso a ella. Habla el del PrEP y se olvida del positivo. Habla el casto y se olvida del sexualmente desenfrenado. Hablan todos para sí mismos, una mamushka de ego.”

Dejar de victimizar. A veces, somos nosotros mismos los que nos buscamos el VIH en el espejo, y lo usamos para autoimponernos excusas y limitaciones: “Ahora que me pega la idea del espíritu libre y que quiero viajar por el mundo, el VIH es la mejor excusa para no hacerlo, porque ¿dónde conseguiré la medicación? Y qué fácil hacerle cargo al virus, porque si hay un impedimento, es mejor encontrar responsables que soluciones, ¿no? Entonces, la verdad, el virus es parte de un todo, pero de ahí a darle el papel central de esta Soap Opera que es mi cotidiano, ya no.”

Y tener memoria: “Este cuerpo mío es una canción protesta. Acá en Argentina cuando hubo gobierno militar y las personas desaparecían, los fanáticos de la derecha asesina tenían un mantra: ‘algo habrán hecho’. Mi cuerpo positivo ha hecho mucho, pero les quiero decir que eso no los habilita a juzgar, y mucho menos a quitarnos lo que por ley nos corresponde. Yo entiendo que los cuerpos que no representan los cánones de la buena vida son muertos sin culpa para la derecha. Pero si son tan pro-vida, ¿cómo es eso de negar la vida sana para todas y todos?, y hablo tanto de medicación cómo de acceso a educación y trabajo, porque gracias a una pastilla vivo, pero también gracias a mi dignidad, y nadie tiene por qué sacarme ni la una ni la otra.”

 

Me interesa qué piensas sobre este tema. Puedes escribirme abajo en los comentarios, en Facebook, o en amorsexoserologia@gmail.com

Éste es un post de ASS- escrito por Miguel Caballero para Imagina Más

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Comment
  1. Tomás Flórez

    Hola

    Qué interesante está este tema. Hoy, junto con dos amigos, hablamos de esta práctica y decidimos investigar al respecto. La discusión que se hace con relación a follar sin miedo me parece bastante válida a pesar de que el método usado (adquirir el virus) para follar sin miedo sea cuestionable, cuestionable en el sentido en que no haya otra forma, otra vía para poder tener y exigir libertad sexual. De manera paradójica se puede aplicar el dicho que dice «sale más cara la cura que la enfermedad».
    Pero es que además de esto, y como dice en el artículo, hemos estado follando y relacionándonos mediados por dispositivos que más allá de la protección y/o prevención hablan de otras cosas. Como por ejemplo la promoción al uso del condón: es forma de aplicar control y administración a la población beneficiando al mercado y a la industria interesadas en el consumo de sus productos y comercialización. El condón como dispositivo impacta los cuerpos y la autonomía, tergiversa y predispone la forma en la que nos relacionamos proyectando en la sexualidad difusas e inestables figuras de protección, responsabilidad, salud, etc. También me resulta chocante la forma en la que se promueve el uso del condón en comunidades africanas donde su presencia desfigura el contraste «normal» de sus tradiciones y no reconoce ni explora otras formas de prevenir embarazos, de educar más sobre la sexualidad y el cuerpo.

    Tanto la población objeto del artículo como los que simplemente follan a pelo porque sí son muestra de discursos contestatarios que retan los límites morales de la sexualidad y los límites sobre puestos por la medicina. Las preguntas que me surgen son ¿Qué influencia tiene y cómo perciben ellos su práctica con relación a un proyecto de vida? ¿Qué concepciones tienen sobre el autocuidado?

    Un saludo,

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